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| 10/2/2010 12:00:00 AM

"Que se escriba sola la canción"

Luego de algunos discos menos afortunados, Fito Páez regresa con un trabajo explosivo, de canciones cortas pero brillantes.

Fito Páez es el primero en afirmarlo: no hay que buscar motivos en la vida personal de un músico para entender sus canciones. “La obra debe trascender al autor”, dijo en una entrevista de 2003 cuando le preguntaron por los nexos entre su ruptura con Cecilia Roth y las canciones descorazonadas de entonces, que conformaban el impactante disco Naturaleza sangre.

Y sin embargo hay tanta nueva energía, tanta explosividad de segunda adolescencia en su álbum más reciente que es difícil no hacer la conexión con las fotos de paparazzi que hace pocos meses publicaban las revistas del corazón. El mismo Páez parece burlarse de todo esto en la imagen de la contratapa, donde la modelo que lo besa al estilo esquimal es evidentemente más joven que él, pero lleva el rostro cubierto. “¿Es ella?”, preguntan las señoras en las peluquerías de Buenos Aires, y Fito parece responderles satírico desde la foto de tapa: “Confiá… confiá”.

Pero centrémonos en la música. Confiá es un disco que surge de un método de composición diferente, experimental para los parámetros que siempre ha manejado Fito Páez. Esta vez, al entrar al estudio de grabación a mediados de 2009, no tenía las canciones terminadas. Más bien eran fragmentos, ideas sueltas. La apuesta era que, al enfrentarse a la presión de grabar, las canciones se irían fraguando sobre la marcha.
El experimento no es nuevo en otros géneros: Kind of Blue, uno de los discos más importantes del trompetista de jazz Miles Davis, fue hecho con este método. Pero en el rock hay dos frentes que cuidar: melodía y letra, y en ese sentido la estrategia tiene que ser más delicada. Muchas de las canciones que hay en Confiá suenan briosas, cuentan historias completas de principio a fin y logran esa unión indivisible de estribillo y emoción, que es la base de la obra pop. Otras, en cambio, no llegan a tres minutos de duración y quedan como embriones, ideas buenas, pero sin desarrollo suficiente.

Hace diez años, Fito emprendió un experimento parecido, producto de la ruptura de su amistad con Joaquín Sabina. Su disco Abre era también un grifo abierto de frases, de ideas asociadas libremente. Pero, a diferencia de lo que sucedió ahora, las canciones eran extensas y espaciadas. El cantante se burlaba de sí mismo en una entrevista publicada por el diario El País: “Qué largas son las canciones, cuántas partes instrumentales, qué pocos estribillos para cantar todos juntos”. Este nuevo disco viene a ser un poco la versión en miniatura de Abre: hay grandes verdades, desgarramiento y euforia, pero todo en dosis fugaces.

Con todo, han vuelto esas melodías que tienen su marca inconfundible, y también algunas ideas sonoras brillantes como la inclusión de un grupo de trompetas, saxos y trombones que refuerzan ese júbilo de enamorado adolescente. Difícil saber cuáles de estas ideas fueron improvisadas y cuáles pertenecen ya a su acervo de compositor; pero es loable que un músico consolidado encuentre la confianza suficiente como para cambiar de reglas y buscar otros caminos que le señale su intuición.

“La verdad es que ya aprendí a esperar que se escriba sola la canción”, canta, como dejando testimonio de un proceso más cercano a la escritura automática que a la composición formal. Fito es un tipo irregular, un artista de discos buenos y malos. No es que queramos encontrar motivos en su vida privada, ¡pero qué coincidencia! Sus mejores trabajos surgen precisamente cuando el piso le tiembla, o cuando él mismo se encarga de hacerlo temblar.
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