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| 7/28/2007 12:00:00 AM

“Quiero ser invisible”

El poeta y novelista antioqueño Darío Jaramillo Agudelo acaba de publicar 'La voz interior', libro en el que trabajó durante los últimos ocho años. Una novela con excelentes comentarios de la crítica internacional. SEMANA habló con él.

La prestigiosa editorial Pre-Textos, de Valencia, España, acaba de publicar la más reciente novela del escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo: La voz interior. Pero nadie va a hacer ruido por ello. Jaramillo Agudelo, uno de los más importantes autores colombianos de los últimos 30 años, una figura respetadísima en los mundos intelectuales de España, México y Venezuela, ha logrado ser, en Colombia, una especie de hombre invisible. Los enamorados recitan sus principales poemas de amor. Los expertos le encuentran siempre un lugar a sus novelas en las listas de las más importantes de estos años, junto a las de Gabriel García Márquez, Fernando Vallejo y Álvaro Mutis. La gente lo mira, con cierto temor reverencial, en las calles de un lugar de Bogotá que su visión logró crear: la maravillosa manzana de la cultura de La Candelaria. Y sin embargo, no obstante las evidencias, Jaramillo, subgerente cultural del Banco de la República desde hace más de 20 años, ha convertido en un arte el ejercicio de eludir los elogios.

Su vida es, en este punto, una novela. Nació en Santa Rosa de Osos, Antioquia, el 28 de julio de 1947. Y, 60 años después, no sólo ha construido una obra compuesta por unos 15 volúmenes de poemas, narraciones y ensayos (en los que un tema recurrente parece ser la ausencia), sino que se ha convertido en una de las personas más influyentes de la cultura colombiana. Se graduó de abogado en la Universidad Javeriana. Fue profesor universitario en la misma facultad durante siete años. Atendió la tienda familiar. Escribió cientos de notas de prensa. Y, mientras tanto, mientras publicaba trabajos tan respetados como la novela Cartas cruzadas, fue estableciéndose como un punto de contacto entre los pintores, los escritores, los lectores, los editores y los ensayistas del mundo en español.

La voz interior, elogiada por la crítica (ver recuadro), es un grueso volumen dividido en dos partes. La primera es la biografía ficticia de una persona de bajo perfil, Sebastián Uribe Riley, a quien se le descubre un legado asombroso luego de su trágica muerte: 20.000 páginas manuscritas. La segunda es la suma de los textos escritos por los personajes que él, Uribe Riley, había inventado. El resultado es una reflexión, conducida por una voz fascinante, sobre la ausencia de vida interior en el mundo contemporáneo. Y, de paso, un resumen de la obra de Jaramillo donde consigue reunir las dos pasiones de su vida: la novela y la poesía. El autor, reticente a este tipo de situaciones, aceptó un largo diálogo con SEMANA para hablar de su vida, de su obra y de una de las más interesantes novelas colombianas publicadas este año.

SEMANA: ¿Cuál es el punto de partida de 'La voz interior'?
DARÍO JARAMILLO AGUDELO: Creo que detrás de mis novelas siempre hay una imagen. El punto de partida de Cartas cruzadas, por ejemplo, es la imagen de una señora que espera sola, todos los días, en el balcón del apartamento que le ha regalado un hijo mafioso. La verdad es que en Medellín, desde el apartamento de mis padres, yo veía a esa señora que deambulaba como un fantasma por la terraza incluso a las 2 de la mañana. Era una mujer que habían sacado de un barrio popular y la habían puesto en un apartamento de 200 metros en el parque Bolívar. En La voz interior, en cambio, me entusiasmaba contar una historia donde hubiera imágenes religiosas, gnósticos, gente atea, donde el problema religioso fuera el problema de fondo. El reto era contar, sin aburrir a nadie, una vida a la que no le pasara nada. Enganchar al lector por medio de la virtud de la prosa.

SEMANA: Al protagonista de la novela no le pasa nada, pero en cambio tiene una vida espiritual muy rica.
D.J.A.: Quise reivindicar eso. Como todos vivimos hacia fuera, hacia el exterior, que alguien intente vivir hacia adentro es algo muy excepcional. Sin vida interior no puede haber ni arte ni religión. La persona que quiera tener una vida interior, hoy en día, tiene que rebelarse contra un mundo ruidoso en el que no hay un solo establecimiento en el que no se esté escuchando música en todo momento.

SEMANA: ¿Qué lecturas tuvo que hacer para recrear la atmósfera teológica de su novela?
D.J.A.: Leí casi todo Kierkegaard, que me pareció muy triste pero tan lleno de humanidad. Las moradas de Santa Teresa, los poemas de John Donne y los textos de

Chesterton. También leí a muchos de los adalides de la tolerancia desde Séneca hasta Thoreau. Este último me interesó mucho porque era el marco ideológico del abuelo del protagonista.

SEMANA: Si el tema religioso puede ser un tanto anacrónico en estos tiempos, hacer una biografía ficticia parece un asunto más contemporáneo.
D.J.A.: No es un ejercicio tan novedoso, porque, entre otros, la narración de la vida de un personaje es lo que hace Charles Dickens en David Copperfield. Me pasó, también, que después de escribir la novela leí La vida de Sebastián Knight, de Vladimir Nabokov, y pensé: "me van a decir que yo copié esto". Yo creo que Piedad Bonnett acertó en la presentación del libro al decir que era una novela "rayueliana", por sus capítulos prescindibles. No fui muy consciente de eso al hacerlo pero ahora me parece lógico: Cortázar fue una influencia muy grande en mi vida.

