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| 12/24/1990 12:00:00 AM

¿Renovar o reciclar?

Según las últimas teorías, el desarrollo urbano debería mirar más hacia Europa que hacia Estados Unidos.

En la oleada actual de aperturas, privatizaciones y medidas tendientes a favorecer la expansión de la empresa privada, el destino de la ciudad colombiana promete alcanzar algo cercano a la desolación y la ruina. La ciudad ya ha sido manejada durante largo tiempo por la empresa particular en una acción capitaneada por las corporaciones financieras, ejecutada por las firmas urbanizadoras y constructoras y administrada por el gremio inmobiliario, libres de restricciones, excepto las cada vez más debilitadas normas de planeación. Ese manejo y esa acción muestran un porcentaje peligrosamente significativo de actos de irresponsabilidad y de abuso tanto de la ciudad como del ciudadano. El resultado es un deterioro progresivo del espacio urbano, de la vivienda y en general de la calidad de vida en las ciudades. El estímulo que se avecina es entonces más una amenaza que una promesa de bienestar.
Las estrategias actuales de desarrollo urbano en Colombia se basan en dos formas de acción simultáneas y complementarias. Una de ellas es la demolición de edificaciones en sectores existentes y consolidados para ser sustituidas por otras nuevas que buscan una mayor densificación del espacio, la cual se incrementa periódicamente sin tener un límite previsto o previsible. La otra es la construcción de la periferia de la ciudad en urbanizaciones de baja densidad que devoran tierras agrícolas y que obligan a extender periódicamente el perímetro urbano y las redes de servicios. Todo ello sin un propósito claramente definido de alcanzar una estructura física adecuada y una calidad de vida aceptable en la ciudad.
Desde hace algunos años, pero sobre todo recientemente, se escucha la palabra "reciclaje" con referencia a una tercera alternativa de desarrollo urbano, que representa la reutilización al máximo de las estructuras existentes, residenciales, comerciales e industriales, dando nueva vida a sectores que por una razón u otra son susceptibles de caer en desuso o deterioro. Esta modalidad es de uso extendido en Europa, donde el valor de los centros históricos y su protección por parte del Estado han permitido desarrollar diversas estrategias, técnicas e incluso estéticas del reciclaje. No es favorita en los Estados Unidos, donde se aplica en algunos pocos sectores importantes de algunas ciudades y donde se prefieren las acciones que en Colombia se siguen con devoción: demolición y desarrollo periférico.
Reciclar es una estrategia interesante. El Programa de Subdivisión de Vivienda que ha impulsado el Banco Central Hipotecario en los últimos tres años ha sido hasta ahora el intento más serio por dar a esta modalidad una base financiera y, salvo las incontables barreras administrativas y de papeleos, ha sido un programa exitoso a una escala todavía moderada. En otros niveles ya se han realizado muchos reciclajes importantes, como el de los edificios de la antigua fábrica de Bavaria en Bogotá y los centros comerciales de Villanueva y Almacentro en Medellín, localizados en un antiguo seminario y en una antigua fábrica, respectivamente. Se anuncian muchos más, lo cual despierta interés e incluso algo de optimismo. Pero no se percibe una política clara del Estado en relación con una opción que permite densificar y reutilizar sectores urbanos sin destruir sus calidades ambientales y arquitectónicas.
Es usual que las mejores soluciones no sean siempre las que se aplican a los problemas nacionales. Median en el juicio de escogencia los intereses que un gobierno maneja y representa. Sin embargo, no sobra poner en conocimiento del ciudadano que la destrucción de la ciudad no es necesaria y que el progreso se puede alcanzar de maneras menos perjudiciales. El reciclaje es una de ellas y con su aplicación se puede alcanzar una ciudad menos magullada por los golpes del dinero.
Alberto Saldarriaga Roa.-
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