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| 7/25/2009 12:00:00 AM

Réquiem por un maestro

El pasado 19 de julio falleció el autor norteamericano-irlandés Frank McCourt, cuyas descripciones de su infancia miserable conmovieron al mundo.

En 1997, a los 66 años, Frank McCourt ganó el premio Pulitzer con Las cenizas de Ángela, un libro conmovedor y duro sobre su infancia en la Irlanda de los años 30. Hasta entonces era un desconocido.

McCourt había comenzado a escribir esa novela en 1970 cuando era profesor de secundaria en Nueva York. En ese entonces, no había podido componer sino 150 páginas debido a la pesada carga de dictar clases todos los días de 8 de la mañana a 3 de la tarde, además de corregir y preparar lecciones. La verdad, sin embargo, es que esa novela no encontraba el tono: un tono decididamente personal que sólo hizo público después de que su madre falleció en 1990. La historia de esa familia pobre en Limerick, Irlanda, pronto se convirtió en un fenómeno literario, luego en un best-seller, y, finalmente, en un premio que han ganado escritores consagrados. El hombre, ya de edad, que caminaba lento y que buscó desde entonces componer novelas con sus propios recuerdos, murió el pasado domingo 19 de julio, en su casa de Nueva York, después de padecer meningitis.

Siempre dijo que sus novelas le pertenecían a Nueva York, la ciudad en donde nació en 1930, en donde vivió hasta los 9 años para luego migrar hacia Irlanda, país en donde se sitúa la premiada Las cenizas de Ángela, luego llevada al cine por Alan Parker. A los 19 años McCourt regresó a la capital del mundo. Y ese periplo se encuentra en Ajá, sí lo es, un testimonio de su regreso a Nueva York tras su penosa experiencia en Irlanda.

A los 27 años, luego de haber trabajado como estibador y ayudante de cocina, consiguió una licenciatura en inglés y decidió hacerse maestro en el instituto McKee de Brooklyn. Y así, durante 40 años McCourt pasó su vida en institutos para adolescentes, para adultos, para extranjeros, como reemplazo ocasional, hasta conseguir un puesto en el Instituto Stuyvesant, algo así como el Harvard de las secundarias neoyorquinas.

Esa experiencia, consignada de manera magistral en El Profesor, su penúltimo libro publicado, es todo un tratado sobre la educación. Durante esos 40 años McCourt se valió del viejo oficio de contar historias para comenzar sus clases de inglés. Cuando lograba captar la atención de sus estudiantes comenzaba a hablar de gramática y de sintaxis. Tras aguantar el desánimo de miles de adolescentes, llegar a casa con 100 hojas escritas a medias, con faltas de ortografía, McCourt aprendió la sencillez de admitir que no todo el mundo tiene por qué prestar atención y que cientos de padres exigirían y gritarían aquello que consideran debe ser la educación: "Le pregunto a mi hijo qué aprendió en el colegio y me viene con cuentos de Irlanda y de su llegada a Nueva York. Cuentos, cuentos, cuentos. ¿Sabe lo que es usted? Un fraude, un maldito fraude. Y lo digo con las mejores intenciones, trato de colaborar", es lo que dice uno de esos padres.

En 2007 McCourt publicó su último libro, Ángela y el niño Jesús, con el que no alcanzó el éxito de sus anteriores publicaciones. Ese hombre que escribió sobre la pobreza como un asunto personal, que padeció el alcoholismo de su padre y que jamás se consideró un escritor profesional, sino alguien que escribía con el corazón, falleció en un asilo de ancianos en esa ciudad en la cual millones de inmigrantes como sus padres soñaron con un mundo mejor.
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