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| 11/21/1983 12:00:00 AM

POR SUS FUEROS

Una corporacion pública busca rescatar del deterioro el viejo barrio de La Candelaria

La Candelaria, durante mucho tiempo el barrio elegante de Bogotá, vio caer su privilegiado status cuando el norte comenzó a llamar a las familias distinguidas de Bogotá. Mientras las Nieves, Teusaquillo, La Merced, el Nogal, el Chicó, Los Rosales y Santa Bárbara se fueron turnando el pico más alto de la pirámide social de la capital, La Candelaria comenzó a verse invadida por nuevos habitantes, mucho más modestos, a quienes les bastaban dos o tres de las 20, 30 y hasta 60 habitaciones de aquellas húmedas y enormes casas de zaguán, patios interiores y solar. La gran mayoría de las casas se convirtieron en inquilinatos, sedes de institutos educativos, talleres, parqueaderos. Sólo unos pocos abuelos se negaron a abandonar el barrio y permanecieron en sus viejas casonas.
En general, las casas coloniales y republicanas quedaron en manos del azar. La falta de recursos de sus nuevos habitantes aceleró su deterioro y la falta de criterio urbanístico permitió que muchas de ellas fueran demolidas y reemplazadas por edificicaciones que, en algunos lugares, alteraron los valores urbanos del sector.
La Candelaria se limitó a ser el punto de referencia de tres o cuatro monumentos. El teatro Colón, el Palacio de San Carlos, el Museo de Arte Colonial, la Casa de la Moneda... De resto, el descascarado entorno que rodeaba a esos edificios comenzó a ser indiferente a los miles de estudiantes que iban a la biblioteca Luis Angel Arango, a los que caminaban la cuadra y media que separa al Colón de los parqueaderos o a los miles de pasajeros de los buses Olaya-Quiroga que recorrían esas estrechas calles diseñadas para el tranquilo tránsito de carruajes y peatones.
Sin embargo, en los años 60, surgió una mayor preocupación por los valores artísticos y La Candelaria quedó incluida en ellos. Poco a poco, renació el interés de los bogotanos por su viejo barrio y algunas de sus casas se convirtieron en sedes de diversas actividades culturales. En los 70, además del boom del teatro que llenó de teatreros el sector, otras entidades como la Orquesta Sinfónica aportaron su cuota de músicos y, en el umbral de los 80, La Candelaria se convirtió en un barrio "bien", habitado por una bohemia que todavía no se pone de acuerdo sobre lo que hay que hacer para rescatarlo e impedir su deterioro definitivo.
Mientras que el sector de Las Torres del Parque o la Perseverancia han vivido la ilusión pasajera de ser los barrios bohemios, La Candelaria empieza a consolidarse como el futuro Soho bogotano. Los apartamentos de La Perseverancia, de dos metros veinte de altura y construidos en concreto impiden que en ellos se empotren mezzanines, se suban cielos rasos o se transformen apartamentos de tres alcobas, cocigas y garaje en miniestudios para artistas. El sector de las Torres quedó en manos de publicistas, gente de la TV, artistas de la farándula y prestigiosos periodistas que fueron los únicos capaces de afrontar los arriendos altos y las desmesuradas tarifas de servicios. Por otra parte, la zona se llenó de salsotecas, bares "gay" y vendedores de bazuco. Pero a los bohemios sin plata les queda La Candelaria, donde Mario Laserna, el maestro Gonzalo Ariza y Eduardo Mendoza Varela son vecinos de un zapatero, un fabricante de requintos o un maestro de obra que, cada mañana antes de que salga el sol, baja por el Camarín del Carmen a coger el bus que lo llevará a una urbanización que se construye más allá del Tercer Puente.
Sin embargo, todavía quedan en La Candelaria tiendas de pueblo, niños que por las tardes suben a sus casas jugando, estudiantes anónimos que pagan dos mil pesos por una pieza en alguna casa sin remodelar, en la frontera con el barrio Egipto. Pero el boom de la remodelación y de la conservación está creando en La Candelaria una serie de fenómenos que pueden modificar las actuales condiciones caracteristicas del barrio y alterar la mayoría de los valores que en él se han moldeado de modo natural desde hace casi un siglo.
REMODELAR O RESTAURAR
Aún sin tener en cuenta el lado social, la intervención del barrio plantea varios problemas. La Candelaria no es un barrio colonial, como generalmente se piensa. En él también se encuentran casas republicanas sobre coloniales, que son aquellas construcciones coloniales intervenidas entre 1840 y 1930 aproximadamente, también hay casas republicanas construidas en aquel período y edificaciones contemporáneas construidas a partir de los años 30. Esta diversidad de estilos hace de La Candelaria un lugar complejo y difícil de reglamentar. Si a esto se agregan otros factores como el deterioro avanzado de algunas edificaciones, el desinterés de algunos propietarios por el estado de sus viviendas y los líos legales de varias de ellas, abandonadas hace muchos años por sus verdaderos dueños y actualmente en manos de otros inquilinos, se llega a la conclusión de que es necesario que exista un ente distrital dedicado exclusivamente a controlar lo que se haga en La Candelaria.
