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| 7/26/1982 12:00:00 AM

¿PRECIOS LOCOS?

¿Por qué se afirma en Colombia que el arte nacional está sobrevalorado?

Un tema de discusión obligada cuando se habla de arte en Colombia es el de sus precios, que muchos encuentran exagerados y absurdos, en la mayoría de los casos con bastante razón. No obstante, toda generalización en materia de arte es impertinente; y la verdad es que así como hay obras de arte en Colombia cuyo costo no guarda coherencia con su calidad, hay piezas que se venden por un precio justo, e incluso, trabajos que pueden ser adquiridos por un costo inferior al que realmente ameritan.
Pero, ¿cómo avaluar justamente una obra de arte? Es apenas lógico que el valor de un trabajo creativo (o sea intelectual, sensitivo y experimental; no dependa de la actividad física que éste demande, y por la misma razón, el valor de una pintura tampoco depende de la cantidad de pigmento con que haya sido hecha, ni el de una escultura guarda relación con el precio "en bruto" de su material. Por otra parte, conocida es la historia del crítico inglés John Ruskin quien, en el siglo pasado condenó públicamente al pintor norteamericano James Whistler por el alto valor de sus obras. Pero sabido es también que el pintor le entabló una demanda que finalmente ganó (aun cuando quedara en la ruina), luego de un juicio en el cual quedó establecida la imposibilidad de fijar por medio de reglas o leyes los precios del arte.
Entonces, ¿cómo proceder? ¿Cómo estar seguro de que al comprar una obra se paga su precio y no más? Un examen del costo del arte en Colombia y de los mecanismos empleados para fijar su valor, puede resultar iluminante:
"Grosso modo", en este momento hay en el país tres escalas de precios por una obra de arte única, que corresponden más o menos con la generación a la cual pertenece el artista. La de los maestros (o artistas mayores de 50 años) cuyos costos varían entre $ 300.000 por una obra pequeña y quince millones por una obra bien sea escultura o mural; la de los artistas de la generación intermedia (alrededor de 40 años) que empiezan cerca de $100.000 por un dibujo o trabajo menor y que pueden llegar a $600.000 por una obra de gran importancia dentro de su producción, y la de los artistas más jóvenes (hasta 35 años) cuyos precios oscilan entre $10.000 y $300.000, de acuerdo con su éxito y las características de su trabajo. También hay, desde luego, artistas cuyas obras escapan a esta división (como serían, por ejemplo, los antecesores a la generación de Obregón y artistas más jóvenes, con relativo éxito comercial -nunca crítico ni museológico- en el exterior). Pero éstos son casos que exigen una consideración aparte puesto que constituyen una excepción.
Ahora bien, el valor de una obra de arte en Colombia (como en gran parte del mundo), lo fija exclusivamente su autor, y las galerías lo acogen o no según las posibilidades que vean de venderla. Es decir, en cierto sentido los precios del arte están sometidos a las leyes de oferta y demanda como cualquier otro producto dentro del mercado; y por esta razón, como cualquier otro producto también, la obra de arte es susceptible de "glamourización", de aparentar ser más arte del que realmente es, especialmente por medio de la publicidad, materia en la cual algunos artistas son verdaderos peritos.
Hay también, por supuesto, algunos parámetros establecidos por los cuales se rige el artista para determinar el valor de un trabajo, entre ellos, la técnica empleada (cuesta más una pintura que un dibujo), y las dimensiones (una obra grande vale más que una pequeña). Además, al fijar el precio de sus obras el artista se está autoevaluando por cuanto tiene en cuenta su fama y currículum, así como su posición dentro del panorama del arte. En consecuencia, como cualquier ser humano y falible, hay artistas que se sobrevaloran y que tienen una imagen de sí más inflada que la que ven los demás, no siendo extraño por ello que al determinar el valor de sus realizaciones, éste sea colocado también al nivel faraónico de sus ambiciones y su ego.
En conclusión, hay dos primeras causas que pueden llevar a la sobrevaloración de una obra de arte: su aspecto comercial, que por supuesto no tiene sentido ante algo cuyo verdadero valor es espiritual; y el mecanismo empleado para determinar sus costos, puesto que lleva consigo la imposibilidad de ser objetivo. Una y otra causa, además, se conjugan para que la publicidad -mucho más que la crítica- juegue un papel importante en relación con los precios de una obra.
Por lo anterior, ya para nadie es secreto que entre los recursos extraestéticos a los cuales se acude más asiduamente en Colombia para pretender que un trabajo creativo sea mejor de lo que realmente es, se cuentan: las apariciones contínuas en las páginas sociales de las revistas; la donación permanente de obras, o de museos completos, a la comunidad, los cuales aseguran en vida la posteridad del artista así como su altruísmo y su desprendimiento; la persecución de condecoraciones de cualquier índole; y la insistencia en mostrar y vivir parte al menos del tiempo en el extranjero, donde, como es bien sabido, hay galerías especializadas en vender los trabajos de artistas de distintos países, no a los museos ni a las grandes colecciones públicas del exterior, sino a su respectivos compatriotas.
En notas siguientes, estudiaremos las opiniones que sobre sus precios han expresado algunos artistas, la actitud del público y el papel de las galerías, los museos y la crítica, ante el difícil problema de avaluar justamente una obra de arte.
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