Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2008/11/29 00:00

Red de mentiras

Scott, DiCaprio y Crowe se reúnen para crear otra desanimada película de espías que le apunta al realismo. ** (regular)

El agente especial de la CIA Roger Ferris (Leonardo DiCaprio) sigue las indicaciones del cínico investigador Ed Hoffman (Russell Crowe) para capturar a un reconocido terrorista del Oriente Medio

Título original: Body of Lies.

Año de estreno: 2008.

Actores: Leonardo DiCaprio, Russell Crowe, Mark Strong, Golshifteh Farahani, Alon Aboutboul.

Desconcierta. Aburre. Y al final no deja nada. Se puede reconocer que Leonardo DiCaprio, no obstante no le han escrito ni una sola línea interesante para pronunciar, encarna sin problemas a un agente especial de la CIA llamado Roger Ferris. Se puede admitir que Russell Crowe, a pesar de la peluca de segunda que le han puesto, interpreta como un profesional al investigador Ed Hoffman. Y se puede aceptar que el cineasta Ridley Scott, autor de Blade Runner, Thelma y Louise y Gladiador, ha dirigido otra correcta puesta en escena de otro relato interesante sobre hombres solitarios. Adjetivos tan vagos como 'profesional', 'correcta' e 'interesante' aparecen en la mente cuando se piensa en Red de mentiras, sí. Y es grave porque, con semejante equipo de filmación, tendríamos que estar diciendo que se trata de un gran largometraje. Y no, no lo es.

Sucede en ese mundo realista, desencantado y consciente de que la política mundial se ha vuelto otra parte del negocio, en el que suceden películas recientes como Syriana, El sospechoso o En el valle de las sombras. Al tal agente Ferris, un hombre joven que se conoce el Medio Oriente de memoria y todavía está a tiempo de recobrar los escrúpulos, le ha sido encomendada la búsqueda de un reconocido terrorista llamado Al Salim. Ha viajado a Jordania, a Amán, para reestablecer la cooperación con el departamento de inteligencia de ese lugar. Su misión no es nada fácil porque los soldados del terrorismo han aprendido la lección de no comunicarse por medios que se puedan interceptar: se han acostumbrado, de nuevo, a planear las cosas cara a cara. Para cuidarse la espalda tiene, sin embargo, los consejos, las informaciones de última hora y las cámaras satelitales del investigador Hoffman.

Suena interesante. Pero no lo es. Porque al final, después de fingir ese cinismo que se gana con la lectura juiciosa de los diarios, resulta tan esquemática, tan tramposa, tan deshumanizadora como una mala película de James Bond. Porque, cuando llega a algo semejante a un clímax, cae en confusos discursos políticos. Porque su guión, redactado por nadie menos que el William Monahan que escribió Los infiltrados, desaprovecha de manera increíble los pocos gestos humanos que sugiere. Porque el espectador vuelve a la casa con poquísimas secuencias en la memoria. Porque los dos personajes principales no sólo son un par de seres despreciables, sino una pareja de héroes borrosos sin personalidades ni talentos a la vista.

Conclusión: el cine de Ridley Scott pasa por una etapa de películas "profesionales", "correctas" e "interesantes" (o sea de películas flojas: las últimas son Cruzada, Un buen año y Gángster americano) que sólo tienen en común con sus mejores obras un protagonista que se enfrenta en solitario al estado de las cosas. De resto parecen, como Red de mentiras, olvidables producciones por encargo.
 

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