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| 3/15/2015 7:30:00 PM

“Se necesita sentir un gran dolor para hacer películas”: Raymond Depardon

El fotógrafo y documentalista legendario, fundador de la agencia Magnum y de la agencia Gamma, ha estado capturando en imágenes a su país y al mundo desde los años 60.

Como invitado al Festival Internacional de Cine de Cartagena, Depardon trajo algunas de las 13 películas recientemente restauradas gracias al apoyo estatal francés y una, Journal de France (2014), que distribuirá Babilla Cine en Colombia.

Semana habló con él sobre algunas de esas películas y sobre la exposición de fotografías que se inaugurará el próximo 19 de marzo de 2015 en el Museo de arte del Banco de la República.

Semana: En algunos de sus documentales, como San Clemente (1980) y Reporters (1981), se pone el énfasis no solo en lo que registra sino en el acto mismo de filmar. En San Clemente, los internos en un hospital psiquiátrico le piden un par de veces que pare la cámara o hacen explícita la presencia del equipo que rueda al jugar con el micrófono de la sonidista. En Reporters, al mostrar la vida cotidiana de unos reporteros, es inevitable pensar en quien está detrás de la cámara. Ya que es un tema que le ha preocupado, ¿qué efecto cree que tiene el que ahora haya tanta gente con cámara, registrándose todo el tiempo?

Raymond Depardon:
Me dan ganas de contestar que hay cambios y a la vez no los hay. Es decir que los problemas que hay en el corazón de filmar, las preguntas éticas, siguen siendo las mismas. Que sea digital o análogo no importa.

También se puede constatar que lo digital ha democratizado todo. Hoy en día alguien con una cámara digital puede hacer una película. Ese aspecto profesional del director ya no está.

Haciendo un desvío, hay algo que vemos hoy en Francia donde los grandes beneficiarios no son los franceses sino los inmigrantes magrebíes. Son los exiliados, quienes sufren de un dolor como el mío, porque yo sufrí ese paso de la granja de mis padres a París y ellos, a su vez, vienen del desierto, de Argelia y todo eso. Creo que se necesita sentir un gran dolor para hacer películas. Tiene que haber la gran necesidad de hacer una película, de filmar a otros o filmarse a sí mismo.

San Clemente y Reporter los realicé con un año de diferencia y muestran, de un lado, un mundo totalmente ajeno a mí (yo nunca me había ni cruzado con un siquiatra, por suerte) y, del otro, uno que conocía bien, el de los fotógrafos. En ambos se daba una especie de ballet… es posible imaginarse a Pina Bausch haciendo una coreografía con los locos y con los fotógrafos de farándula.

La aproximación fue muy diferente. Los fotógrafos eran mis amigos pero yo los estaba traicionando, los estaba filmando pero manteniendo la distancia. A los locos no los conocía pero no quería traicionarlos.

Filmar los locos era prohibido y aún más porque llegué a ellos sin discurso previo, solo sabía que el encerramiento me interesaba. Cuando conocí a Basalia (el director del hospital psiquiátrico San Clemente) me preguntó si había leído algo y le dije que no. Me respondió que mucho mejor y me recomendó un libro de Erwin Goffman, Asilo. Lo leí y fue increíble: ahí estaba el guión.

Hablaba de una institución totalitaria, de algo que nunca había oído… pero yo estaba volviendo del desierto, de la guerra y había quedado muy impactado. Siempre fotografiaba la gente frente a muros… estaba muy paranoico de que me detuvieran y encerraran.

Goffman decía que la institución totalitaria tiene un montón de detalles: todo el mundo se despierta a la misma hora, almuerza al a misma hora, se acuesta a la misma hora. Pensé “tengo que filmar estos pequeños detalles”.

Me demoré mucho en editar y, entre tanto, filmé Reporter. En el estreno de Reporter la gente reía mucho y me dio la impresión de haber inventado algo, que es algo que ahora veo todas las noches en Canal +, una burla de la farándula.

Algo en común en ambas películas es que no corto mucho… no filmo mucho, pero casi no corto. Hay muchos camarógrafos que filman un rato y luego cortan, mientras yo seguía filmando. Ahí lograba un resultado totalmente diferente. El no cortar hace que la gente se ponga incómoda, aunque también hacen un esfuerzo por actuar como si no lo estuvieran… Es una cosa burlesca, como una comedia… la gente queda como si fueran marionetas.

La gente no sabe lo que pasa, porque yo parezco tranquilo, simpático, pero en realidad soy de miedo. Hace poco estuve pensando que soy un monstruo, pero luego pensé que no, que solo filmo de una manera honesta…

Semana: La próxima semana habrá una exposición de sus fotografías en el Banco de la República, ¿cómo está estructurada?

Es un trabajo que generó un malentendido por haber hecho la foto del presidente Hollande… pero se trata de un trabajo muy personal. La serie se llama La France y no fue encargo de nadie. Aunque es cierto que gracias a él terminé haciendo la foto del presidente.

Trabajé cuatro años en La France. Un día tomé tres fotos en lugares distintos del país para un periódico que nunca las publicó. Y dije “es increíble, fotografié el norte el sur y el centro de Francia y saqué tres fotos buenas. Entonces sí es posible fotografiar a Francia”. Pensé que era posible que un solo fotógrafo lo hiciera.

Porque antes había misiones fotográficas con 20 fotógrafos por todo el país. Pero no me gustaba que se destacaran tanto las diferencias entre norte y sur. Mi pregunta es si era posible encontrar alguna unidad en Francia. No lo sabía. Parecía haber gente diferente, se dice que hay 440 países diferentes al interior, con persianas, campesinos y acentos diferentes.

En dos años fotografié las regiones que no conocía. Esto fue todo antes de rodar Journal de Francia.
Como yo vengo de la provincia, de una ciudad muy pequeña, una sub-prefectura, tenía la impresión de que nunca se habalaba de estas zonas, que estaban abandonadas, pero que eran increiblemente coloridas y que el país se veía un poco como París, como toda igual, sin colores. Y fuera de París había gente que tenía el “mal gusto” de pintar sus persianas.

Y me apasioné. Francia se puede dividir en tres: las grandes ciudades, los banlieues (suburbios urbanos) y el resto. Pasé mucho tiempo fotografiando esto de la manera más neutral posible, sin sentimentalismo. Tomé ocho mil fotos, las reduje a 100 y luego a 42, que fueorn las que mostré en la Biblioteca nacional de Francia y las que se verán en el Banco de la República. Yo las escogí siguiendo mi criterio.

Me siento contento de haber hecho esto porque es la quintaescencia de mi trabajo. Yo había olvidado esa Francia, pero es mi origen. Quería hacerle un homenaje y, al mismo tiempo, me había convertido en un hombre de ciudad.
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