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| 5/5/2007 12:00:00 AM

Recuerdos del historiador

Después de haber dedicado 70 años de su vida a escribir sobre Colombia, Jaime Jaramillo Uribe publica sus ‘Memorias intelectuales’, un diario de su vida, pero también de la historia reciente de Colombia.

Pocas personas han influido tanto en el desarrollo de la investigación académica en Colombia como Jaime Jaramillo Uribe. Pero cuando se lee su libro Memorias intelectuales, parece como si el profesor Uribe, considerado como el creador de la nueva historia de Colombia, no hubiera hecho ningún aporte y, por el contrario, estuviera agradecido con media humanidad. En él refleja la naturaleza de los verdaderos sabios. Modesto y hasta parco para hablar de sus logros, generoso en extremo para referirse a sus colegas, a sus amigos, a su familia.

Es imposible sintetizar en pocas líneas la hoja de vida de Jaime Jaramillo. Licenciado en Ciencias Económicas y Sociales en la Escuela Normal Superior (1941). Entre 1946 y 1947 se especializó en sociología e historia en la Universidad de la Sorbona. A su regreso comenzó a dictar clases en la recién fundada Universidad de Los Andes. En 1952 se vinculó a la Universidad Nacional de Colombia, donde se pensionó en 1969. Allí formó a varios de los grandes historiadores colombianos contemporáneos, entre ellos Germán Colmenares, Jorge Orlando Melo, Margarita González, Hermes Tovar y Jorge Palacios Preciado. Entre 1955 y 1957 fue profesor visitante en la Universidad de Hamburgo, donde terminó de investigar y escribir su libro ya clásico El pensamiento colombiano en el siglo XlX .

De 1970 a 1974 fue decano de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes, universidad ala que sigue vinculado. Profesor visitante en las Universidades de Vanderbilt, Oxford, Londres y Sevilla, embajador de Colombia en la República Federal de Alemania (1977-1979) y director del Centro Regional para el fomento del Libro en América Latina y el Caribe entre 1980 y 1985. Ha publicado, entre otros, los libros Ensayos de historia social colombiana (dos tomos) y La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos (Bogotá, 1977). Fue director científico del Manual de Historia de Colombia (tres tomos, 1978, 1979, 1980); colaboró en la Historia Económica de Colombia (1987) y en la Nueva Historia de Colombia (1989), obras colectivas que consolidaron de manera definitiva la labor que Jaramillo había iniciado décadas atrás.

La idea de Memorias intelectuales nació cuando su hijo Lorenzo (el gran pintor que murió en 1992) puso debajo del libro de su escritorio una cita del escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el autor de El gatopardo, en la que señala la importancia de que la gente común deje su testimonio. “¡Soñad lo que sería el diario de una cortesana parisiense durante la Regencia o los recuerdos de una ayuda de cámara de Byron durante el período veneciano!”.
En 2002 comenzó la tarea en su máquina de escribir Olivetti. Se demoró casi cinco años en terminar el texto. Cinco años atravesados por la muerte de su esposa, Yolanda Mora, en 2005, a quien le dedicó el libro: “En recuerdo de Yolanda Mora Ortiz, mi esposa, que tanta presencia tiene en estas memorias”.

El libro cuenta su infancia en Pereira, describe su paso por distintos centros académicos en Bogotá y fuera del país, su labor diplomática y su gusto por los viajes. Pero también es un agudo retrato de la historia de Colombia desde el advenimiento de la República Liberal y una reflexión acerca de la educación superior en Colombia, en particular de sus vivencias en la Escuela Normal Superior, donde estudió y conoció a gran parte de sus maestros, la Universidad Nacional y la Universidad de Los Andes. De cómo se convirtió, paso a paso, en “un buen liberal”, como él mismo se define. No en el sentido partidista, sino en el filosófico.
 
Esto lo ratifica su hija Rosario, actriz y maestra de artes escénicas. “Él es muy respetuoso y tolerante de las ideas de los demás. Opina pero nunca imponía sus puntos de vista. Gracias a ello Lorenzo y yo crecimos muy libres”. Desde cuando se casó con la antropóloga Yolanda Mora en 1952, compartió con ella su afición por el arte, la literatura y la gastronomía.

Rosario sostiene que su padre siempre ha sido un gran observador. En el libro (así como en la charla informal que sostuvo con SEMANA) se refiere con gran precisión a los personajes, a los detalles arquitectónicos de los edificios, a las direcciones de la Bogotá de los años 30 y 40.

Sobrio y elegante, con su vestido de paño de tres piezas, la pipa casi siempre en la boca y sus grandes patillas blancas, Jaramillo recuerda a esos personajes irlandeses de finales del siglo XIX.

Jaramillo nació en Abejorral, Antioquia, en 1917, pero antes de cumplir dos años su familia se estableció en Pereira, así que él mismo se considera pereirano o, para ser más exactos, de Otún, el nombre con el que denomina a su ciudad y el paisaje circundante de montañas, cafetales y, en el horizonte lejano, el Valle del Cauca.

Un paisaje que todavía añora y al que pudo volver hace unas semanas, en las pasadas vacaciones de Semana Santa.
Debido a las estreches de su familia, allí tuvo que dedicarse al rebusque. Para pagar sus estudios de secundaria ofició de monaguillo y trabajó como empleado en almacenes. Trabajos que le permitieron desarrollar su afición por la lectura en los ratos muertos.

Terminó su bachillerato en Bogotá (“allí pasé del pantalón corto al pantalón largo, lo que los antropólogos llaman un rito de iniciación”) en la Escuela Normal de Varones y de allí pasó a la Escuela Normal Superior, donde comenzó a labrar su currículo académico.

Una infancia que marcó su personalidad. Humilde y respetuosa, pero con la determinación necesaria para enfrentar un ambiente polarizado y sectores retardatarios que lo acusaban de conspirador comunista por su tendencia a entender la historia desde la economía y los movimientos sociales.

Jaime Jaramillo conserva intacta su lucidez. A pesar de la muerte de su hijo y de su esposa, sigue con el ánimo muy en alto. Todas las mañanas le dedica media hora a la gimnasia. De lunes a viernes, a las 11 de la mañana, se va a la Universidad de Los Andes, donde ya no es profesor, pero tiene una pequeña oficina donde se dedica más que todo a leer. Allá almuerza con sus amigos profesores, atiende consultas de los alumnos, y a las cinco de la tarde regresa a su apartamento en el Antiguo Country. Como señala Hugo Ávila, su yerno, “sin la Universidad se muere. Él necesita respirar el aire del campus”.

Los sábados, de 11 a 1 de la tarde, asiste a una tertulia en un café de la carrera 15 con 88, donde se reúne con Nicolás Suescún, Rogelio Echavarría y Rubén Sierra. “Allí aprovecha y se toma sus dos cervezas”, señala Ávila.

Cada mes Jaramillo, Rosario y Hugo viajan a un hotel en Girardot porque aún añora la tierra caliente y le encanta el viaje por carretera, mirar el paisaje. El paisaje de un país que él comenzó a mirar de manera distinta, que ha descrito con maestría en sus trabajos y, sobre todo, que tiene una deuda inmensa con su trabajo de investigador y académico, pero también con su ejemplo de tolerancia para escuchar opipiones divergentes, y firmeza para decir las cosas por su nombre.
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