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| 6/9/2003 12:00:00 AM

Rayuela, 40 años después

Novela de culto como pocas, la más ambiciosa obra del escritor argentino Julio Cortázar, marcó un antes y un después en la literatura mundial.

"Rayuela nos liberó a todos", dijo Carlos Fuentes en una frase que resume, como ninguna otra, lo que significó esta mítica novela para las generaciones de los 60 y los 70.

En esos años todos habían pensado y deseado la revolución, pero a nadie se le había ocurrido hacerla con las palabras, desde las formas artísticas. Rayuela fue un intento de sacudir el lenguaje y de buscar un lenguaje nuevo. Las ideas recibidas, la tradición cultural, son sometidas allí a una revisión despiadada. En la actitud insobornable de su protagonista, Horacio Oliveira, hay una petición de autenticidad total del hombre, que era el signo de esos tiempos cambiantes. Y también la tendencia a la seriedad al engolamiento, en fin, la falta de sentido del humor como una de las peores herencias españolas, fueron el blanco favorito de sus 'cocteles Molotov'.

En 1959, cuatro años antes de la publicación de Rayuela, Julio Cortázar, ya consciente de los alcances del libro que estaba haciendo, le escribe a un amigo: "Será algo así como una antinovela, la tentación de romper los moldes en que se petrifica este género". Cortázar: el Bolívar de la literatura latinoamericana que "nos liberó, liberándose". Rayuela: antinovela que se podía leer en desorden, sin pautas, siguiendo múltiples caminos.

Cómo no recordar aquella edición de Sudamericana de tapas negras y letras amarillas, con la rayuela dibujada en blanco, de un formato pequeño que cabía en la mano, fácilmente llevable a cualquier parte. Y aquí se impone hablar de algo sin lo cual este libro no hubiera llegado a tener el efecto extraliterario que tuvo: sus lectores.

Rayuela generó adictos y un modo de vivir. Las mujeres querían ser impredecibles magas y los hombres desesperados Horacios Oliveira. Se puso de moda el jazz ("me gusta el jazz antes de Cortázar", tenían que aclarar fastidiados los jazzmen de entonces) e irse a vivir a París a una buhardilla. Y no faltaba el que hacía el tour completo, que empezaba sagradamente en la rue de Seine, buscando el arco que da al Quai de Conti, al Pont des Arts, donde, por supuesto, no estaba ninguna maga con su delgada cintura inclinada sobre el río, esperando un encuentro casual. Se hacían reuniones con vino barato, en las que con devoción se escuchaba el disco de Cortázar leyendo -en su voz íntima- la muy triste carta a Rocamadour. Y, como en toda religión verdadera, no faltaron los apóstatas que una noche, en un arranque parricida, terminaron quemando un ejemplar de Rayuela.

"Escríbeme una Rayuela, yo quiero es una Rayuela", le exigió la esposa a un sorprendido José Donoso quien, después de siete años de padecimientos, acababa de terminar, al fin, El obsceno pájaro de la noche, su obra maestra. Hubo imitaciones nefastas: apretar la pasta dental desde la mitad (para no ser convencional), o tontas: hablar en guiglico con la pareja. Pero también otras más afortunadas: conquistar una mujer (no fallaba) leyéndole el inefable capítulo siete: "Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca...".

Contemplada desde ahora, esta 'rayuelatría', puede resultar un tanto ridícula. Sin embargo eso era lo que propiciaba Cortázar: lectores cómplices que más que 'entender' o 'disfrutar', vivieran sus libros. Y los jóvenes le respondieron: vieron en él a alguien que no buscaba darles consejos, que les proponía preguntas que cada cual debía responder por sí mismo. Se dice que Rayuela ha envejecido mucho, que de Cortázar sólo quedarán sus cuentos. Poco importa. El nunca pretendió la inmortalidad sino ser "un compañero de ruta" mientras llegaban otros autores. Y cumplió: Rayuela fue una feliz compañía para aquellos tiempos difíciles.
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