Existen varias actitudes que se pueden tomar ante una construcción vieja: abandonarla hasta que se deteriore del todo o demoler y construir cualquier otra cosa, como ocurrió en aquellos predios que hoy ocupan edificios de apartamentos, la Universidad de la Salle o la biblioteca Luis Angel Arango. Se puede realizar una remodelación estricta en la que se respeten los detalles originales de la obra, como ocurre en los Museos de Arte Colonial, de Desarrollo Urbano, la Casa del Marqués de San Jorge, la Casa de la Moneda, la sede de algunas fundaciones como la Gilberto Alzate Avendaño y casas particulares como la de Eduardo Mendoza Varela o el maestro Gonzalo Ariza. En estas remodelaciones se llega a veces a extremos que convierten el edificio en una especie de momia donde se trata de detener el paso del tiempo y donde los potentes reflectores inundan los patios para evitar que la noche esconda los atributos de la edificación. Una solución "herética" consiste en demoler y construir luego algo similar o que imite el carácter de los destruido.
En estos casos aparecen detalles insólitos como imitaciones de paredes gruesas construidas con dos tabiques de ladrillo común, separados por un espacio que imita la distancia de un muro colonial; balcones tallados en estilo colonial y aviejados con betunes o tinturas. También se ven ejemplos menos "guataviteños", en los que una serie de detalles gratuitos pretenden darle sabor añejo a un apartamento de diseño moderno.
Otra alternativa es restaurar lo irrecuperable indicando de algún modo qué es nuevo. La última posibilidad es remodelar de acuerdo con el criterio de no tocar lo viejo, sino buscando los valores reales de la construcción. En estos casos se logra una yuxtaposición de lo nuevo, con identidad propia, pero integrado a lo existente de la edificación original. Se respetan al máximo los volúmenes originales, las escalas, las alturas de la construcción, pero se crean nuevas posibilidades al espacio, ya sea levantando el cielo raso para poder incluir varios niveles que amplíen el área de uso o suprimiendo algunas paredes que permitan aprovechar mejor un espacio determinado. Todas estas posibles actitudes hacia lo viejo muestran que el problema de la remodelación de un sector como La Candelaria es mucho más complicado de lo que aparenta; se tiene que partir de una base que no es absoluta, sino de conceptos de tipo urbanístico, estético y social que indican muchos caminos diferentes y entre los cuales hay que escoger.
CORPORACION LA CANDELARIA
En estos últimos meses la remodelación de la zona histórica de La Candelaria dejó de ser responsabilidad de Planeación Distrital y quedó en manos de la Corporación La Candelaria.
Esta institución dependiente del Distrito tiene por objeto regular las estrategias que guían a la conservación de La Candelaria. Su poder incluye la Zona Histórica o zona especial de La Candelaria que, a grandes rasgos, está limitada al norte por la calle 14, al sur por la calle 7a, al este por la avenida de Circunvalación y al oeste por la carrera 7a. La Corporación debe coordinar los programas de desarrollo urbano en la Zona Especial de La Candelaria, emitir concepto sobre valor histórico y mérito arquitectónico de las edificaciones ubicadas allí, cuando se trate de restauraciones, remodelaciones o demoliciones y financiar la realización de obras de restauración y mejoras que se pretendan adelantar. Por otra parte, la Corporación debe enfrentarse a problemas complejos, como por ejemplo convencer a los dueños de predios deteriorados, en general habitados por personas de bajo nivel económico y escasa cultura, de la necesidad de conservar una casa o de venderla para su remodelación o conservación. Otro problema grave es el del transporte público, pues en este momento 72 rutas de buses y busetas atraviesan la zona histórica. Estos vehículos pesados han deteriorado las estrechas calles por las que circulan y es por esto que la Corporación está interesada en desarrollar un plan de peatonalización que implica el establecimiento de nuevas rutas.
EL FUTURO EN MANOS DE UN PRESENTE NO MUY CLARO
¿Qué debe hacerse con La Candelaria? La primera respuesta es obvia. Tratar de conservarla, hacer algo para que no desaparezca como Santa Bárbara en nombre del progreso al estilo del Inscredial. Y ésta es la tarea de la Corporación, cuyo éxito no está todavía asegurado. Pero parece que el futuro de La Candelaria no es negro, como lo parecía hace pocos años. Se están haciendo serios intentos para su recuperación. Lo que sí no está claro es qué tipo de recuperación va a tener. Algunos aseguran que es de status, que se va a volver a poner de moda vivir allí; otros dicen que va a ser de orden urbano, porque una serie de nuevas actividades revitalizarán de un modo natural el sector que, más que un museo dentro de la ciudad, es uno de sus barrios más auténticos, donde sin duda podrán convivir artesanos y artistas, arquitectos y maestros de una obra sin más pretensión que habitar un lugar estético y no una imitación artificial de barrios como Soho, el Village o Montmartre.
Eduardo Arias
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