Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2002/04/01 00:00

Retrato personal de Rafael Escalona

La vida de Escalona y sus 36 mejores cantos, forman parte del álbum Rafael Escalona

Retrato personal de Rafael Escalona

Desde mucho antes de aquel día ya viejo en que lo conocí, hace más de treinta años, reclamo estar en la primera línea de sus admiradores. Realizaba yo mi primer viaje a Valledupar, que en 1967 no era capital de departamento, ni sede de festivales, ni colmena de músicos profesionales, sino una villa que se adormilaba de día y se encendía de noche con las parrandas y el sonido de los acordeones.

Rafael Escalona vivía entonces en su hacienda "Chapinero", a pocos kilómetros de la ciudad, donde cultivaba algodón y arroz en la medida en que el gusano se lo permitía y la Caja Agraria lo apoyaba. Valledupar era una ciudad que carecía de todo atractivo turístico, como no fueran sus monumentos humanos. Era y sigue siendo una ciudad sin reliquias, sin edificios históricos, sin callejones nostálgicos. Pero tenia gente, una gente entrañable que estaba dispuesta a recibir como amigos a quienes allí llegábamos y a convertir en compadres a los amigos.

Yo aterrizaba en mi condición de cachorro de periodista, ataviado con el pomposo título de "enviado especial" para cubrir una visita de Alfonso López Michelsen que convocó a poetas, escritores, políticos, personajes cívicos, campesinos, acordeoneros, pastores y hasta indios y curas de la región. Alvaro Cepeda Samudio, mi maestro de periodismo y de muchas otras artes, había sido uno de los organizadores del paseo y, con su ayuda, me fue fácil armar el viaje desde Bogotá con pretextos profesionales. La verdad es que mi intención secreta al acudir a él no era perseguir la noticia política, sino conocer a Rafael Escalona, cuyos cantos me fascinaban desde que estudiaba el bachillerato.

No se había grabado aún ningún disco monográfico suyo, y para escuchar sus merengues y paseos hacían falta paciencia y fortuna. Yo tuve las dos y, gracias a mi compañero Tomás Rueda Gutiérrez, que era sobrino de Gonzalo Rueda, uno de los jefes de la emisora HJCK, logré conseguir una grabación de perfiles antropológicos realizada años atrás por el médico e investigador folclórico Manuel Zapata Olivella en los confines polvorientos del Cesar. En ella podían escucharse muchos de los cantos de Escalona que lustros después se hicieron famosos en todo el país. Algunos de ellos tuvieron que esperar hasta comienzos de los años 90 para darse a conocer a través de la teleserie "Escalona". A falta de mejor recurso, intentamos Tomás y yo montar en guitarras y guacharaca aquellos paseos y merengues que era preciso oír con ayuda de una pesada grabadora de estudio. Han pasado ya varios años de su muerte, y cuando alguien canta "El playonero" me acuerdo invariablemente de Tomás. Era su vallenato favorito.

Mi memoria del maestro Escalona en aquel mediodía en que llegó el DC-3 a Valledupar como había llegado años antes el de la brasilera lo muestra muy elegante, como siempre, en trance de hacer equilibrio sobre una sola nalga en el borde del campero descubierto que nos condujo del aeropuerto a la ciudad. Desde ese momento no paré de hacerle preguntas sobre sus cantos y de escuchar de su propia voz, alelado, las historias reales que caminaban en puntillas detrás de los relatos mágicos de sus cantos.

En aquellos días inolvidables en Valledupar también pude conocer en alma, médula y venas a muchos de sus personajes y a algunos de quienes, como Darío Pavajeau, son mis grandes amigos. Fueron tres días de parranda intensa de los que surgieron los primeros renglones que escribí sobre el vallenato. Después he escrito muchos más, con ese desenfado irresponsable que tenemos los cachacos para hablar sobre una música de la que nos consideramos arrendatarios. Podría apostar que casi nunca que he escrito sobre este asunto he dejado de mencionar a Rafael Escalona, pues para m' él es la figura que mejor encarna el riquísimo mundo del vallenato.

