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| 7/7/1997 12:00:00 AM

RASTROS DE NIÑOS

Ya editada y en espera de los últimos toques para su presentación en público, 'La vendedora de rosas' resulta ser la película más sobrecogedora del director de 'Rodrigo D No futuro'.

Como el producto de un gran parto creativo, doloroso y rico en contradicciones, que entremezcla toda la complejidad del drama humano de los niños de la calle, surge la última producción de Víctor Gaviria: La vendedora de rosas, un trabajo inspirado en el conmovedor cuento de Hans Christian Andersen La vendedora de cerillas, que Gaviria retoma para llamar la atención sobre el tema de la niñez desprotegida con una óptica despojada de juicios de valor distintos al mismo realismo. Después de Rodrigo D. No Futuro, realizada en 1990 y que logró para este director antioqueño de 42 años el impacto en los festivales internacionales, Gaviria se sumerge enteramente en un tema que, como aquel, golpea íntimamente al espectador enfrentándolo a una instancia profunda y casi filosófica sobre el ser de estos niños perdidos.Y es que si para Win Wenders el desplazamiento continuo de sus personajes por la ciudad es un elemento distintivo en su producción cinematográfica, casi se podría decir que en Víctor Gaviria hay una pregunta persistente por el niño. Películas como Buscando tréboles, que habla de los niños ciegos, o La lupa del fin del mundo, que narra las inquietudes y juegos de los los infantes en las aulas del colegio, o Simón el mago, volando con los cuentos de la negra Nicolasa, son los abrebocas de esta búsqueda en la fantasía de la mente infantil. En La vendedora de rosas esta fantasía se ve inmersa en la agonía de una cotidianidad que resulta cruel por la injusticia, por la deuda social de no permitirle a los niños "vivir la ilusión del mundo por fuera de la supervivencia", para expresarlo en las certeras palabras de Gaviria.La historia transcurre en el corto lapso de dos días, comienza un 23 de diciembre con la huida de Marta, una niña de 13 años, por un fuerte altercado con su mamá, en el que hay gritos e insultos "y se destruye con las más atroces palabras los últimos puentes de la comunicación". Sola y a su suerte, llega a la calle donde pronto encuentra que hay todo un mundo de niños que resuelven su existencia entre el sacol y "la supervivencia", léase indigencia, prostitución, drogas, asaltos y otras formas de realizar el destino de los niños sin infancia. Allí encuentra un grupo de pequeñas entre los nueve y los 14 años con las que convive en un inquilinato en Barrio Triste y conforman un espacio donde esconden sus miedos, sus vacíos, sus encuentros, pero también sus alucinaciones y la nostalgia por esa búsqueda de fuentes de amor que, al igual que a los otros, anima a estos niños sin destino. Cada una de las vidas que intervienen en la trama cargan los vestigios de un drama que sacude al espectador en una conciencia de humanismo y que al mismo autor lo hace preguntarse "¿Qué resulta al invertir la inocencia?".En un contexto realista se tejen las historias de Lady, Marta, Mónica, Andrea... o de La Chinga, Carlos, Chocolatina o el Alcalde. Contadas por Gaviria en esa forma que él tiene de plasmar la vitalidad y la poética, usando los lugares y los protagonistas naturales. Con la inmensa dificultad que esto entraña para la planeación y el rodaje, porque si el trabajo con niños resulta exigente, con estos niños sin rumbo es prácticamente un acto heroico. La rebeldía natural, su propia forma de vida y el uso de las drogas hacen un reto extenuante lograr que representen las historias o simplemente que cumplan un horario. Pero Gaviria, curtido en estas luchas, se tomó el tiempo. Durante ocho meses estuvo compartiendo con ellos, conversando y escuchando. Activando su cualidad de ver y oír a través de estas identidades los personajes de su historia, definiéndolos a partir de los diálogos, de los sentimientos, de cada uno de los tirones de vida que entregaban en sus discusiones, como esa en la que un niño le responde a otro que le pregunta por los zapatos ¿para qué zapatos si no hay casa? Pedazos de la vida real que Víctor capta y transfiere a la boca de sus personajes, retrotrayéndolos a esa especie de neorrealismo de los 50, que identificó también la escuela italiana de Vitorio de Sica en el Ladrón de bicicletas. Auténtica y testimonial.El público colombiano podrá ver pronto La vendedora de rosas. Por ahora los planes son enviarla al Festival de San Sebastián y buscar un mecanismo para que se pueda presentar en Colombia. El público que acepte la invitación a saborearla quedará con la sensación agridulce de que la sociedad colombiana, en su delirio, ha permitido a sus niños perder la inocencia y les han retirado su protección, "un regalo impostergable que la ciudad debe dar a los niños", como bien afirma Víctor Gaviria
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