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| 12/13/2016 8:35:00 AM

La niña alemana: el libro que rescata un episodio olvidado del Holocausto

A través de la historia de dos niñas separadas por varias generaciones, el periodista Armando Lucas Correa recuerda la tragedia de más de 900 judíos que huyeron de Alemania en un trasatlántico con destino a Cuba.

El 13 de mayo de 1939 cerca de 900 alemanes  abordaron el trasatlántico Saint Louis en el puerto de Hamburgo con destino a La Habana, Cuba. No era un viaje feliz. Ninguno de ellos iba de vacaciones y aunque a muchos los habían obligado a comprar el pasaje de regreso, no tenían permitido volver a pisar Alemania. En realidad ninguno de ellos quería hacerlo: todos eran refugiados y en ese país, que alguna vez habían llamado hogar, venían sufriendo en carne propia el desprecio, la discriminación y el racismo solo por ser judíos o tener antepasados de sangre judía.

El barco cumplió con su itinerario, pero cuando llegó a La Habana, el gobierno cubano les prohibió bajar. A pesar de que todos tenían los papeles en regla y habían pagado por sus permisos de entrada, solo 22 refugiados pudieron quedarse en la isla. El resto tuvo que vivir un humillante periplo que los llevó a ser rechazados en Estados Unidos y Canadá. Al final, cuando ya volvían a Alemania y muchos amenazaban con suicidarse, Holanda les abrió las puertas y algunos países de Europa los recibieron. Pero la dicha no fue completa: cuando Hitler invadió Europa, muchos cayeron en los campos de concentración y murieron en las cámaras de gas.

Esa historia real es la base sobre la que está construida La niña alemana, la primera novela del periodista cubanoamericano Armando Lucas Correa, reconocido por ser el jefe de redacción de la Revista People en español.  “Este es un capítulo muy desconocido de la historia aquí en Estados Unidos y en Cuba, en donde los documentos relacionados desaparecieron del Archivo Nacional. Pero yo crecí escuchando esa historia porque cuando tenía ocho o diez años, mi abuela –hija de inmigrantes españoles que llegaron a la isla a comienzos del siglo XX– me la contó y me dijo que Cuba iba a pagar durante los próximos 100 años lo que les había hecho a los judíos”, le contó el escritor a Semana.

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La protagonista de la novela es Hannah, una niña de 12 años que hace parte de una de las familias judías más distinguidas de Berlín antes de la llegada de los Nazis al poder. Ella vive en carne propia la caída en desgracia de su familia y desde su ojo infantil –pero no tan inocente– toma forma la discriminación y el racismo comunes en aquella época. La otra protagonista es Anna, una niña de la misma edad que vive en Nueva York en el año 2014. Perdió a su padre en los atentados del 11 de septiembre y su única conexión con él es una familiar lejana que se llama igual que ella y que vive en Cuba, a donde llegó desde Alemania hace muchos años.

“En realidad la novela nació como la historia de una niña en Nueva York que quiere entender quién era su padre, fallecido en las torres gemelas. Y con el tiempo decidí unirla con la que siempre habría querido escribir del St. Louis. Fui armando un paralelo de dos niñas que estaban relacionadas, pero separadas en el tiempo y que físicamente eran iguales.  La historia se va moviendo de un lado al otro”, cuenta Correa.

Aunque las dos historias centrales son producto de la ficción, Correa se tomó el trabajo de investigar a fondo el incidente del trasatlántico y todo lo relacionado con la vida en Alemania y en Cuba durante los años en los que transcurre la historia.  Tuvo acceso a más de 1.200 documentos originales del St. Louis gracias al Museo del Holocausto en Washington DC, se leyó todos los estudios sobre el tema (algunos escritos incluso en idiomas que no maneja), consiguió los menús originales que ofrecieron en el barco durante los días que duró el viaje, investigó sobre los perfumes y las marcas que usaba la alta burguesía judeo-alemana, vio cómo eran los tapices y los diseños más comunes en esa época, compró artefactos que se usaban entonces y se hizo a una versión del diario del capitán del barco, publicado en 1949.

“No quise hablar con ningún sobreviviente y no viaje a los lugares que describo hasta después de entregar los manuscritos de la novela en marzo de 2015, porque quería que fuera una especie de cuento de hadas desde la voz de las dos niñas, y sabía que si me ponía a hablar con los sobrevivientes no iba a acabar nunca porque iba a encontrar historias mucho más dramáticas”, cuenta.  Pero luego de terminar el libro sí habló con varios de ellos e incluso descubrió que la mamá de una de sus amigas mexicanas había estado en el barco y años después había sobrevivido a los campos de concentración en Holanda.

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Una vez terminó de escribir, además, decidió viajar a Alemania, visitar Berlín y tomar un barco en el que realizó el mismo recorrido que intento el St. Louis.  “También fui a Cuba, luego de muchos años, en el primer grupo de editores y periodistas que viajaron a la isla luego de la reapertura de relaciones que ordenó Obama y pude ir al punto del puerto desde donde los pasajeros del barco vieron la isla. Fue parte de mi obsesión. Estaba como cuando uno lee un libro y visita los lugares que lee en el libro”.

Los horrores que no se pueden volver a repetir

La novela tiene tres partes definidas. En la primera se narra en paralelo la historia de Hannah en el Berlín de finales de los años treinta antes de viajar en el barco y de Anna en la Nueva York actual descubriendo que su papá muerto tiene una familiar en Cuba. La segunda es un diario del viaje en el trasatlántico –que incluye cables y titulares de periódicos reales– y la tercera retoma las historias en paralelo de Hannah creciendo en una tierra lejos de Alemania y de Anna conociendo la historia de su tía abuela.

Esa última fue la que más trabajo le costó a Correa. “Para mí Cuba es una realidad, pero yo quería que la isla se viera a través de los ojos de una niña judeo-alemana que la ve como algo irreal. Lo que para mí era cotidiano tenía que ser asombroso para ella. Eso me costó mucho trabajo, pero al mismo tiempo me divirtió”, recuerda.  

La decisión de utilizar a protagonistas niñas fue para revelar el horror desde el punto de vista infantil. Por eso, además, decidió quitar todas las referencias directas a Hitler, a la esvástica y a la palabra judío, aunque quienes saben de historia podrán identificar la época y los antagonistas.

“Quería que la historia se moviera en un ambiente de discriminación, de rechazo al diferente, del odio y el miedo a los que no son iguales”, cuenta. Un ambiente que se está empezando a vivir nuevamente en el mundo, aunque con mucha menor intensidad que entonces. El triunfo del ‘Brexit’ en el Reino Unido, de Trump en Estados Unidos y el fortalecimiento de movimientos nacionalistas que critican y estigmatizan a los refugiados en Europa son el síntoma de que las cosas no están bien.

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Por eso, Correa no ha terminado con el tema del St. Louis. Desde ya está preparando dos novelas nuevas que hablarán sobre el viaje. La primera es El silencio entre nosotros, que tratará sobre los pasajeros del barco que no fueron aceptados en La Habana y que terminaron en Francia, en donde luego volvieron a enfrentar la pesadilla de la que habían huido. Y la tercera, que aún no tiene un título definido, hablará sobre los pasajeros que no pudieron subirse al barco y que tuvieron que sufrir el holocausto en Alemania.  “Como me dijo una de las sobrevivientes: la historia es cíclica, aunque a veces se vive con intensidades y perspectivas diferentes”.

El libro actual, que en Colombia publica Ediciones B, se puede conseguir desde hace un mes en cualquier librería del país.

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