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| 2/28/1994 12:00:00 AM

QUEREMOS TANTO A JULIO

Diez años después de muerto, el escritor argentino Julio Cortázar sigue reclutando cómplices.

DURO 25.375 DIAS CRECIENDO, EN un intento colosal por detener el alma, que se dilataba como si quisiera salírsele, hasta que el cuerpo ya no pudo más y la dejó libre, en expansión eterna, una hermosa mañana de invierno parisino: el 12 de febrero de 1984.
Era Julio Florencio Cortázar, ese adolescente enorme y delgado como una marioneta gigante comandada por dioses remotos, de manos larguísimas y abrasadoras, de rostro pecoso y rasgos de quinceañero travieso que, a fuerza de transgredir las normas literarias y los códigos de conducta, se tomó el derecho de inventarse una nueva manera de escribir novelas y de asumir la vida, convirtiéndose en uno de los más sólidos representantes del boom latinoamericano. Quizás en el más querido de todos.
Escribía cuentos de la misma forma como uno de sus personajes vomitaba conejos: aquel protagonista de su relato Carta a una señorita en París, el inquieto traductor que, de cuando en cuando y sin motivo aparente, sentía subir una caricia tibia por la garganta y entonces era inevitable tomar con los dedos aquella masa blanda y ayudarla a salir presurosa de la boca, convertida en conejito. Así también Cortázar admitió en entrevistas y ensayos -sobre todo en relación con sus cuentos cortos- que no sabía cuándo ni cómo veía venir algo similar a una anunciación de duendes o de fantasmas, y que no tenía otra opción sino entregarse a ese estado de hipnosis, tomar la máquina y empezar a golpear las teclas hasta desovillar por completo eso que había nacido en una especie de trance fuera del tiempo, y que poco a poco acabaría convertido en un cuento.
Por supuesto, no era sólo Cortázar el que sufría el hechizo. Si algo enseñó este escritor argentino, nacido en Bruselas el 26 de agosto de 1914, fue volver cómplices a sus lectores, que se ven empujados a participar de ese mismo colapso intemporal en la medida en que van incursionando en cada uno de sus relatos. Amante del boxeo, Cortázar sostenía que la novela y el cuento se relacionan con el lector de manera similar a un combate pugilístico: "La novela gana la pelea por puntos -decía-, pero el cuento está en la obligación de ganar por nocaut".
Humorista por ,excelencia, y convencido de que gracias al azar la vida estallaba en miles de manifestaciones fantásticas -desde la sublimación de una obra artística hasta la más grotesca ridiculez-, Cortázar tramaba como nadie historias maravillosas, salidas de la más liviana cotidianidad. Una trivialidad aparente. desde luego, porque el azar -o, más exactamente, lo inesperado- podía transformar ese suceso trivial en patéticas calamidades, muchas veces ridículas y cursis, tal y como se presenta la vida a diario sin que muchos lo sepan advertir a tiempo.
De igual manera había abordado su vida, preparado -con el asombro del caso- para que la casualidad dictaminara rumbos imprevistos por la lógica cotidianidad. Y a veces la vida se le comportó como cualquiera de sus cuentos.

LECTOR DESAFORADO
Había nacido en Bélgica por azar, pero era argentino por herencia de sus padres, A Buenos Aires llegó a los 4 años. Allí pasó su infancia y su juventud, una época dedicada en exclusiva, como lo confesó muchos años después, a devorarse toda la literatura francesa que llegaba a sus manos. Era un hiperintelectual que jugaba a aprenderse los textos de memoria a una edad en la que sus contemporáneos todavía pegaban figuritas en los álbumes. Fue, en consecuencia, una adolescencba solitaria, caracterizada por una avidez de conocimiento que -incluso- a él mismo lo sorprendía.
Apenas graduado de profesor de letras inició una intensa labor pedagógica, que alternó con el oficio de traductor de documentos de aduana, actividad suficientemente tediosa como para llevarlo a traducir al mismo tiempo relatos más amenos e interesantes: las cartas que las prostitutas del puerto de Buenos Aires recibían de marineros europeos y su consecuente respuesta.
Vivía la Argentina de los años 30, cuando ya empezaba a inclinarse por la pasión de escribir poemas y relatos cortos que siempre terminaban incinerados o rotos en el cesto de la basura. A los 25 años, sin embargo, aparecieron sus primeros poemas, en un libro titulado Presencia, firmado con el seudónimo de Julio Denis. Pasarían ocho años para que se decidiera de nuevo a publicar. En realidad, al contrario de lo que muchos piensan, Cortázar fue un escritor relativamente tardío, por lo menos en lo que se refiere a la edición de sus obras. Tenía 35 años cuando publicó el poema dramático Los reyes, que marcó el inicio de su carrera. Aún así, el libro pasó sin pena ni gloria en su país. En contraste, era ya un prestigioso traductor en el medio, reconocido por ser uno de los primeros en introducir en Latinoamérica los textos de André Gide y de Marguerite Yourcenar, escritora francesa que, curiosamente, la mayoría de los colombianos conocerían tres décadas después.
Mientras preparaba el que sería su primer volumen de cuentos, Cortázar iba madurando la idea de irse a París. No sólo porque la situación política de Argentina le incomodaba desde que Juan Domingo Perón había ascendido al poder, en 1946, sino porque sentía el llamado de ese otro lado del océano, ese "lado de allá" que más tarde describiría con elocuencia y pasión en su novela cumbre, Rayuela, y que lo invitaba a dirigirse sin demora. Con el paso del tiempo, muchos le reprocharon haber abandonado su patria para convertirse en un europeo y escribir como tal, abandonando las raíces de su literatura. El mismo Cortázar insistiría años después en lo trascendental que había sido su situación de argentino en Europa, posición que lo llevó a descubrir su verdadera condición de latinoamericano".


