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| 11/25/1996 12:00:00 AM

PRISIONEROS DEL MELODRAMA

Así parece estar 'Caracol', a juzgar por el estreno de su lacrimosa telenovela, hecha con todas las leyes del género.

Parece que la tendencia de las programadoras de no arriesgar en sus horarios de la noche con productos elaborados es una política. En especial de Caracol, una fiel seguidora de los códigos de la telenovela rosa en este difícil horario. Así lo ha demostrado con tantas producciones menores, comerciales aunque maquilladas con una producción sofisticada. Por esto no causó ninguna sorpresa el corte ortodoxamente melodramático que se vio desde el primer plano en la telenovela Prisioneros del amor. Una historia de tierra, matriarcado, gamonales, niñitas que llegan del exterior, jóvenes briosos, capataces malos y antagonistas poco más que pervertidos. No se esperaba más de estos Prisioneros, una producción que corrobora la otra prisión del melodrama en la que se debate esta programadora. Sin embargo hay que reconocer que esta producción ha regresado a la raíz de un género que sus últimas antecesoras habían desvirtuado. Porque una cosa es explorar las posibilidades de los códigos del melodrama para producir dramatizados inteligentes y otra muy distinta perderse en sus reglas, como sucedió en La sombra del deseo, Candela o Sólo una mujer, por citar algunos ejemplos. Allí sólo se vio un híbrido de personajes flojos en tramas disparatadas a las que siempre les faltó la pasión primitiva, el recurso de la emocionalidad que justifica todo culebrón, así vaya en contra de toda la lógica aristotélica o de las leyes de la gravedad. Esto no sucede en la nueva telenovela. El melodrama, en lugar de irse por las ramas de historias poco sentidas, vuelve a su esencia, con personajes que huelen a tierra, sudor y colonias baratas. Es decir, aparece de nuevo una historia armada con toda la estructura de la lágrima, en la que son tan expertas generaciones de colombianos a las que nadie les puede meter gato por liebre como sucedió en las anteriores e insípidas producciones. El romance de Camila e Ignacio en su hacienda tabacalera, muy seguramente no será recordado en unos años ya que pertenece a una cadena infinita de fotocopias demasiado repetidas. Pero está relatado con el esmero rosa, cursi y ortodoxo de todo auténtico melodrama. Hay que destacar también la dirección de Julio César Romero, un joven director que parece haberle tomado el pulso a su oficio. Por lo demás, la producción de Pawel Nowicky es un sello de calidad que se nota en la factura. Lo único que se le puede pedir a un culebrón de estas dimensiones, es que si no supera el género, tampoco lo traicione. Así pues, a preparar pañuelos para llorar y sufrir.
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