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| 1/17/1983 12:00:00 AM

¿POR QUE MOZART?

Experimentos realizados con niños y comunidades primitivas han demostrado la aceptación universal de la música de Mozart.

Hace unos buenos años atrás leí en alguna olvidada revista una noticia curiosa, referida a misioneros que penetraban en un retirado paraje del continente africano.
Al parecer, fueron confrontados por un grupo de nativos ferozmente resueltos a defender su territorio de incursisnes. evangelizadoras y de las otras.
En un instante crítico y amenazante, a uno de los religiosos, en vista de que no se hacía presente en el guión uno de esos cataclismos atmosféricos providenciales con que se espanta a los descreídos, se le había pasado por el cerebelo la sagaz idea de recurrir a una cassette donde estaba grabado Mozart. A partir de ese momento, como por prodigio, el ánimo de los tribeños se había ido aplacando, y la palabra de los hombres blancos, Mozart mediante, fue recibida con beneplácito.
Detrás de esta anécdota es posible reparar, antes que nada, en sus facetas colonialistas y de evidente paternalismo eurocéntrico. Un escritor negro sudafricano amigo mío al que veo cuando su gobierno se digna otorgarle un pasaporte, comentó la otra noche que tal incidente --cuya verosimilitud admitía-- brinda una imagen absolutamente espuria de Africa, convirtiendo a Mozart en una especie de Tarzán musical benéfico y superior, furtivo auxiliador de quienes subordinan poblaciones nativas. Pensé, mientras él daba está interpretación, en la distancia que habíamos recorrido desde que H. Rider Haggard inmortalizó el recurso del eclipse solar en Las Minas del Rey Salomón. Hoy la magia interviene electrónicamente, con magnetófonos que funcionan --si se me permite la broma-- a modo de deus ex machina.
Pero más allá de estas meditaciones sobre el nuevo rol de la tecnología frente al subdesarrollo, yo me inclino más bien por acentuar el perfil mozartiano de la anécdota, prefiero relacionar el asunto con una experiencia propia, paralela y quizás oblicua.
Me ha tocado, en efecto, comprobar las virtudes del mismísimo Mozart como calmante en otra esfera: aludo a los niños de corta edad.
Es sabido que toda clase de sonajera armoniosa tranquiliza a las guaguas y transfigura berridos en gorgojeos. Los médicos aducen que tal proceso alquímico se debe a que el ritmo subterráneo de la música, su compás interior, se aproxima a los latidos del corazón de la madre, ese sonido constante y envolvente que el pequeño ha reconocido como consustancial a su existencia en el viaje desde la oscura eclosión de la semilla hasta el oxígeno ojalá luminoso de este planeta. Pero mi certidumbre, anterior por supuesto a aquel artículo acerca de los misioneros melómanos, y que sigue repitiéndose cada vez que un chiquitín se pone a sollozar cerca de mis antenas, es que Mozart es el príncipe de los apaciguadores. ¡Qué digo! El rey, el emperador, el arcángel. Yo utilizo, o más bien desentono (anoten, progenitores, parentela y aficionados al bajo contínuo), un aria de Don Giovanni "La cidarem la mano", en la que Don Juan intenta seducir a una inocente campesina con el conocido argumento de que, para dejar de ser campesina tendría que perder también la tal inocencia. A Don Juan le fue mal en el intento y su repertorio era considerable. El mío es más limitado,pero obra milagros. Los críos pestañean, como si estuvieran recordando alguna niebla enamorada, van absorbiendo mis cariñosas disonancias, y se quedan transportados, es decir, portados fuera de su rabia, que es lo que vale cuando ya comienzan a padecer en demasía los tímpanos. Por cierto, si no se le muda, si el hambre no se satisface con eficiente abundancia láctea, si sigue adversa la incómoda topografía de la cama, no bastará Mozart ni el coro celestial estereofónico mismo.
Los seres humanos minúsculos nacen sabiendo lo que todos aprendemos algún día: el poder cultural tiene sus límites bien materiales y contundentes. Pero también comprenden, ya a esa edad, que la música es buena para postergar congojas o para acompañarlas y darles un sentido o simplemente intuyen que si combatimos la soledad disminuye proporcionalmente la tristeza.
EN TODO CASO, MOZART
Y resulta que la revista aquella agregaba que ese experimento melódico se había repetido en la Amazonia con otros misioneros, y que los hombres primigenios americanos tambien aceptaban de buenas a primeras sólo a Mozart. Otros compositores no producían los mismos efectos: ni Bach ni Beethoven (para mencionar a los otros dos que, a mi juicio, completan el trío de los invulnerables) contaban con sus favores espontáneos ni reducían el umbral de su agresividad. Unicamente Wolfgang Amadeus Mozart, y nadie más.
¿Por qué Mozart?