SEMANA: Su personaje dejó 20.000 páginas de manuscritos inéditas. Nunca le interesó publicar. ¿Por qué?
D.J.A.: Para mí hay una gran diferencia entre ser escritor y ser autor. La verdadera vocación y la que yo siento, es la del escritor, la del gusto por la escritura, el gusto de pasar a través de la tinta para conocerse a uno mismo. El autor, en cambio, es una persona que vive para ser publicada. Me contaba una vez Manuel Borrás, el editor de Pre-textos, que estuvo en un encuentro de escritores jóvenes y a la larga solamente hablaron de tres cosas: agentes literarios, derechos y traducciones. Y pensaba yo, ante esa anécdota, que si uno no tiene la necesidad íntima, fisiológica, de escribir, entonces que no escriba, que no trate. El autor, repito, es la persona que decide darse a conocer. Y yo tengo una relación muy ambivalente con publicar. No me gusta ser conocido. Quiero ser anónimo, invisible. Juan Ramón Jiménez les decía a los escritores: "piensen en el oficio, el oficio es estar solo, encerrado".

SEMANA: Qué escribió primero, ¿la biografía o las obras inéditas de Sebastián?
D.J.A.: Algunas de las obras

inéditas. Walter Steiggel, uno de los autores creados por Sebastián, es un personaje que inventé hace más de 30 años cuando hice La nueva historia de Colombia. En los años 70, cuando vivía en Iowa, tenía un cuaderno con sus aforismos. Luego escribí, bajo el mismo nombre, Los motivos de Dios, un texto desopilante que intenta responder por qué Dios creó al mundo. Esta es la parte del libro que más me gusta junto con Liturgia de los bosques, que firma Sebastián Uribe Riley. Luego vienen otros textos de autores que van formando parte de El país de los poetas.

SEMANA: Sebastián abandona la universidad e inicia una educación privada con su abuelo que le enseña latín y le da sólidas bases con autores clásicos. Por lo que hace y por lo que escribe en sus diarios, se ve una fuerte crítica a la educación universitaria.
D.J.A.: Yo fui profesor universitario durante ocho años hasta que un día dije no más, me cansé. Yo creo en la parábola de la siembra del padre Arboleda, un sacerdote jesuita: sólo una semilla cae en la tierra abonada, el resto se lo lleva el viento y los pájaros. Mi desconfianza en la educación está muy presente desde Cartas cruzadas. El dicho portugués me parece muy cierto: "el que sabe, hace, y el que no sabe, enseña". El problema de la universidad es que les enseña lo mismo a gentes que tienen intereses muy diferentes, incluso dentro de una misma carrera. A veces se aprende más en la cafetería cuando alguien le dice a uno que vea tal película o lea tal libro.

SEMANA: ¿Por qué el latín es el emblema de la educación en su novela?
D.J.A.: La literatura de Occidente se escribió durante 20 siglos en latín. Tomas Moro, Erasmo de Rotterdam se escribían con los hombres de su tiempo en latín. Esta es la raíz de la cultura; el francés, el italiano y el castellano son las ramas. El que quiera conocer de verdad el canon occidental debe conocer la raíz. A mí me parece preocupante que haya graduados en literatura que no conozcan -en el nivel básico y no como especialistas- a Horacio, a Catulo, a Virgilio.

SEMANA: También hay una dura crítica a la sociedad antioqueña en relación con el narcotráfico.
D.J.A.: Yo sigo pensando que el gran daño del narcotráfico fue crear la instancia del dinero fácil en un mundo donde el verdadero dios es el dinero.

SEMANA: Sebastián critica muchas cosas…
D.J.A.: Es un hombre en contra de las modas. Cuando salí del colegio San Ignacio y llegué a la universidad tocaba ser marxista porque era la moda. No me siento ningún monstruo fascista, pero ciertamente no me interesa ser marxista; no creo que se pueda endiosar la historia de la manera en que la endiosan los marxistas, con unas leyes que fatalmente se cumplirán.

SEMANA: ¿Por qué esa admiración tan grande por León de Greiff?
D.J.A.: León de Greiff me rayó. Yo tendría 12 ó 13 años cuando salió la obra completa en la edición de Aguirre y, como mi padre me tenía cuenta en su librería, lo compré. Copiaba sus poemas, me los sabía de memoria, los recitaba sin titubear.

SEMANA: ¿Qué diferencia hay entre escribir poesía y escribir novela?
D.J.A.: El poema sale a las 2 de la mañana o en una reunión de contabilidad; una novela requiere la noción de territorio. Las novelas las he escrito en fines de semana (para mí los puentes son una bendición), y en diciembre. Ser novelista es ir cambiando de pellejo cada rato, una esquizofrenia benévola.

SEMANA: Es difícil no contagiarse de la pasión que siente Sebastián por Bach. ¿Qué tanto le gusta?
D.J.A.: También adoro, como él, la misa en si menor de Bach. Tengo 30 versiones de las suites para chelo... claro que si me ponen dos, no sé decir cuál es cuál. En estos días recibí un mensaje de Margarita Valencia, una amiga, en la que me decía: "Estoy oyendo la misa en si menor". Era su forma de decir que estaba leyendo la novela.
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