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| 7/23/2011 12:00:00 AM

Retratos en carne viva

El británico Lucian Freud, nieto del inventor del psicoanálisis, pasó a la historia gracias a una serie de retratos perturbadores. Murió el 20 de julio, pero pintó hasta la última tarde de sus 88 años de vida.

En el museo Botero de Bogotá se puede ver el realismo brutal de los retratos de Lucian Freud. Ahí está Mujer rubia, el aguafuerte de 1985, con su cabeza vencida por el agotamiento y su cuerpo desnudo derrotado por los años: una desconocida en el límite de sus fuerzas. A un lado está Cabeza y hombros de mujer, de 1990, con esa expresión de "ya no queda nada por hacer". Quien se enfrenta al trabajo del recién fallecido Freud, el artista británico de 88 años, nieto del padre del psicoanálisis, que Time llamó "el más grande de los pintores realistas con vida", se entera de toda la verdad de un ser humano.
"La pintura es, para mí, la persona -dijo-. Yo quiero que haga las veces de piel". Para lograrlo, para conseguir esos desnudos implacables e incómodos, Freud se dedicaba por completo a observar a sus modelos (por semanas, meses, años) hasta que se le entregaban sin reservas. Como si fuera un psicoanalista, Freud confrontaba a la gente común que se dejaba dibujar hasta cruzar las fronteras del agotamiento: desmontaba al personaje, gesto por gesto, hasta conseguir el retrato. El crítico John Russell definió el trabajo del inglés, en su libro Private View, como un ejercicio que recordaba la "clásica relación del siglo XX: aquella entre interrogador e interrogado".

Freud, ese misterioso retratista judío nacido el 8 de diciembre de 1922. Ernst, su padre, el hijo menor de Sigmund Freud, decidió mudar a la familia a Inglaterra aquel 1933 en el que Hitler se tomó a Alemania. Fue en Londres, en los peores años de la Segunda Guerra, en donde Lucian descubrió que le conmovían más los animales que las personas, en donde llevó a cabo, a los 14 años, la estupenda escultura de un caballo que le consiguió la entrada al Central School of Arts and Crafts, y se perdió en esa bohemia que era la marca de estilo de los artistas de la época. Quiso dejarse llevar, a comienzos de los cuarenta, por el "rígido dogma de irracionalidad del surrealismo", pero muy pronto la realidad se le impuso.

A principios de la década siguiente, influido por Francis Bacon, Freud despertó a un estilo de capas gruesas que conseguía que los retratados encarnaran. Hacia finales de los cincuenta, convertido el horror de la posguerra en una mirada violenta, había realizado muchos minuciosos, temerarios estudios pictóricos de la gente que lo rodeaba. "Mis cuadros son fruto de la cooperación con el modelo -solía confesar-. El problema de pintar un desnudo es que profundiza esa transacción. Conocemos nuestra propia cara. Pero no hacemos un escrutinio de nuestro cuerpo con la misma intensidad".

Freud retrató a sus amigos, a sus mujeres, a sus amantes, a sus dos docenas de hijos, a sus conocidos. Su dedicación enervante lo convirtió en un artista célebre, pero solo alcanzó estatus de estrella mundial a los 64 años, en una retrospectiva en el Museo Hirshhorn de Washington en 1987, cuando los críticos norteamericanos se empeñaron en dar la noticia de que existía un pintor inglés tan potente como hondo que hacía vivir a sus modelos en sus lienzos .

Freud no descansó nunca y su prestigio fue tomando cara de leyenda. Supervisora de beneficios durmiendo, el abrumador cuadro de los noventa en el que recreó a una mujer obesa llamada Sue Tilley, en 2008 se convirtió en la obra mejor vendida en la historia por un artista vivo: Christie's, en Nueva York, se la entregó al ruso Roman Abramovich por 33 millones de dólares.

Kitty Garman, su primera esposa, le sirvió de modelo para cuadros tempranos tan fascinantes como Mujer con rosas. Y sus siguientes parejas, Lady Caroline Blackwood, Bernardine Coverley y Suzy Boyt, aparecieron también en sus trabajos. No obstante, en el más importante de los últimos años, un pequeño lienzo de 2001, no está ninguna persona de su vida: Freud no quiso pintar a Juan Pablo II ni a la princesa Diana, pero sí se atrevió a retratar a la reina Isabel II como una mujer de rostro duro, masculino, en el borde de la tristeza. La reacción de la crítica, mitad indignada, mitad sobrecogida, confirmó su estatura como si aún hiciera falta alguna prueba.

Diez años después, el 20 de julio, Lucian Freud murió tras soportar una breve enfermedad. "Ni siquiera sabíamos que estuviera tan mal -declaró su cuñada Ann, en shock, cinco minutos después de enterarse-. No tenía teléfono para que nadie pudiera comunicarse con él". Su agente, William Acquavella, lo describió como "una compañía humilde, cálida e ingeniosa que pintó y pintó, hasta el día en que murió, lejos del ruidoso mundo del arte". Quería decir que la gran lección de Freud fue ponerse cara a cara con la vida. Y que el mundo, de Londres a Bogotá, está lleno de pruebas de ello.
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