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| 7/18/2015 10:00:00 PM

Rehabilitación de Lucrecia Borgia

Una biografía novelada de la controvertida hija ilegítima del papa Alejandro VI, escrita por el dramaturgo y premio nobel de Literatura Dario Fo.

Dario Fo
Lucrecia Borgia, la hija del papa
Siruela, 2014
242 páginas


Aparte de Cleopatra, creo que no existe otra mujer en la historia tan calumniada como Lucrecia Borgia. Para empezar, la acusan de haber sido amante, entre otros, de su padre, el pontífice Alejandro VI; de su hermano, el cardenal César Borgia; de su concuñado, Francisco Gonzaga, duque de Mantua, y de Perotto, un lacayo de su familia con el cual –dicen– tuvo un hijo ilegítimo. Incestuosa, lasciva, envenenadora –hasta de su propio padre– y cómplice de las intrigas políticas y criminales de la casa Borgia. Toda una malvada y hermosa heroína del Renacimiento. Aunque su misma belleza está en duda: no es seguro que ella sea la mujer que aparece en el fresco de Pinturicchio ni en el cuadro de Bartolomeo Veneto, sus únicos retratos conocidos. Pero los mitos se alimentan de imprecisiones y de zonas oscuras. Y en 500 años de libros, biografías, películas y series de televisión ha calado hondamente el prejuicio: Lucrecia Borgia, bella y perversa, la hija ilegítima de un papa, con un anillo hueco, se dispone a sacar el veneno durante la cena.

Dice Dario Fo: “Me desagrada profundamente esa historia de que envenenaba amantes y tenía relaciones íntimas con el hermano y el padre. Son infamias. La especulación se inició ya en el siglo XVI: algunos escritores recogieron historias griegas y romanas y sobre ellas hicieron una fotocopia de Lucrecia, llevando la obscenidad y sexualidad a sus extremos”. Y la indignación fue mayúscula: hizo que Dario Fo, un dramaturgo de 88 años –premio nobel de Literatura en 1997– se arriesgara a escribir su primera novela para reivindicar la figura de Lucrecia. Dario Fo reconoce que los Borgia fueron despiadados, que César fue un criminal que asesinó a su propio hermano solo porque le producía fastidio, pero le parece que no a todos los miembros de esa familia se les puede medir por el mismo rasero: “La actitud de Lucrecia es de gran dolor y desesperación por las infamias que han cometido en algunos momentos su padre y su hermano César”.

Lucrecia, como un objeto de intercambio en el camino de las ambiciones de su padre y de su hermano, es el primer acercamiento novedoso al cual nos enfrenta esta novela histórica. Atrapada en las redes del poder familiar, no tiene otra opción que aceptar los casamientos y divorcios fríamente dispuestos por ellos al vaivén de la coyuntura política. Debe casarse con Giovanni Sforza cuando se necesita una alianza con Pesaro, con Alfonso de Aragón si César aspira al reino de Nápoles. Ser tratada como una moneda de cambio no significa que Lucrecia acepte pasivamente su destino. Hastiada de las manipulaciones, recrimina al padre duramente y logra que este admita su culpa y su permisividad ante la conducta del inescrupuloso César: “Yo, a mi vez me llamo culpable, desde luego, y he sufrido terriblemente por ello. Te lo confieso, he llegado a eliminar de mi vida a César. Sin embargo, me dije a mí mismo, si abandono a su suerte a ese hijo mío tan insensato acabaría por caer en otros crímenes todavía más horribles que lo conducirían a la perdición absoluta”.

Más allá de la confesión, consigue que su padre la apoye en la elección de un matrimonio consentido –con Alfonso de Este– y en un lugar deseado por ella: Ferrara. Allí florecerá lo mejor de su personalidad: la valentía, la generosidad, la lealtad, la pasión y la inteligencia. El gran legado de Lucrecia Borgia es un banco para los damnificados de las guerras y una orden religiosa basada en las obras, no en los rezos. Algo menos taquillero. Pero no fue ninguna santa, tuvo un amante: Pietro Bembo. Y tampoco encontró el reino feliz: “Me parece estar de regreso a Roma. Pensé que me había dejado atrás el clima de crímenes, conspiraciones y traiciones, que había encontrado por fin un lugar iluminado y civilizado; en cambio, descubro que los hombres pueden ser inhumanos en todas partes”.

Más que una novela histórica, se trata una biografía novelada en la que sobresalen los diálogos –y bueno, Dario Fo es un estupendo autor teatral– y el rigor investigativo. Lucrecia Borgia: a barajar y a repartir de nuevo.
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