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| 7/2/2017 12:50:00 PM

Rock al Parque 2017: Día 1. Pogo, salto y añoranza

La jornada metalera abrió el festival mezclando actos nacionales con despedidas históricas y bombas internacionales. El clima, en su variedad, sumó color a una jornada fantástica y pesada.

Por Alejandro Pérez

Fotografías de Esteban Vega y Daniel Reina

El festival siempre le planta combate al clima y, al menos el sábado, lo subyugó y lo hizo aliado. En una jornada marcada por el gozo, los tiempos cumplidos, las despedidas, los homenajes, las dosis incontables de ‘agite de peluca’ y de pogo, el thrash metal predominó y el metalcore pateó la lonchera. 

La combinación entre rock local, nacional y extranjero, entrelazados, se sintió más fluida que de costumbre. La parrilla no perdió tracción, y el cierre de jornada, a cargo de Lamb of God, terminó de gastar las piernas y los cuellos que quedaban en el Simón Bolívar a las nueve de la noche. Desató pogos a lo largo del lugar, movió hasta a los rígidos y dejó el festival en una nota elevada de intensidad para los espectáculos del domingo. 

De Richmond, Virginia, Estados Unidos, Lamb of God cerró el primer día en un punto muy alto. Sin mayor show visual, la música fue un bulldozer. Foto: Esteban Vega / SEMANA

A Rock al Parque muchos van a apoyar, otros a conocer, y otros a gozar lo que les gusta y los sorprende. Pero no se puede ver todo, y hay actos a sacrificar. El recuento empieza con Brand New Blood. Desconocida hasta ayer para varios, la banda local agitó el ambiente sacando provecho del sonido abrasador y los riffs de su guitarra. En escena su bajista y cantante son sus animadores más enérgicos y, exceptuando por el incierto final de sus canciones, la agrupación entregó furia y mensaje (y un par de botellas de agua, y de cds, al público, a larga distancia, por encima de la tibia y profesional zona de prensa). 

Durante el concierto, el cantante Marcus Bischoff entretuvo con bailes que fueron de lo gracioso a lo extraño y lascivo. Foto: Daniel Reina / SEMANA

Bajo un sol que podía fritar huevos, como si la idea fuera recrear el infierno a 2.600 metros, los alemanes Heaven Shall Burn se tomaron el escenario Plaza. Supieron activar a la audiencia y romper la barrera del idioma con su ataque de canciones cuasi-diseñadas para este marco. El ritmo fluctuó entre la descarga rápida, ‘tupa-tupa’, y cadencias lentas para saltar y soltar puño al aire. Muy agradecido, el cantante Marcus Bischoff se acercó al público al final de la presentación a compartir su agua con quienes lo bailaron. Todo fue arte bajo el fogón capitalino: el sol trató de tostarlos, mientras, los titanes teutones elevaron el nivel. 

En el escenario Bio, las poderosas Nervosa sellaron un gran toque cuando, en el último aliento, su cantante dio prueba de gran equilibrio y evitó un resbalón al último segundo (la caída no hubiera cambiado nada, excepto por el dolor). La banda se tomó la selfie de estos tiempos, con miles de bogotanos, colombianos, guatemaltecos, venezolanos y más, detrás, posando agradecidos por la descarga. Para ese momento el sol era un recuerdo, y Bogotá teñía de gris el cielo. Pero ese matiz no le sentó mal a la nostalgia de lo que venía: se despedía Darkness.

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Sellando y honrando viejas heridas, su voz líder Rodrigo Vargas lanzó discurso de armonía, con su banda, con la organización, con todo. Darkness echó mano a un repertorio de 28 años y cosechó. La presentación tuvo video de presentación (recogiendo los días tempranos), su dosis de problemas técnicos, y sobrepasó el límite de tiempo (derecho de piso en una despedida), pero desde la primera canción la audiencia respondió con coros entonados, muy sintonizados, que pusieron la piel de gallina. Las muchas influencias de Darkness salieron, como siempre, por los poros de su música e hicieron de su toque final una fiesta familiar, pero no por eso menos entretenida. Darkness se despidió con una gran ejecución. Dominaron los quiebres que manejan, y finalizaron con su oda a los metaleros. Sin pelo largo, reinaron en su adiós, y también lanzaron una advertencia al aire: “si no apoyan a sus bandas, nos va a ganar el reggaetón”. A quien le caiga el guante... 

Las aguas comenzaron a caer y marcaron la caída de la noche. Por fortuna, solo fue un chaparrón, un ‘espantabobos’, que se disipó gracias al viento furibundo. No duró más de diez minutos, no hubo que usar capas, no sufrió el sonido ni el espectáculo. 

Pie de foto: La banda caleña Occultus le cayó bien a la noche. Digna representante del metal nacional, que también tiene representantes de Medellín, Pasto, Cartagena. Foto: Esteban Vega / SEMANA

La plaza desarrollaba su cadencia y se ajustaba a la noche. Los caleños de Occultus profundizaron los lazos con lentos golpes de pesadez. Admirable el gutural dolido de su voz, y satisfactorio ver un hombre detrás del sintetizador, derrochando talento y contrastando con las bandas que, por necesidad o decisión, lo tenían pregrabado. 

El cierre del escenario Bio corrió por cuenta de Death Angel, un actor de la escena del trash de San Francisco desde los noventas. Estadounidenses asiáticos, otros rubios y pelinegros, representando su diversa ciudad, fomentaron el pogo y dejaron su marca propia. Los embates progresivos los hacen especiales e interesantes, así a veces reten a quien los baila. Los ‘Angel’ derrocharon calidad y estallido, y, entre varios rasgos, los interludios de guitarras, mientras el bajista alto, flaco, rubio, se tomaba atribuciones melódicas, asumiendo el protagonismo y justificándolo, resultaron memorables. 

Los californianos, de San Francisco, casi tan diversos como su ciudad, cerraron el Escenario Bio. Foto: Daniel Reina / SEMANA 

El fin llegó con el ‘cordero de dios’. Lamb of God abrió a la hora programada y fue -demasiado- juicioso en su tiempo. Bajo una visible luna, que confirmaba un resto de noche seca, soltó himnos de su repertorio desde el minuto cero. Es su tercera vez en el país pero, como lo mencionó su cantante y cara, Randy Blythe, nunca habían sido headliners en un festival tan concurrido. Con Laid to Rest, Walk with Me in Hell y una tanda brutal de hits sentó la base y encendió el pogo programático de todos los lados de la barda. El show incluyó la hipnotizante batería de Chris Adler que, con el galope incesante y preciso de su doble bombo, es aplanadora y el esqueleto. Enorme acto de cierre. 

Randy Blythe movió hasta al más rígido. Foto: Esteban Vega / SEMANA

Extras

Hubo homenaje a Kraken, hubo primera presentación en el festival de Ekhymosis, versión recargada, hubo protagonistas, momentos y actividades toda la tarde y noche. 

Emoción de negro. Foto: Daniel Reina / SEMANA

El negro predominó, pero se vio en las tribunas gente con camisas de color, gente de edad, parches de mujeres divirtiéndose. El rock no cerró la puerta quienes expresan ese gusto de forma distinta a la cromática.  

También hay lugar para talleres, para lucha, para pintarse el rostro y hacer memorias con amigos y amigas. El día del metal no suele ser recordado por fraternal, pero este año sacó esos colores. Muy ‘festiva’ resultó la apertura del festival, y ojalá así siga y crezca. 

Amigas rockeras. Foto: Daniel Reina / SEMANA

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