Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/10/08 00:00

Por los bajos fondos

Un divertido relato que incluye todos los elementos de la picaresca nacional.

Por los bajos fondos

Sergio Alvarez
La lectora
Diana, 2001
250 paginas

Hace algunos años el escritor argentino Menpo Giardinelli, quien asistía como jurado del concurso nacional de novela organizado por Colcultura, se quejaba de que sólo unas pocas obras se referían a la realidad colombiana. La mayoría —hecho que le parecía alarmante y significativo— hablaban de París, de Barcelona, de Miami. Años después, el escritor Héctor Abad, al reseñar la novela de Santiago Gamboa, Perder es cuestión de método, se preguntaba asombrado cómo era posible que este país donde abundan impunemente los secuestradores, los narcotraficantes, los guerrilleros, los delincuentes y los corruptos, tuviera tan poca literatura negra.

Pues bien, para responder a aquellas inquietudes y las repetidas quejas contra los escritores colombianos por no ocuparse de ‘su realidad’, para llenar aquel vacío que a algunos les parece inaceptable, acaba de aparecer esa obra tan solicitada: se llama La lectora y su autor es Sergio Alvarez.

Con un epígrafe de Diomedes Díaz “la herida que siempre llevo en el alma no cicatriza” y con la historia de una muchacha que es secuestrada en el Parque Nacional en “una Toyota” con el fin de leerles una novela a unos secuestradores analfabetos que dependen de su desenlace, arranca esta obra que nos tendrá en vilo hasta la última página, que nos hará reír con sus situaciones absurdas pero creíbles y el lenguaje desabrochado de sus protagonistas con los cuales terminaremos sufriendo, fatalmente identificados.

Desde luego que su capacidad de persuasión depende en gran medida de sus virtudes literarias, de su acertada mezcla de técnica narrativa y melodrama. Al comienzo son tres historias que se van alternando y que le van dando un gran ritmo al relato no sólo por su efecto contrapuntístico sino por la intriga que cada una de ellas mantiene. En Engome, la novela que lee la lectora, El Cachorro, un taxista, sale una noche con Karen, prostituta de la whiskería ‘El Oasis’ —Karen quiere al Cachorro pero él está enamorado de Patricia, otra prostituta— y después de recoger a unos narcos y de una balacera con la policía terminarán con un maletín con dos millones de dólares del cual quiere apoderarse el siniestro mayor Carmona. En la resolución de esa trama se encuentra la clave del destino de los secuestradores de la lectora. Ellos, como los personajes de El Quijote, se saben leídos y parte de un libro que alguien escribió. Y como Paolo y Francesca, en la Divina comedia, terminarán abandonando el libro que leen porque prefieren vivirlo.

En la tercera historia El Caliche, un caleño de buena familia —hijo de un militar de alto rango— contará su drama de vicioso fumador de basuco y piloto de un cartel de la droga en medio de su amor desesperado y obsesivo por Karen. Las tres historias van a encontrarse. Pero no solucionarán del todo el enigma: surgirán otros narradores que introducirán otros puntos de vista, nuevas versiones que llevarán estos hechos al equívoco terreno de la leyenda.

Personajes asediados por la ley, marginales, procaces, divertidos y tiernos, esperanzados en un maletín que los sacará de pobres y queriendo siempre al que no corresponde —eso sí, sin dejar nunca de ser gozones y con el consuelo de la música de Diomedes—, desesperadamente inmediatos, sin ningún arraigo histórico y a merced de las quimeras del narcotráfico. Además de su estructura narrativa, el otro gran acierto de esta novela es lograr que el lector sienta a los personajes profundamente vivos: Alvarez les ha dado la voz que les corresponde.

No creo que una obra deba juzgarse por su capacidad de mostrar la realidad de un país. Ni mucho menos. Toda realidad bien tratada artísticamente es válida. Pero es innegable que parte del encanto de La lectora —y a la larga de su debilidad: las realidades históricas cambian— consiste en que a través de sus páginas entendemos muchísimo más de este país vertiginoso y delincuencial que, por mal contado, se nos escapa todas las noches en los noticieros de televisión.



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