Viernes, 24 de octubre de 2014

| 2013/04/13 06:00

Ritmos femeninos

Dos nuevos discos, ‘Sueños’ y ‘Las voces del café’, muestran dos maneras de entender la esencia femenina en música.

Seis mujeres demuestran su talento vocal en ‘Las voces del café’.

El ejercicio es poco usual en el primer mundo, pero aquí los músicos saben aplicar el ingenio: al trío convencional de jazz se le quita la batería y se reemplaza por un set de percusiones de tendencia global. Cajón peruano, vasijas de Nigeria, tambores de la India, panderos de Brasil, maracas de las sabanas de Bolívar y congas afrocubanas. 

Esa suma de fuerzas termina creando una especie de Torre de Babel del ritmo y el primer impacto es una exquisita confusión: ¿Es jazz esto que estamos escuchando? Sí, pero vestido con tanto exotismo que parece, para usar la expresión patentada por José Alfredo Jiménez, “de un mundo raro”.

Y eso que hemos discutido es solo la base. Sobre ese tejido sonoro aparece el canto de la bogotana Urpi Barco. Su llegada a la escena nacional del jazz (luego de haber pasado por el grupo experimental Comadre Araña) es bienvenida, sobre todo, en un momento en que la voz humana no tiene demasiada representación. Aparte de Gina Savino, no puedo pensar en otra cantante más expresiva. Ecos de bambuco, toques de blues, incluso una incursión en la bossa nova con esmerado acento portugués, van pasando por su garganta en 40 minutos envolventes.

Entre los mejores momentos de Sueños, el disco debut de Urpi Barco, hay que mencionar una especie de juga de la costa Pacífica: “Qué bonito tá mi niño”. En los créditos de autor aparece la consabida marca de ‘tradicional’ que se asigna a las canciones cuya creación se pierde en las limitantes de la memoria humana. 

Como sonaba familiar, busqué en varios registros etnográficos una versión más antigua. No hubo suerte. La canción, que Urpi define a veces como “villancico” y otras como “nana” tiene un origen particular: la cantaba su mamá cuando ella era pequeña. Y, como sucede con estas cosas de la tradición, ella ya no sabe si la inventó o la oyó de paso.

Dicho sea de paso: Sueños es el sexto volumen de una colección que se está volviendo imprescindible para entender la esencia de lo femenino en nuestra música urbana: la serie Peña de Mujeres, creada por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, que a comienzos de cada año nos llena de curiosidad por saber cuál será el talento que quieren que descubramos.

En el prólogo de un tomo de ensayos que será lanzado en la próxima Feria del Libro, Mujeres en la música de Colombia (editado por la Universidad Javeriana), se habla de “recitales para comunicar intimidad y gozo de vivir, espacios, texturas sonoras y poéticas musicales” que son exclusivos de la naturaleza femenina. 

Algo parecido a un escuadrón donde seis mujeres batallan por ese reconocimiento es lo que encuentran los oyentes en otro álbum reciente llamado Las voces del café. La presencia de Ana Valencia —por primera vez sin Jaime— es el detalle más llamativo. Pero detrás de ella hay una pléyade de figuras conocidas a nivel regional (el disco es de médula santandereana), que seguramente empezarán a hallar mayor resonancia: Na Morales, Martha Rey, Inés Salazar, María Cristina Plata, Lucía Santos.

Al revés de la gastada frase de cajón, digamos que esta vez hay un gran tipo detrás de estas grandes mujeres: Álvaro Serrano, exintergrante de Los Pekeninkes y hoy más dedicado a estar del lado de las consolas de grabación. Como compositor, arreglista y productor de estas seis mujeres, era inevitable preguntarle si buscaba en medio de ese ejercicio entrar en contacto con su parte femenina.

“Absolutamente”, contestó, “pero uno no sabe si lo logra, porque lo femenino por definición es indescifrable”. 

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