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| 7/8/2017 10:15:00 PM

Bach a la catedral

Con una serie de conciertos gratuitos de intérpretes internacionales que tocan la música del compositor alemán, se celebra la restauración del órgano de la Catedral Primada de Bogotá.

Es un hecho. La vida musical en Bogotá ha dado un giro radical en los últimos años por la aparición del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, que viene presentando orquestas de la talla de la Filarmónica de Viena o la Simón Bolívar de Venezuela; directores como Zubin Mehta, Kent Nagano, Gustavo Dudamel, Daniel Barenboim o Valery Gergiev, y grandes estrellas que van de Renée Fleming a Anna Netrebko. Casi se puede elaborar la lista de los pendientes por actuar allí: las Filarmónicas de Berlín o Nueva York, el director Simon Rattle, el tenor Jonas Kaufmann. Eso, sin demeritarlo desde luego, tiene explicación: el halo de las grandes estrellas moviliza al público y el Mayor siempre alza el telón con lleno hasta la bandera.

Pero ese fenómeno ya no es único: que la obra completa para órgano de Johann Sebastian Bach (1685-1750) convoque miles de espectadores en la puerta de la Catedral Primada de Bogotá y que genere cuadras de cola con horas de antelación es algo, francamente, sin antecedentes.

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Claro, hay que tener en cuenta que se trata del más grande compositor de todos los tiempos, también el más complejo de todos. Su obra para órgano es la que proporciona la clave para entender su trascendencia histórica. Por una parte lleva el arte del contrapunto a su máxima expresión, resume en sí la tradición musical germánica, italiana y francesa y revela sus más íntimas convicciones personales, ante la música y ante la divinidad. Pero también hay que decir que, salvo la famosísima Tocata y fuga en re menor, BWV 565, su obra para órgano no es popular, como ocurre con las obras, por ejemplo, de Mozart, Beethoven o Chopin.

El fenómeno viene ocurriendo desde el pasado sábado 25 de marzo y se extenderá hasta el año entrante en 17 conciertos, a lo largo de los cuales, en una impresionante labor de orfebrería musical, como si de un complicado rompecabezas se tratara, se organizaron sus más de 200 composiciones con 17 organistas diferentes que, a su vez, representan las diferentes escuelas organísticas del mundo.

Todo, hay que decirlo, gracias a la iniciativa del Ministerio de Cultura, que a pesar de una controvertida polémica asumió el liderazgo de la restauración del instrumento –obra del organero español Aquilino Amezua de finales del siglo XIX–, encargada a la firma española Gerhard Grenzing y concluida a mediados de 2016, que deja como resultado un instrumento de 5.500 tubos, con las condiciones necesarias para enfrentar toda suerte de repertorios.

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Bach en Bogotá tiene la financiación del ministerio y es la mejor manera de demostrar que asumir la restauración fue más allá del hecho, importante de por sí, de recuperar un bien cultural, porque efectivamente se ha tratado de una inversión social en cultura. Negarlo sería una necedad.

Por lo demás, efectivamente el ciclo convoca –además de los miles de espectadores– a la crema y nata de los organistas del mundo, con nombres tan reconocidos internacionalmente como Dexter Kennedy, Ghislain Leroy, Matthias Havinga o la uruguaya Cristina García Banegas, que sube a la modernísima consola computarizada de cuatro teclados que controla el enorme instrumento de 5.500 tubos el próximo sábado 29 de julio a las 5:00 de la tarde.

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Es la oportunidad para comprobar que Cioran no se equivocó al afirmar que “Bach es la única cosa que te da la impresión de que el universo no es un fracaso”.

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