Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2000/06/12 00:00

Progreso y barbarie

Cien años de arquitectura en Colombia, el tema de la bienal, invitan a pensar acerca del pasado y el futuro de esta profesión.

Progreso y barbarie

Una de las grandes paradojas de las ciudades colombianas en general es la convivencia de ejemplos notables de arquitectura con un entorno urbano en el que predominan la mala o nula planeación y el caos urbanístico.

Arquitectos que conocieron el auge de la profesión en las décadas de los 50 y los 60, y que también padecieron la crisis de la profesión en los últimos 25 años, se han dado a la tarea de repensar el papel que deben jugar frente al tema de la construcción de ciudades más habitables y de una sociedad mejor.

Dos de ellos son los profesores e investigadores Carlos Niño, de la Universidad Nacional, y Lorenzo Fonseca, de la Universidad Javeriana. Ellos forman parte del equipo encargado de escribir el libro 100 años de arquitectura en Colombia, que es el tema de la XVII bienal de arquitectura de este año.

Carlos Niño considera que la arquitectura colombiana del siglo XX se puede partir en cuatro partes de 25 años marcadas por hitos históricos que le dieron un vuelco a la profesión. Como anota Lorenzo Fonseca, el comienzo de siglo fue una época dominada por una estrechez económica que no impidió que se construyeran edificaciones importantes en varias ciudades del país.

En 1925, con la llegada de los dineros de la indemnización de la separación de Panamá, comenzaron a aparecer edificios gubernamentales que le cambiaron la cara a la adusta arquitectura republicana que dominó los 50 años anteriores. Esta bonanza económica también permitió traer al país nuevos materiales (cemento, concreto, ascensores, tubería galvanizada, instalaciones eléctricas tipo ‘conduit’) y obreros especializados que instruyeron a los maestros de obra colombianos en el dominio de estas técnicas. En ese período aparecieron las primeras facultades de arquitectura y comenzó a consolidarse la profesión, que hasta entonces era un apéndice de las escuelas de ingeniería.

En 1950, época del auge de la violencia y muy cercana al 9 de abril de 1948, empezó la que se considera la edad de oro de la arquitectura colombiana, con excelentes ejemplos de obras privadas y de interés social en las que primaban el diseño arquitectónico y la consolidación de una estética basada en la austeridad.



Crisis del diseño

En septiembre de 1972, con la aparición del sistema Upac, la arquitectura entró en una era dominada por el afán de la rentabilidad. En esta etapa, coinciden Niño y Fonseca, el papel de los arquitectos, en gran parte, pasó a un segundo plano pues en la mayor parte de los proyectos los inversionistas trazaban de antemano las pautas, que se resumen en la consigna “cero diseño, ciento por ciento rentabilidad”.

El resultado de todo esto fue la ciudad del Upac, como denominan Niño y Fonseca a las aglomeraciones urbanas grandes e intermedias del país, donde los habitantes padecen la falta de planeación en el desarrollo de la infraestructura vial y en la que impera la ley de quienes especulan con la tierra.

Paradójicamente el auge del narcotráfico también trajo como resultado lo opuesto: cómo gastar el máximo en una construcción para poder lavar así la mayor cantidad posible de dólares. Aparecieron edificios imitación Miami y una construcción basada en la ostentación, que comenzó a rivalizar con el rigor y el buen gusto de la arquitectura de décadas anteriores.

Sin embargo, como señala Fonseca, aún quedan arquitectos que no han perdido el sentido de la profesión y el compromiso con el diseño. La crisis económica de los últimos tiempos también ha tenido su lado positivo, pues destacados arquitectos le han dedicado su esfuerzo al diseño urbano y a las obras de interés social.



Rumbo a seguir

Para Carlos Niño un tema que debe solucionarse es la distancia que suele existir entre la mayor parte de los arquitectos y la sociedad. “Prueba de ello es que algo así como el 70 por ciento de las construcciones del país es arquitectura popular que no ha sido diseñada por arquitectos”, señala.

Otro aspecto que preocupa a Niño es el impacto que pueda ocasionarle la aparición de materiales que pongan en peligro la austeridad y la identidad propias de la arquitectura colombiana.

Tanto Fonseca como Niño consideran que los Planes de Ordenamiento Territorial de las ciudades (POT) abren un camino esperanzador para la arquitectura y el urbanismo ya que son herramientas que permiten darle a la planeación urbana una visión totalizante. Eso sí, siempre y cuando esas ideas no se queden en el papel y, por el contrario, estimulen la creatividad y el talento propio de los arquitectos y los urbanistas colombianos.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.