Misterio insondable. No me parece suficiente señalar que esos africanos o amazónicos residen en la "infancia de la humanidad", lejos de toda la contaminación y progreso de los últimos milenios, y que eso los asemeja a los recién arribados angelitos que, por razones biológicas más que de geografía, tampoco han tenido todavía la oportunidad de paladear los beneficios (malos o excelentes) de la "civilización". Tal identificación de los niños con los "salvajes" ha sido alimentada desde el Renacimiento por figuras tan disímiles entre sí como Colón, Las Casas, Rousseau, Wordsworth y Cecil B. de Mille, y sigue contando con la aquiescencia de la prensa occidental, pero olvida que los tribeños son adultos plenos y disponen de una riquísima y elaborada cultura propia que, como han verificado antropólogos, es harto menos "atrasada" y "simple" de lo que se quiere creer.
Mientras que todas las guaguas, del continente que sea, no poseen instrumento cultural alguno con qué juzgar armonías o desconciertos.
¿Por qué Mozart?
La respuesta no es sencilla. Porque tendría que ilustrar ambos casos, tendría que valer igualmente para adultas civilizaciones marginales y para pueriles seres diminutos. Tendría que ser una respuesta panorámica, que nos explicara por qué el arte es universal, qué hay en su forma y mensaje que le otorgue aceptación intercomunitaria, intratemporal.
Quizá la obra de Mozart contenga, de manera sobrecogedora, los rasgos de todo arte permanente, más acá de fronteras y diversidades: alegría profunda frente a la fatalidad, equilibrio que no reprime, claridad de la línea sonora que simplifica sin traicionar lo complejo, sentido juguetón que supera la mera travesura o el truco, exploración de la ternura que no debilita la búsqueda más poderosa de un andamio, libertad de la emoción que se corrige y crece.
Pero más que bifurcaciones estéticas, me interesa sacar consecuencias prácticas, quisiera extraer la lección que se agita en el fondo de este fenómeno.
Repitamos el enigma. Los seres más originarios, más cerca del origen, más cerca del nacimiento, los que no saben dónde queda Salzburgo ni lo que sea una ópera ni el significado de allegro má non troppo, son capaces de gozar y entender y festejar esos sofisticados zumbidos sin preparación previa, sin trabas, así, directamente.
Esto quiere decir que todos los hombres y mujeres, que todas las agrupaciones humanas, nacen iguales a la música. Mozart les puede llegar sin discriminacion de raza, de sexo, de clase, de nación, de edad. Antes de que una criatura salte al mundo, antes de que adivinemos el color de su pelo o piel, ya está desarrollando innatamente una aptitud, por medio de la caliente cercanía del corazón de la madre, hacia la hermosura, hacia la paz artística, hacia la humanidad como contacto y canto.
Privar a los seres humanos de Mozart, entonces, es quitarles un derecho natural, el derecho a la belleza y al pacto comunicativo, es como cortarles el agua potable del sentimiento y de la inteligencia.
Hoy, la ciencia y la industria y el trabajo nos han facilitado los medios para que se cumpla el sueño implícito en todo acto creativo. Mozart celebró sus composiciones para que algún día las escucháramos, tarareáramos, recreáramos entre todos. Nunca hubo época más propicia para que Mozart se multiplicara, para que no faltara en ningún horizonte.
Pero falta. Pese a las potencialidades de transmisión y reproducción, Mozart sigue faltando. Algunos pocos se lo apropian y monopolizan, lo encajan y enlatan. Construyen estatuas, es cierto, pero también construyen salas de concierto donde ingresa una porción microscópica de la humanidad. Fabrican bustos de yeso, es cierto, pero luego lo encierran en máquinas y discos demasiado caros. Le rinden homenaje con hipérboles incomprensibles, para posteriormente alejarlo de las escuelas y de las industrias y de los campos y de las calles. Habiendo capacidad para que todos lo disfrutáramos.
Y no se trata tan sólo de que algunos se han adueñado de la difusión de la belleza y se la niegan a la mayoría.
Se trata de que no hay belleza estable, finalmente, y recordemos las canciones de cuna si la criatura no mama bien. Si no tiene abrigo salud, cuidado, educación, ¿cómo el pequeño va a crecer hacia el Mozart que lo espera adentro y afuera? Y si los padres de esos chicos no poseen lo elemental, ¿qué sentido tiene proclamar los derechos "inalienables" de la progenie?
Con tanta lágrima ferviente que se derrama en los interminables congresos internacionales a favor del niño, con tantos ecos de discursos oficiales, es bueno subrayar estas fastidiosas verdades rudimentarias.
Porque no me puedo desterrar de la cabeza una imagen obsesiva. Mozart, como cualquier adulto, como quién lee esto y quien lo escribe, también residió en la infancia alguna vez.
Mozart, un Mozart que puede lograr la epopeya de que los recién nacidos dejen de llorar, podría estarse --y sé que ocurre y me duele escribirlo y me fuerzo a escribirlo porque es cierto--, alguien como Mozart, con su talento en las neuronas y la mirada, se está muriendo de hambre y de ignorancia en algún basural suburbano ahora mismo.
Ahora mismo, todos cantamos, cantaremos, hemos cantado menos, mucho menos, debido a esa muerte que se multiplica y que podríamos evitar.
Ariel Dorfman Washington, D. C.
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