No quiere esto decir- ¡líbrame, San Isidro de Atánquez!- que no admire profundamente a otros compositores. Me encantaba oír a Alejo Durán con su voz de queja honda y su facha imponente de Lord negro del Real Almirantazgo; disfruto con emoción de los cantos de Leandro Díaz; encuentro en los de Adolfo Pacheco la maravillosa fusión y transfusión de la cumbia en el vallenato; me descubro pasmado ante el talento creativo de los Guerra, los Serna, Juancho Polo Valencia, Samuelito Martínez, Emiliano Zuleta, Calixto Ochoa, Lorenzo Morales, Chente Munive, Julio Erazo, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Rafael Campo Miranda, Tobias Enrique Pumarejo, Freddy Molina, el Negro Mann, Julio de la Ossa, Gustavo Gutiérrez, Diomedes Díaz y tantos otros compositores extraordinarios...

Pero Escalona es Escalona. Y lo que él significa en este planeta de acordeones, cajas y guacharacas quizás no puede significarlo nadie más. Volví a visitar al maestro dos o tres veces, cuando él vivía en Valledupar.

Escoltando a Alvaro Cepeda, y una vez más con pretexto periodístico, regresé a hacerle ambiente a la creación del departamento del Cesar.

Después estuve con Escalona en varios de los festivales que él contribuyó a organizar. A partir de aquella época nos tratamos de compadres, aunque no lo seamos a los ojos de la Santa Madre Iglesia Católica. Más tarde, cuando pasó una larga temporada como melancólico cónsul en Panamá, también fui a verlo. Me alojé en la casa de tablas blancas que habitaba como un fantasma con Dina Luz y seguimos hablando de vallenatos hasta que nos sorprendió, al amanecer, el chillido de las gaviotas y el ajetreo mercantil de los turcos. Varias veces nos emparrandamos en Bogotá, y en una de esas veladas, con el gran Egidio Cuadrado como testigo, pronunció una frase que le costó para siempre su amistad con cierto cachaco aficionado a la música vallenata:

- Daniel si sabe de esto -dijo-; en cambio, tú solamente eres inquieto.

Cuando me dedicaba a preparar los argumentos de la serie de televisión "Escalona" nos pusimos cita en uno de los más improbables rincones geográficos a los que haya llegado vallenato alguno. Pasamos casi una semana en la fértil soledad del valle de Chillos, en lo alto de los Andes, cerca de Quito. Allí, bajo la helada vigilancia del Cotopaxi, llené dos cuadernos con notas y anécdotas sobre su vida, sus cuitas, sus cantos y sus cuentos.

He estado almorzando en su apartamento de la calle 19 de Bogotá; he conocido su mural vallenato, un mosaico pintado por él que mezcla lo real y lo fantástico, como sus canciones. Le he escuchado las quejas por la indebida explotación que padecen los compositores, y he visto las facturas mezquinas con que le giraban miserables sumas por cantos que se oyen a toda hora. He visto cómo se le van los ojos detrás de cualquier mujer bonita que se acerque a menos de 33 kilómetros de radio, y he colaborado a aumentar su colección de navajas con una tonelada negra de incrustaciones doradas que le conseguí en tierras de La Mancha. Cumplí también al pie de la letra lo que me encargó a Madrid en agosto de 1981 por medio de un papelito que todavía conservo: "Necesito que hagamos un 'arreglo amistoso', que es que me envíes unos guantes finos de cabretiila; es que está haciendo frío y a mi me ataca es por las manos y la garganta".

En fin, he sido autor de la introducción a un excelente libro sobre su vida; he recopilado sus cantos para una colección de poesía, y, a pedido suyo, escribió el prólogo de su novela sobre el Viejo Pedro Guerra He disfrutado de su amistad durante más de treinta años; y confío en que esta sea sólo una fracción muy corta, y que se muera de nueve siglos, como el Matusalén de su paseo "Esperanza".

Creo, pues, que conozco un poquito sobre Escalona y sus cantos. Lo suficiente como para que estas páginas no estén repletas sólo de admiración y cariño.

Daniel Samper Pizano

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