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| 3/18/1991 12:00:00 AM

POLVO ERES...

La Galería Diners expone, en la obra de Ana Patricia Palacios, una serie de paisajes del recuerdo.

Ana Patricia Palacios también vive en esa meca de los artistas jóvenes llamada París. Se fue hace seis años con un pequeño maletín atiborrado de fósiles, a los que les dio vida en el lienzo, tal vez para anunciar su interés por esas imágenes del pasado.
Ahora ha vuelto -aún no definitivamente con una maleta llena de serpientes, barcas y hojas secas.

La Galería Diners, de Bogotá, expone actualmente esa serie de recuerdos empolvados con los que la artista antioqueña decidió armar un paisaje a su manera. Un paisaje donde los árboles no son verdes, ni las lagunas azules. Un paisaje donde ni siquiera la luna es blanca ni el sol amarillo... se trata de un retrato del pasado en el que todas las cosas están pintadas en colores tierra: al fin y al cabo, un paisaje terrenal.

Si no viviera en París, seguramente Ana Patricia Palacios no habría abordado esta temática. Pero curiosamente allí, a pesar de que cada mañana y cada noche recorre el fantasma urbano de la capital francesa, iluminada por el neón intermitente de la Ciudad Luz -en su recorrido de la casa al taller, y al regreso de la jornada de trabajo-, a pesar de este contacto permanente con el cemento, las imágenes de sus antepasados se han hecho más presentes que nunca. Su corazón la ha llevado a escudriñar ese álbum de fotografías amarillentas que muestra los orígenes de la cultura prehispánica en diferentes poses, y su cerebro se ha encargado de mezclar esta información con sus propios recuerdos de infancia, con la idea fija que quedó aprisionada en su interior cuando alguna vez recorrió a pie los paisajes verdaderos de su terruño.

Y la artista se ha metido tanto en este proceso de recreación, que incluso decidió utilizar para sus cuadros los pigmentos casi puros, para lograr esos tonos tan cercanos a la tierra.
Sin caballete, sencillamente con la tela adherida a uno de los muros de su taller, Ana Patricia pasa horas enteras dándole forma a esas imágenes que en su pintura han ido convirtiéndose en símbolos. Los pinta una y mil veces, porque permanentemente, después de unos cuantos brochazos, lava la tela y desdibuja parcialmente lo que ya parecía plasmado, en una especie de mito -como si se tratara de una de esas manías de los artistas-, para encontrarle la esencia al color, para pintar sobre lo pintado y obtener el tono exacto.
Por eso en su obra es constante la presencia de esos caminos que forman las gotas de agua cuando recorren el lienzo al caer. Por eso la transparencia de las capas adelgazadas permite, en ocasiones, llegar hasta la tela. Por eso los bordes se desnudan y antes de llegar al color definitivo dejan ver la pasión de la mano que les dio vida.
En sus paisajes -construidos con una composición que atrae desde la primera mirada la barca inerte, la hoja como ente individual, la serpiente al acecho, los troncos delgados que quieren recuperar para la luz los frutos de la tierra, y el sol que aparece como testigo de todos los tiempos, son una constante. Una constante que le da forma completa a su serie.
Porque la verdad es que para entender su obra con todo el rigor que merece, no basta un cuadro aislado: hay que contemplar el todo, para descubrir lo profundo de su abstracción temática, una abstracción que vive en cada rincón de sus figuras.
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