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| 2/16/2014 4:00:00 AM

Arte heroico

Comenzó la Primera Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Cartagena. SEMANA visitó el evento que transformó el paisaje de la ciudad caribeña.

La  actividad cultural en Cartagena no da respiro. Este año apenas va por el segundo mes y La Heroica ya ha sido escenario del Festival Internacional de Música, de Art/Cartagena y del Hay Festival.  Como si fuera poco, la semana pasada abrió sus puertas la Primera Bienal Internacional de Arte Contemporáneo, que se extenderá hasta el 7 de abril. Hay propuestas artísticas de todo tipo en 14 lugares diferentes, desde el Museo Naval hasta las murallas y  desde el Palacio de la Inquisición hasta la capilla de la Santísima Trinidad. Todo está cerca: los transeúntes verán arte tanto a la entrada del Teatro Heredia como en la plaza de los estudiantes, o en la Casa del Reloj.

Al frente de esta exposición gigante, que recoge obras de casi 100 artistas de diferentes nacionalidades, está la brasileña Berta Sichel, directora artística del evento, quien ya tiene amplia experiencia en este campo no solo en la bienal de São Paulo sino también como directora de cine y video del Museo Reina Sofía de España. Junto a ella han trabajado arduamente Natalia Bonilla, directora; Deborah Harris, asesora; y un equipo curatorial conformado por Barbara Krulik, especialista en performance; Bisi Silva, curadora independiente, y Paul Willemsen, curador y director de cine belga.

Además están involucrados los curadores de El ocioso imperfecto o cuando las cosas desaparecen, una selección de artistas colombianos con trabajos más que interesantes –vale la pena pasar por el Museo de Arte Moderno y el edificio de la Plazoleta Joe Arroyo para comprobarlo–. Miguel González, curador y crítico de amplia trayectoria; Gabriela Rangel, actual directora de artes visuales en la Americas Society; y Stephanie Rosenthal, curadora jefe de la Hayward Gallery fueron los responsables de este trabajo, en el que se destacan los artistas Miguel Ángel Rojas, Juan Manuel Echavarría, Wilger Sotelo, Adrián Gaitán, Luis Fernando Roldán, Bernardo Ortiz y Nicolás Consuegra, entre otros.

¿Por qué hacer una bienal de arte en Cartagena si en el mundo se cuentan hasta 300 semejantes? “Este evento genera una energía especial, no solo hay arte, hay danza, hay espectáculos, hay charlas. Son dos meses en los que algo pasa en la ciudad. La gente no tiene una experiencia de mirar arte contemporáneo, pero hay un programa educativo muy bien estructurado para que la gente de aquí pueda ver temas que se están presentando y artistas desconocidos en Colombia. Se trata de abrir las puertas al público”, le dijo a SEMANA Berta Sichel, quien cita el ejemplo de Estambul: “Hacia la mitad de los noventa se abrió la bienal cuando esa ciudad no era un referente en el arte. Hoy sucede lo contrario, y es una bienal de la mayor importancia”. 

Para visitar la exposición no hay un recorrido sugerido, pero es evidente la fuerte presencia de la arquitectura cartagenera en el diseño, pues cada lugar dialoga con las obras que alberga. El Palacio de la inquisición, por ejemplo, muestra trabajos que aluden al trauma, la violencia, la esclavitud. Hay obras como una videoinstalación del brasileño Marcellvs L., realizada en el Monumento del Holocausto en Berlín, donde cinco cámaras apuntan en la misma dirección, para dar testimonio de los recorridos de la gente por esa escultura pública. La estadounidense Terry Berkowitz dispuso mesas con platos, vasos y cubiertos mientras se oyen cantos desde abajo, donde hay un espacio claustrofóbico que alude a los cientos de hombres que viajaron con Colón y los demás conquistadores en la aventura de llegar a esas tierras desconocidas. La obra invita a pensar en la última cena de esos hombres que dieron sus vidas en condiciones críticas. En este espacio tres fotografías del cielo, del norteamericano Trevor Paglen, parecen postales perfectas de horizontes imposibles, pero si se miran bien, en las tres hay sutiles huellas de drones militares, esos aviones no tripulados que bombardean y matan población civil. 

La bienal no busca mirar hacia atrás sino ver el pasado reflejado en el presente. Y si en Cartagena hubo esclavitud y algunos lugares del centro histórico dan fe de ello, lo mismo ha pasado en África, Europa o Estados Unidos y ese pasado en común hace que obras universales sobre el tema tengan eco en el país. 

El Museo Naval, por su parte, tiene un segundo eje, también muy arraigado en la ciudad: la artesanía. La mexicana Teresa Serrano presenta una escultura de Quetzalcóalt mediante unas sábanas bordadas. El chino Yin Xiuzhen dispuso una biblioteca con objetos a manera de libros envueltos en papel que servía para envolver otros objetos, en una de las obras más destacadas. Un tercer tema de la bienal se puede ver en La Casa 1537 donde hay obras que aluden al colonialismo; mientras que un cuarto núcleo expositivo se refiere a las artes, la cultura y la ecología, el cual tiene su sede en el Colegio de La Presentación.

El ya famoso artista colombiano Óscar Murillo tiene su propio espacio en La casa de la soledad, con dibujos y pinturas dispuestos en el suelo, y un video de música del Pacífico interpretado por hombres y mujeres cercanos a su lugar de nacimiento en Valle del Cauca. También hay invitados de gran renombre internacional como Bill Viola, pionero del videoarte. Y muchas sutilezas para los visitantes: de repente una flor nace de la madera de una ventana, casi imperceptible, como lo quiso el japonés Yoshiro Suda. O unos collares de perlas aparecen envolviendo las ventanas enrejadas, como si aludieran a esas mujeres que en el siglo XVI pudieron habitar esas casas  como esclavas.

Lejos de una mirada condescendiente, la bienal está muy bien montada, con obras de gran calidad, es emotiva, y es evidente que sus organizadores y patrocinadores querían hacer algo por lo alto. Y realmente, con las pequeñeces logísticas que se pueden mejorar, es evidente que el evento va por muy buen camino. El reto, una vez pasada la apertura y que los artistas, periodistas y demás invitados regresen a sus casas, es impulsar el interés en los propios cartageneros. Hablar de arte contemporáneo a un público que apenas lo está conociendo será una tarea ardua para que esa gran exposición no muera. Desde los propios guías hasta el personal logístico, se debe empezar a hacer esa pedagogía hacia el público. Ahí el equipo curatorial debe continuar su trabajo, fortalecer ese conocimiento. 

Para los que no han ido hay poco menos de dos meses para asistir. Tal vez, de paso, coincidan con el festival de cine que ya viene en marzo. Lo dicho: la cultura se tomó Cartagena. 
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