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| 6/2/2002 12:00:00 AM

Preferiría no hacerlo

Autores que abandonaron la escritura, pretexto para pensar sobre el sentido de la creación., 50898

Enrique Vila-Matas
Bartleby y compañia
Anagrama, 2000
179 paginas

Bartleby, el inolvidable personaje de Herman Melville, es un símbolo de la negación del mundo. Aquel oscuro oficinista de Wall Street se niega a hacer cualquier cosa —“preferiría no hacerlo” es su cortés pero firme consigna en la vida— y, protegido por un biombo, pasa las horas mirando a través de la ventana el muro de ladrillo del edificio de enfrente. Nadie sabe de dónde vino; no tiene amigos ni parientes; no sale, no quiere ir a ninguna parte; ha elegido la oficina como su lugar de residencia; no quiere ser como los otros.

El narrador de esta novela, un oficinista jorobado y solitario que hace 25 años escribió una historia de amor y que desde entonces no ha vuelto a escribir, se considera a sí mismo un Bartleby, un negador del mundo. Por eso se ha dedicado únicamente a buscar “el síndrome Bartleby” en la literatura, esto es “la pulsión negativa o atracción por la nada” que hace que ciertos creadores de gran talento no quieran escribir o que, después de uno o dos libros, renuncien para siempre a la escritura.

En su rastreo de “la literatura del No” llegará a encontrar 86 casos de dicho síndrome, todos memorables. Motivo más que suficiente para abandonar su ostracismo y retomar la escritura. Retomar es un decir: lo que consigue es un libro hecho de puras citas, de referencias librescas o, como él bien lo dice, de notas a pie de página que comentan un libro invisible. “Escribir que no se puede escribir, también es escribir”.

Aparece, desde luego, el legendario Juan Rulfo quien permaneció 30 años sin escribir después de su inmortal Pedro Páramo y, ya cansado del acoso de las editoriales y de justificar su silencio, se inventó una respuesta genial: “¿Que por qué no escribo? Pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias”. Y Rimbaud, quien luego de publicar su segundo libro a los 19 años, lo abandonó todo y se dedicó a la aventura hasta su muerte, ocurrida dos décadas después.

Hay otros casos menos conocidos, como el de Robert Wasler que pasó los 28 últimos años de su vida encerrado en manicomios y dedicado a realizar signos incomprensibles en letra microscópica: “Toda la obra de Wasler, incluido su ambiguo silencio de 28 años, comenta la vanidad de toda empresa, la vanidad de la vida misma”. O el de Bobi Bazlen, un judío de Trieste, que había leído todos los libros en todas las lenguas y debido a una conciencia literaria muy exigente, en lugar de escribir prefirió intervenir directamente en la vida de los hombres: “El hecho de no haber producido una obra forma parte de su obra”.

Y entre los creadores con talento que nunca se atrevieron a publicar, está Pepín Bello, el cerebro en la sombra de la generación del 27. Aunque es reconocido por todos los estudiosos de ese brillante período como un hombre agudo e ingenioso, y figura en los manuales y en los diccionarios, se negó siempre a abandonar su condición de ágrafo: “He escrito mucho pero no queda nada... He escrito memorias y las he roto. El género de las memorias es importante, pero yo no”.

Hofmanstahl prometió no escribir una línea más; Robert Musil creó el mito del autor improductivo en El hombre sin atributos; monsieur Teste, el alter ego de Paul Valery, no sólo renunció a escribir sino que arrojó su biblioteca por la ventana; Balzac en La obra maestra desconocida habla de un pintor que no alcanza a dar forma más que a un trozo de pie de una mujer soñada: el escritor paralizado ante las dimensiones de la escritura no es un asunto original porque la conciencia trágica sobre la imposibilidad de la escritura es el gran tema de la literatura moderna. Pero recordárnoslo como lo hace Bartleby y compañía es, además de saludable e importante, el único camino posible para reencontrar la creación auténtica “ante el estado de pronóstico grave de la literatura de este fin de milenio”.
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