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| 4/25/1983 12:00:00 AM

QUE LAS HAY, LAS HAY

Relatos de terror donde el humor tiene su parte

Rafael Llopis, Antología de cuentos de terror. Alianza Editorial 1982, Madrid, 3S4 páginas.
La buena literatura de terror no es comercio barato que se hace con fantasmas, casas encantadas, noches de luna llena y brujas espantosas. No son los relatos clásicos en que inevitables perros desaparecen aullando antes de que su amo vea figuras envueltas en sábanas ni las circunstancias triviales que tratan de poner los pelos de punta al lector. La buena literatura de terror devela simplemente un hecho sobrenatural oculta a la lógica y ordenada mente humana, juega con fuerzas salidas de la realidad terrena y mortal a la cual estamos sujetos, inventa una verosimilitud manejada por el escritor con personajes nada verosímiles pero en los cuales termina por creerse con un asombro inexplicable.
Buena muestra de todo esto es la antología realizada por Rafael Llopis en la cual presenta maestros indiscutibles del género: el escritor inglés Arthur Machen, cuyos relatos suceden a pleno sol y son adornados con elementos de la mitología griega y los cuentos de hadas; Algernon Blackwood que de buscador de oro, director de un hotel y granjero en el Canadá, pasó a redactar cuentos de misterio y a conformar una sociedad de ciencias esotéricas; el cínico y amargo humorista inglés Oliver Onions y, el ya consagrado entre el género, el norteamericano Howard Phillips Lovecraft, hombre solitario, atormentado y enfermizo, creador de una obra de gran originalidad e inventor de un ciclo mitológico imaginario denominado los Mitos de Cthulhu.
Son relatos que aluden al terror veladamente, nombrándolo sólo por medio de metáforas, de sugestiones que se van sucediendo paso a paso, colocando al lector en los bordes de la exasperación a la que llegan los mismos personajes. Relatos en los que aparecen doncellas nada lánguidas y pálidas sino al contrario, de temperamentos absolutamente alegres y que protagonizan escenas de una perversidad extendida más allá del poder de las palabras; donde los protagonistas arriban a pueblos satánicos en los que se practica la brujería medieval y sus habitantes realizan aquelarres aullando como gatos; relatos repletos de miles de ratas que devoran cadáveres enterrados en los sótanos de una mansión donde enloquece el narrador, el cual nos relata su aventura desde la celda de un manicomio escuchando todavía a los roedores. El terror se diversifica, presenta nuevas perspectivas, deshecha los ya antiguos y vulgares cuentos de fantasmas que crean un escepticismo radical frente al género, inventa vampiros burlones y amistosos, monstruos indefinibles que se aterrorizan a sí mismos al observar su figura en un espejo.
El humor también participa en este nuevo giro que sufren las realidades macabras, los cuentos de miedo. Se convierte en elemento que transforma los temas dotándolos de un nuevo significado. Lo grotesco y lo monstruoso no anulan las posibilidades de diversión que pudieran brindar los mundos esotéricos de estos literarios másallá. Los personajes ultrajados ya no son los cobardes mortales, aterrorizados ante la presencia fantasmal, sino los diáfanos espíritus que deben resguardarse del ataque humano. El humor dibuja contornos diferentes a los atroces mundos de la muerte, los seres son modificados en sus comportamientos habituales, el terror ya no pertenece al reino de los espectros.
Oliver Onions se burla de las viejas convenciones y reglas en las que se encasilla el cuento clásico de miedo. Sus personajes son almas ridículas que sufren los desaforados ataques de elementos tan risibles como las ondas radio telegráficas que dividen sus cuerpos translúcidos en fragmentos difíciles de reunir una vez que ha pasado la confusión. H. P. Lovecraft crea un terrible monstruo que espanta a los invitados de una fiesta celebrada en un venerable castillo cubierto de hiedra y que a su vez se espanta a sí mismo ya que sufre de un temperamento ingenuo y bondadoso. Reconoce que su existencia está condenada al reino de las tinieblas ya que la hermosa luna sólo pertenece a los sepulcros rocosos que reciben su luz, marchándose así, apenado, del castillo donde ha estropeado por completo la alegría de los invitados. El miedo y la tristeza sólo sirven de contrapunto para ridiculizarse a sí mismos. Los lamentos y alaridos que se puedan escuchar en desolados y ventiscosos valles, en los alrededores de la atroz medianoche, son escenarios hermosamente naturales que en nada presentan simbólicos cementerios de los cuales se pudieran levantar los muertos después de escuchar las primeras lluvias primaverales. El humor realiza entonces un contrapeso a las impresiones demoníacas que nos arrastran hacia lo abismalmente inesperado, hacia lo grotescamente increíble; en medio del caos general que caracteriza las atmósferas del terror, el lector tiene aún la posibilidad de divertirse escapando a la posibilidad de enloquecer como el protagonista de Las Ratas de las Paredes de Lovecraft.
Es ésta una antología que se inicia, como dice el mismo Rafael Llopis, entre catacumbas góticas y acaba por desembocar en regiones cada vez más altas. Del clásico cuento de fantasmas a las ficciones cibernéticas; de los ululantes gemidos de voces de ultratumba a la burla desvergonzada que se hace de éstas y sus ruidos de cadenas. Es éste un volumen que reúne los más clásicos cuentos del terror no sólo con un ánimo diversionista sino también con el criterio de otorgar al lector de lengua española un amplio panorama del género. -
Rafael Barra -
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