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| 11/6/2010 12:00:00 AM

Rabia

El cineasta ecuatoriano Sebastián Cordero presenta un melodrama gótico que pone en escena la decadencia del primer mundo.

Título original: Rabia
Año de estreno: 2009
Género: Drama
Dirección: Sebastián Cordero Guión: Sebastián Cordero, basado en la novela de Sergio Bizzio
Actores: Martina García, Gustavo Sánchez Parra, Concha Velasco, Xabier Elorriaga, Iciar Bollaín, Alex Brendemuhl

Quizás ya la hayan visto. Tal vez la recuerden como una producción envolvente y entretenida que no consigue mantener hasta el final la tensión que promete en su primera media hora. Acaso ya puedan decir, si están de acuerdo conmigo, que Rabia, este atmosférico thriller romántico dirigido por el ecuatoriano Sebastián Cordero, se queda sin suspenso en la mitad de la narración, establece una serie de conflictos que no llegan a ninguna parte, y cruza, sin regreso, la frontera de la verosimilitud. No digo, de ningún modo, que sea una mala película: Cordero es, como probó en Crónicas (2004), un realizador valiente que se juega entero en cada secuencia; el mexicano Gustavo Sánchez Parra deja la vida en el papel protagónico; y el melodrama gótico que narra, que hace pensar en clásicos claustrofóbicos como Rebe-cca (1940) o Gaslight (1944), alcanza a tenernos en el borde de la silla durante al menos una hora. Digo que, sin embargo, falla desde que comienza a atar los cabos. Digo que deja muchos cabos sueltos.

Rabia nos presenta a sus dos enamorados a partir de la primera escena: el obrero José María es un inmigrante cargado de ira que tiende a estallar cada vez que piensa que se fue a vivir a España "para que me trataran igual de mal que allá", y la empleada doméstica Rosa (encarnada con convicción por Martina García) no es mucho más que una colombiana resignada, aterrorizada y sufrida, en la tradición de las heroínas de las novelas románticas y las telenovelas. Se han enamorado, sin que el uno sepa mucho del otro, en una España que no los quiere del todo pero los necesita como mano de obra. Él, que no entiende muy bien por qué debe callarse cuando su supervisor le grita, hace lo mejor que puede para tragarse el resentimiento que le corre por los nervios. Ella, que trabaja en la gigantesca mansión venida a menos de una familia aristocrática en franca decadencia, la familia Torres, soporta el trabajo gracias a la amabilidad de la dueña de casa.

Todo comienza a complicarse cuando José María mata a un hombre. Y, para escapar de las autoridades, decide esconderse en los vericuetos de la casa en donde trabaja Rosa.

No cuento más porque seguro no la han visto todos. Solo agrego que José María, como el fantasma de la ópera, se esconde en la mansión sin que su Rosa lo sepa. Y que muy pronto, mientras ella lo espera doblegada del dolor, se nos presentarán -casi todos en vano- los dramas de esa familia que trata a la colombiana con condescendencia de clase, se nos anunciarán varios conflictos cuya resolución será la llegada de los créditos finales y se nos pedirá que suspendamos la incredulidad cuando ya es demasiado tarde para pedírnoslo. De nuevo: la energía del director, la actuación del protagonista y el melodrama nos llevarán hasta el final. Pero la última media hora extrañaremos, más de la cuenta, esa tensión que tanto nos prometieron.
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