Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1987/03/16 00:00

RETRATOS TRANSPARENTES

En su última exposición, Víctor Laignelet demuestra que ha ido más allá de la vanguardia.

RETRATOS TRANSPARENTES


Retratos contradictorios en los que se cruzan el reposo y la acción, el fondo y la figura, el color y la forma, en una batalla campal que se resuelve en un momento con un equilibrio precario, como sucede cada instante en la realidad.

Víctor Laignelet nació en Bogotá hace 31 años y expone en la Galería Garcés Velásquez de esta ciudad, el resultado de sus dos últimos años vividos en París. El está convencido de que ninguna ciudad "salva" a un artista, porque son sólo escenarios de una larga y solitaria conversación del pintor y la pintura, de él consigo mismo. Sin embargo, Bogotá, Nueva York o París le han servido en ese proceso mental como ciclos para enderezar eso que comenzó con fe por los años 70, estudiando bellas artes en la Universidad Nacional y luego perseveró en Canadá, pero que como una suma de casualidades sólo se volvió algo serio cuando algún primo entendido puso atención a lo que hasta el momento sólo eran variaciones de Rubens, experimento de matar el tiempo. . .

Este nuevó producto de 15 cuadros señala un vuelco. No deja al color servirle a la forma como una descripción, no toma el instante cotidiano para narrarlo, y el único resultado que le interesa es mostrar la tensión entre las cosas, llegar hasta el símbolo y si lo logra, revelar algo cierto, no algo estético.

Detrás están horas de lucha contra el artificio, el exceso, el caos en sí mismo en la búsqueda de un equilibrio momentáneo entre la tensión. La clave, cuenta Laignelet, la obtuvo en un viaje a España, que emprendió en busca del primer pintor que de niño fue capaz de reconocer--el Greco-- y terminó siendo Andalucía su revelación: en la mezquita de Córdoba vio un altar barroco cristiano metido en ese espacio árabe inmenso, cruzado de columnas y arcos, sin jerarquías, con aquel falso centro. Esas dos concepciones del mundo sobreimpuestas, sin resolverse en ninguna síntesis; le iluminaron el mundo como una lucha constante de conceptos en la que ninguno es verdadero y lo único real, la pugna entre ellos. Lo demás, hasta la dialéctica, es idealismo.

Como en esas tres sillas que el año pasado envió al 30 Salón Anual de Artes y fueron premiadas, a partir de ese momento se dio la ruptura y en sus cuadros apareció "un espacio subversivo que rompe el orden central". La fuerza que tienen viene de allí, de desechar la síntesis por el equilibrio tenso entre un elemento absolutista: una poltrona, una figura, un centro y un resto que lo combate sin que ninguno de los dos predomine. Dejó atrás lo que hacía: narrar el instante cotidiano en que el carnicero troncha la lonja y sale la sangre, porque el tiempo es sólo una de las muchas maneras de ver la realidad, y por eso ahora la acción no está paralizada en el instante en que se realiza sino casada en dos o más instantes distintos. Por eso sus retratos tienen posiciones contradictorias en el cuerpo de una misma figura. "Como en el cubismo se buscaba la estructura desdoblando el objeto y era un asunto sólo formal, busco la acción en sus distintos momentos, sintetizados en uno solo que resulte más real". Laignelet está ahora muy distante de la transvanguardia europea de los 70, que tanto le interesó cuando planteaba el vacío de la vanguardia y la mentira del progreso como algo ascendente y lineal, pero que ahora se ha vuelto una escuela como cualquier otra, que enseña la fórmula para pintar un cuadro expresionista. Pero sí coincide con una nueva tendencia que redescubre la narración, lo que hace unos años los críticos despachaban como pintura literaria, pero que ahora los pintores se interesan por lo que hizo la novela, poner planos simultáneos para mostrar la complejidad de una realidad que es de muchas formas al tiempo. Ya no seduce a Víctor Laignelet la sensación de una pintura bárbara, sino la contradicción entre la pintura muy acabada y la gestual.

La idea que él persigue ya la desarrolló la polifonía en la música, en la que todos los sentidos--todas las voces-- son posibles y alternativamente toman importancia sin que ninguna prime. Si el cubismo respondió a una idea del mundo según la relatividad, ahora busca hacer convivir las cosas como son y no como deben ser, como hacía la pintura. Laignelet se esfuerza en borrar todo artificio y le corre al manierismo, pero cuando cae lo señala como defecto en el título, como sucede en el "Retrato manierista". Procura comprender la estructura polifónica para depurar los cuadros: una armonía dinámica, sin jerarquías, dar una idea de la totalidad como buscaba el Renacimiento; se trata, pues, de una proporción correcta, de una nueva organización casi matemática que resulta ineludible.

Para darle la vuelta al peligro de una totalidad pretensiosa que quiera meter en un canasto todas las concepciones, su polifonía se la plantea como un pequeño dúo más condensado, sabe que su inclinación es el barroco, tan latino, tan nuestro: "Si hay algo que nos define es el barroco, pero quisiera contrarrestarlo a punta de Zen. . . ".

Ha llegado a concebir toda su pintura como un retrato, sea un paisaje o un objeto, siempre en relación con un sujeto, una irremediable existencia de lo otro fuera de uno. "En últimas es como buscar la transparencia, porque las cosas se presentan como opacas, intento volverlas transparentes. Es un asunto de conquista, de conocimiento".-

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