Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1997/01/06 00:00

QUIEN TE LO DIJO NENE?

'ME LO DIJO ADELA' RESULTA SER EL METODO DE LOS PERIODISTAS VARGAS, LESMES Y TELLEZ

QUIEN TE LO DIJO NENE?

El Presidente que se iba a caer Mauricio Vargas, Jorge Lesmes y Edgar Tellez Planeta, Bogotá, 1996 $ 15.900 Si en el campo de los políticos el proceso 8.000 ha sido una bomba que ha dejado muchos cadáveres tendidos en el piso e, incluso, ha resucitado a varios entre los medios de comunicación y los periodistas la conmoción no ha sido menos intensa y ha producido hechos y fenómenos para tener muy en cuenta. La polarización ha sido también la regla generalizada y ha llegado a extremos inconcebibles de intolerancia, como lo denunció Roberto Pombo en SEMANA _en velada contestación a María Isabel Rueda_ al hablar de un grupo de justicia privada, dedicado a descalificar a los colegas que no comulgan con el fanatismo y los procedimientos de sus integrantes. Pombo es quizá el único de los comunicadores protagonistas que ha intentado informar y escribir con una dosis de objetividad. A un lado suyo están los antisamperistas rabiosos y en el otro los samperistas incondicionales. Y a cada cual le ha ido en el baile de manera diferente. Entre los primeros, Enrique Santos Calderón, por ejemplo, ha perdido credibilidad y lectores, pues ha analizado solo con las vísceras y se ha vuelto monotemático, caso similar a los de María Jimena Duzán y Rudolf Hommes. En televisión, QAP está por los suelos en sintonía. Entre los segundos, Roberto Posada se ha convertido en el columnista más leído de El Tiempo y, por ello, en un fenómeno que califica para carátula de revistas, así varios de sus colegas y muchos de sus lectores lo aborrezcan por su ultrasamperismo; Antonio Panesso sigue siendo el mismo periodista aburrido y gris y Cromos _etapa Zalamea_ pasará a la historia como uno de los ejemplos notables de las aberraciones profesionales durante la crisis. Hernando Santos ha resucitado, pero El Tiempo dejó al descubierto la práctica de una temeraria manipulación de titulares e informaciones. Entre los columnistas se destaca Alfredo Molano como el que ha intentado ir más allá de los simples episodios coyunturales. En televisión les ha ido bien a los noticieros que han dado zanahoria y garrote, como CM& el Noticiero de las 7 y 24 Horas. En los noticieros de radio es difícil saber, porque la guerra entre RCN_que reitera hasta la náusea su independencia_ y Caracol _samperista de tiempo completo_ impide conocer la realidad de las sintonías. El fenómeno de La FM de Sánchez Cristo bien puede deberse a otros factores diferentes al antisamperismo beligerante, como su estilo light y el contacto directo con el oyente, pues no hay que olvidar que las llamadas 'emisoras populares' _Radio Santa Fe y Mil Veinte_ de alta sintonía, son samperistas. Entre las revistas, Cromos, con el cambio de dirección, está recuperando su espacio de revista frívola; Cambio16, a pesar de ciertas denuncias audaces, no registra avances y sigue sin ser una competencia para SEMANA; ésta ha quedado con una ala rota pues, aunque seguramente no ha perdido circulación, pasada la etapa volcánica de la crisis, de la cual ha sido el líder informativo antisamperista, no ha recuperado su norte, como lo prueban sus últimos números. No hay que olvidar al usufructuario de los medios, que no es tan pasivo como parece y ha advertido la falta de profesionalismo que, de parte y parte, ha florecido como mala hierba. Así lo prueba una encuesta de Yankelovich, publicada hace 10 días por El Tiempo, en la que el 53 por ciento de los interrogados dice que la información dada por los noticieros de TV no es imparcial ni objetiva y el 60 por ciento manifiesta que está de acuerdo con la revocatoria de la adjudicación de los noticieros. En medio de este movido panorama aparece el libro de los periodistas Vargas, Lesmes y Téllez, El Presidente que se iba a caer. La avanzada antisamperista se ha deshecho en elogios. Sin embargo nadie _salvo López Michelsen_ se ha detenido a considerar su valor periodístico. El ex presidente censuró, acuñando el verbo 'casetear', la credibilidad dada a grabaciones ilegales y el abuso del off the record por parte de los autores. Son objeciones válidas. Pero yo me identifico con Javier Darío Restrepo cuando dice que, ante el silencio que conspira en favor de los corruptos, resulta lícito para el periodista utilizar estos métodos. Ahí al menos, si las grabaciones son auténticas, hay una prueba y en el caso del off the record hay testigos identificados. Sin embargo los autores de El presidente que se iba a caer utilizan otro método que debe ser rechazado de plano por tirios y troyanos, como es hacer afirmaciones muy graves, adjudicándolas a un informante anónimo y punto. Los ejemplos de esta falta de seriedad profesional son abundantísimos en el libro, como han abundado a lo largo de la crisis, generalmente para destapar supuestas manipulaciones ocultas del gobierno que vendrían a contravenir sus actuaciones públicas o para apuntalar determinadas acusaciones temerarias. Pongámonos de acuerdo: es lícito ocultar la identidad de la fuente, pero para poder sacar a la luz las revelaciones de esa fuente anónima es obligatorio aportar las pruebas que certifiquen la veracidad del hecho. Porque ese derecho del periodista de callar el origen de la información no lo exime de demostrar que lo que afirma es cierto. De hecho, así lo establece en su artículo 11, la Ley 51 de 1975. De aceptar procedimientos en los que el periodista no se responsabilice de la veracidad de sus informaciones, se caería literalmente en la ley de la selva. Y de eso no se trata. Se ha intentado en Colombia justificar tales procedimientos trayendo a cuento las investigaciones de Bernstein y Woodward en el escándalo Watergate y hay en ello mucha falacia. Porque el anónimo informante de estos, 'Garganta profunda', jamás les dio ninguna información concreta, sino que, como una brújula, se limitó a orientarlos sobre la dirección de sus averiguaciones. Y, como norma de seguridad, los periodistas solo publicaron aquellos datos en los que coincidían al menos dos testigos, uno solo no servía. Como se advierte, mucho va de Pedro a Pedro. Además resulta evidente que Vargas y sus compañeros no se limitan a callar la identidad de sus fuentes, sino que intentan manipular al lector inventando informantes falsos para ocultar las numerosísimas filtraciones ilegales cuya procedencia son de público conocimiento, como por ejemplo aquellas facilitadas por el Fiscal y el Vicefiscal, que en el libro achacan a una abogada, amiga de unos jueces sin rostro. Esto no es serio ni ético. En fin, este 'diario secreto de tres periodistas sobre el 8.000' proporciona al lector numerosas inquietudes de orden profesional, que deben de ventilarse y discutirse para bien del periodismo colombiano. He expuesto las más protuberantes, pero se me quedan muchas en el tintero por falta de espacio.

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