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| 1/16/2005 12:00:00 AM

Realismo fantástico

En la última semana de 2004 se cumplieron 100 años del nacimiento de Alejo Carpentier, el escritor cubano que descubrió lo 'real maravilloso' y precursor del 'boom'.

LA GRANdeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y Tareas, hermoso dentro de la miseria, capaz de amar en medio de plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este mundo". Esta es una de las ideas esenciales del pensamiento de Alejo Carpentier, plasmada en su novela de 1949 El reino de este mundo, inspirada en la revolución haitiana y el tirano del siglo XIX Henri Christophe. Carpentier, galardonado con el Premio Cervantes 1978, nació en La Habana el 26 de diciembre de 1904 en un hogar de clase acomodada. Era hijo de un arquitecto francés que había estudiado violonchelo con Pablo Casals, y que se había mudado a Cuba en 1902 tras enemistarse con su familia y aborreciendo a su país por causa de la injusticia cometida contra el oficial judío Alfred Dreyfus, del ejército francés, que fue condenado por traición en 1894. Su madre, una pianista de ascendencia rusa, de refinada educación francesa, era maestra de profesión. Su cuento Viaje a la semilla es el resultado de su infancia y adolescencia felices en una finca en las afueras de La Habana: "Algunas de mis ideas actuales, de mis puntos de vista filosóficos o políticos deben mucho a esos años de vida en común con los hombres del campo, que podían ser analfabetos, pero que me enseñaron algunas de las cosas esenciales de la vida: el respeto de ciertos valores humanos y una visión algo maniqueísta de lo que es el bien y de lo que es mal". Desde pequeño, Carpentier, en parte por una dolencia asmática, se aficionó a la lectura en la biblioteca de su padre: Julio Verne, Salgari, Balzac, Zola, Flaubert y, sobre todo, la literatura española, que era la pasión de su progenitor. A la edad de 11 años, Alejo Carpentier comenzó a escribir sus primeras historias. Entusiasmado por el realismo de Flaubert y por el naturalismo del portugués José María Eça de Queiroz, produjo una breve obra ambientada en el Jerusalén de la época de Pilatos. En 1916, debido a que su familia viajó a París, se matriculó en el liceo Jeanson de Sailly, y empezó a estudiar teoría musical. Cinco años más tarde regresó a su patria e ingresó a la Universidad de La Habana para estudiar arquitectura, pero no acabó la carrera. Y, pese a haber compuesto ya algunas obras, también abandonó los estudios de música. "Tenía la impresión de que no servía para nada. Ahora pienso que no estaba muy dotado para la composición. Al fin comprendí que el resultado no era óptimo y que mi verdadera vocación era la literatura. Fue cuando empecé a escribir en serio". Y, desde que se publicaron sus primeros artículos en el diario La Discusión, se hizo evidente su matrimonio indisoluble con el periodismo. Esa "maravillosa escuela de flexibilidad, de rapidez, de enfoque concreto, y todo buen periodista debe manejar el adjetivo con un virtuosismo que a veces no tiene el novelista detenido sobre sus cuartillas. Y sin estos contactos no creo que pueda hacerse en este siglo novela válida ni duradera". Decía que ese trabajo había sido provechoso para su carrera "en la medida en que es útil todo oficio que se elige; pero sobre todo resultó vital para mí en aquel momento porque me pagaban, y mi situación económica no era particularmente boyante". Entre 1923 y 1924 formó parte del llamado Grupo Minorista, cuyos jóvenes miembros, al darse cuenta de que no tenía gracia inspirarse en las nuevas tendencias que venían de Europa, optaron por volcarse hacia la valorización de lo nacional y a trabajar con base en la realidad cubana. En aquel entonces, dado que la cultura negra del Caribe era menospreciada, Carpentier, junto con su amigo el compositor Amadeo Roldán, se esforzó por apoyar y exaltar los ritmos afrocubanos. Esta labor no fue fácil y fue muy criticada, a tal punto que un oficial del ejército retó a duelo a Carpentier. Por fortuna, y gracias a que los padrinos de Carpentier le hicieron ver al militar que la desigualdad de condiciones era enorme, el episodio no tuvo desarrollo. Su viaje a México de 1926 le permitió trabar amistad con el pintor Diego Rivera, defensor a ultranza del arte proletario y autor de murales en los que trató temas como la vida, la historia y los problemas sociales de su patria. En 1927, debido a sus actividades izquierdistas contra la dictadura del general Gerardo Machado, estuvo en la cárcel, en donde comenzó su novela Ecué-Yamba-O. Gracias a la ayuda del poeta Robert Desnos pudo exiliarse en París. Respecto a su experiencia surrealista, comentaría que ésta le había encendido la chispa: "Vi cómo mucha gente andaba buscando lo maravilloso en lo cotidiano, fabricándolo cuando no lo encontraba, en tanto que nosotros teníamos lo fortuito, lo insospechado, lo insólito, lo maravilloso latinoamericano en estado bruto, al alcance de la mano, listo para ser usado en arte, en literatura". Regresó a Cuba en 1939 y luego se estableció en Caracas. De su navegación por el Orinoco nació la novela Los pasos perdidos (1953). En ese entonces, al descubrir que la realidad supera a la fantasía, nació su teoría de lo 'real maravilloso', fundamentado en aspectos particulares de la realidad latinoamericana, como la naturaleza, la gente y sus pensamientos, su cultura, su religión y sus símbolos. Lo real maravilloso es una categoría estética en la que intervienen el tema social, el histórico y el cultural. Carpentier pretendía destacar la originalidad de América Latina por medio de su lenguaje exuberante, colorista y majestuoso, en el que incorporó las dimensiones de la imaginación -sueños, mitos, magia y religión- para mostrar su idea de la realidad, y, respecto a su estilo, escribió: "Ni la grave, taciturna, contemplativa herencia india; ni la mágica y dionisíaca herencia negra; ni la dramática, religiosa, inconformista herencia española son de las que propician un clasicismo. Nuestra vida actual está situada bajo signos de simbiosis, de amalgamas, de transmutaciones. El academicismo es característico de las épocas asentadas, plenas de sí mismas, seguras de sí mismas. El barroco, en cambio, se manifiesta donde hay transformación, mutación, innovación; el espíritu criollo de por sí es un espíritu barroco". Tras el triunfo de la revolución cubana, Carpentier regresó a La Habana y se unió a ella. En 1962 publicó El siglo de las luces, basada en la idea de relatar el tema de la Revolución Francesa a millares de kilómetros de Francia y su influencia en la independencia de todas las repúblicas americanas. El 24 de abril de 1980 Carpentier falleció en París, donde era embajador de Cuba.
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