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| 8/31/1987 12:00:00 AM

RETRATO HABLADO

Antología de retratistas recuerda la importancia histórica de esta corriente.

RETRATO HABLADO RETRATO HABLADO
Ya no se necesita posar por una infinidad de horas, ataviarse con las mejores galas, y dejar la mirada como abandonada en el infinito para poder perdurar en la memoria de otros. Ahora una fotografía detiene el valioso instante. Sin embargo, esta reciente técnica no ha logrado velar el valor y arte que la perenne técnica del retratismo ha dejado y sigue conservando. Como tributo a este arte, el Museo Nacional en Bogotá expone actualmente, y hasta el mes de noviembre, una muestra de setenta obras pictóricas que no solamente muestra la fisonomía de distintas personas, sino que también recupera, a través de las diferentes técnicas, el desarrollo artístico nacional en esta tematica.
Los primeros rasgos de esta tradición retratista en el país se pueden encontrar en las culturas precolombinas: indígenas de San Agustín, del Sinú, de Quimbaya y de Tumaco adornaban las urnas funerarias con una figura antropomorfa que era la imagen del muerto.
Hasta la época de la Colonia, esta forma escultórica fue la predominante en el arte del retrato. De los siglos XVII y XVIII el retrato se orientó principalmente a reproducir la imagen de los virreyes y dignatarios civiles y eclesiásticos. Esta pintura se caracterizó por tener poca perspectiva, como también por la utilización de colores naturales que eran procesados a partir de tierras colorantes y diferentes semillas, combinados con laminillas de oro. Con la iniciación del período independentista, a principios del siglo XIX, los más retratados fueron, naturalmente, próceres y militares. Para esta época los artistas también lanzaron su grito de independencia y se alejaron de la influencia de la escuela colonial volviendo así a una pintura muy primitivista en cuanto a técnica y recurso de color.
Al llegar la primera República, en los inicios de la Nueva Granada, se forma por primera vez una escuela retratista: la Escuela de los Figueroa que, a pesar de seguir desarrollando una pintura ingenua, aplicada indistintamente a retratos de españoles y criollos, recuperó el estilo pictórico virreinal. De esta etapa del retratismo se destacan los maestros Luis García Hevia, José María Espinosa, Ramón Torres Méndez, como también los hermanos, Celestino, José Miguel y Santos Figueroa. Este parcial desarrollo que se dio en los años de la primera República sería consolidado hacia 1870 por la influencia del mexicano Felipe Santiago Gutiérrez quien con su formación europea llega a Colombia a formar la primera escuela de bellas artes. A partir de esta transformación tanto en los fundamentos teóricos como también en el entrenamiento manual, la pintura es reconocida como profesión y el retratista se convierte en un personaje importante en el ámbito de los burgueses adinerados de la época. Así se pintan retratos múy grandes, recuperando la fina estampa de los personajes del momento alejando el arte del retratismo de aquellos pequeños cuadros, miniaturas, que anteriormente acompañaban a la gente.
Con esta nueva apertura a la técnica del retrato muchos pintores empezaron a incursionar en posibilidades más personales, alejándose un poco de la academia y poniéndose al día con las tendencias pictóricas de Europa. Ricardo Acevedo Bernal fue uno de los pioneros en esto de modernizar el retrato en el país: hay un mayor detenimiento en el manejo de los efectos ópticos, como también en el manejo y combinación del color especialmente, a partir del blanco. Por su parte Andrés Santa María, con formación artistica completamente europea, rompe con los cánones estilísticos de la pintura tradicional que se venía realizando en el país, lo cual por muchos años lo condenó a quedar relegado del panorama artístico nacional.
En los primeros años del presente siglo aparece un grupo de artistas que van a conformar lo que se ha denominado como la escuela costumbrista: los maestros Francisco Antonio Cano, Coriolano Leudo, Eugenio Zerda, Margarita Holguin y Caro, Miguel Díaz Vargas, Roberto Pizano Delio Ramírez y Santiago Martínez Delgado, liberaron el retrato de la pose. Estas nuevas obras retrataban situaciones de la vida diaria donde las personas aparecían en situaciones más naturales y como sorprendidos en la intimidad de su que hacer diario. Por primera vez aparecen retratados grupos de personas que aparecen detenidas a través de una composición más realista y más de acuerdo al ritmo de vida que su época les imponía. De esta etapa el retratismo deja de ser la vía principal para recuperar la imagen de las personalidades para pasar a ser una forma más de la plástica en el país. Los modernos, pintores como Carlos Correa, Gonzalo Ariza, Enrique Grau, Beatriz González y Fernando Botero abandonan el estricto realismo de presentar a personas de la vida real, para pasar a hacer retratos más libres donde muchas veces la realidad queda deformada.
Esta exposición de retratistas, en últimas, demuestra que los días de dedicarle varias tardes al ojo inquisitivo del pintor están tan lejanas, como los días en que la gente tenía el dinero y el tiempo de prolongar su vanidad en un lienzo.

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