EL PERSEGUIDOR
En 1951, el mismo año de la publicación de Bestiario, Julio Cortázar se instaló en París. Después de haber sorteado las dificultades económicas como empacador de libros, ingresó a la Unesco en 1952 en calidad de traductor oficial, lo cual le permitió dedicarse con más tranquilidad a un oficio que lo perseguía a todo momento, que lo atraía como un imán al teclado. El libro de cuentos Final de juego abrió con éxito la producción europea, en 1956. Las armas secretas, editado tres años más tarde, lo consagraría como cuentista excepcional. A este volumen pertenece el que para la crítica generalizada es su mejor relato, El perseguidor, en el que Cortázar, con una sorprendente capacidad para describir condiciones existenciales, narra los últimos días de la vida de un saxofonista negro estadounidense. En el cuento, el protagonista se llama Johnny Carter, pero es más que explícito que se trata de la una de las máximas leyendas del jazz mundial, Charlie Parker.
Sin embargo, no es sólo el homenaje al músico y su brillante manejo de la composición lo que hace destacar el relato. En El perseguidor Cortázar va insinuando por primera vez el objetivo que se se ha trazado tanto en la vida como en la literatura: la búsqueda permanente, la negación a quedarse, a resguardarse en la quietud de lo normal; la incomodidad con lo conforme, la idea de que el único camino viable para salvar la existencia es el de explorar esa realidad que parece cotidiana a primera vista, pero que esconde un lado no habitado, ajeno al tiempo y, sin embargo, accesible. Ante todo, desconfiar de la realidad, para buscarla en otra parte, en ese lugar intemporal al que sólo ingresan los espíritus sensibles, y que puede llegar a ser quizá aún más real que la propia realidad consciente.
Ese trabajo de perseguidor de verdades más allá de las formas aparentes se convertiría en el fundamento de su obra maestra, Rayuela, publicada en 1963. Con ella se vinieron abajo los cánones establecidos. Cortázar recompuso el lenguaje, la estructura narrativa, alteró los tiempos. Había escrito quizá como ningún latinoamericano antes. Con Rayuela, la novela sería otra cosa a partir de entonces, acabaría con las formas más vanguardistas de literatura latinoamericana y le daría paso a la postmodernidad.
Pronto los críticos se dieron cuenta de que Rayuela era una revolución literaria en Latinoamerica, comparable a la realizada por Ulises, de James Joyce, en Europa. La invitación al lector a participar arbitrariamente en el juego de leerla como considerara conveniente de adelante hacia atrás, de atrás hacia adelante-, unida a los constantes juegos de palabras, a las alusiones indirectas donde el lector debe participar activamente para interpretar, eran la señal que Cortázar quería hacer comprender: que la vida, como la literatura es, ante todo, un juego; pero un juego que debe ser practicado con la seriedad con que la toma un niño, para quien el juego es una razón vital, su realización más inmediata, su mayor oportunidad de crecer y desarrollarse. Esta posición ética cortazariana se había manifestado estéticamente un año antes, en 1962, cuando Cortázar les dio vida a los cronopios, esos tiernos seres fraternales que odiaban todo lo que oliera a institución, relojes y diccionarios; esos viajeros libres e incansables salidos de Historias de cronopios y de famas, de quienes Cortazar fue principal vocero y que desde entonces subsisten en los parques y en las avenidas asumiendo su condición de seres hipersensibles.
En adelante, su producción se vio reflejada por un permanente afán de nuevas experiencias, de nuevos ensayos, de nuevos resultados. Fruto de estos experimentos son sus libros 62 Modelos para armar (hija de Rayuela), Ultimo Round y Libro de Manuel, novela publicada en 1973, donde más se evidencia su solidaridad con las revoluciones cubana y sandinista. Este apoyo incondicional a la causa política socialista, asumido por Cortázar a comienzos de los años 60, lo acompañaría hasta su muerte. En este sentido, no fueron pocos los que vieron en su actitud cierta ingenuidad. Tal vez una ingenuidad digna de cronopios.

FINAL DE JUEGO
Los últimos días de su vida fueron particularmente amargos para Cortázar. Se había casado con Aurora Bernárdez en 1953 y vivido luego con la editora libanesa Ugné Karvelis. Pero su tercera y última compañera, la fotógrafa canadiense Carol Dunlop, lo había enamorado hasta un punto desde el cual ya no podía retornar. Paradójicamente, a principios de los 80 le habían diagnosticado leucemia y él había previsto todo para que sus bienes quedaran a nombre de Carol. Pero lo inesperado cumplió otra vez su cometido. Carol murió antes que él, en noviembre de 1982, por la misma causa: leucemia. Muchos opinan que la depresión aceleró la muerte del escritor. La sensación general fue la de que ese romántico cronopio mayor había preferido morir de amor, antes que hacer el ridículo de dejarse vencer por la leucemia.
Algunos se aventuraron a vaticinar que su literatura serviría solamente para cultivar la nostalgia de los que lo leyeron en vida. Pero diez años después Cortázar continúa sorprendiendo, reclutando cómplices en las esquinas, en los parques y en los buses; en las aulas, en los prados y en las cafeterías universitarias, allí donde sus cuentos y novelas se siguen leyendo con la misma voracidad con que lo hacía la juventud de los años 60. Tal vez porque Julio Cortázar supo invitarlos, sin proponérselo siquiera, a observar la vida -y la literatura misma- como lo que siempre ha debido ser: un juego. -
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