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| 6/25/2016 12:00:00 AM

El metal colombiano está más vivo que nunca

No solo es el género que más público convoca en el festival de Rock al Parque. Su movimiento es un ejemplo de gestión y organización como pocos en Colombia.

De los metaleros se ha dicho de todo: que son satánicos, vagos y que su música suena como un radio mal sintonizado. También se cuestiona su pelo largo, las camisetas negras con letreros ilegibles y los taches en sus chaquetas de cuero. Lo cierto es que a pesar de esos prejuicios y de que no cuentan con el apoyo de la empresa privada y los grandes medios de comunicación, los metaleros son todo un movimiento cultural que, entre otras, es fundamental para festivales como Rock al Parque.

El metal aterrizó en Colombia a mediados de la década del setenta sin hacer demasiado ruido. Sus discos llegaron al país gracias a melómanos adinerados que se dejaron seducir por la expresividad de su música. Así se empezaron a oír agrupaciones como Black Sabbath y Judas Priest. Pocos años después, el sonido se difundió entre jóvenes de los barrios populares que intercambiaban casetes y vinilos de bandas como Iron Maiden, Metallica y Ángeles del Infierno. A comienzos de la década de los ochenta este género ya tenía muy buena acogida entre el público y no tardaron en aparecer los primeros grupos colombianos.

Medellín fue el epicentro del fenómeno. Allí se formaron bandas como Kraken, Parabellum y Masacre; además, se produjo, en 1985, la Batalla de las Bandas –el primer gran festival de metal del país–. Mientras tanto, en Cali apareció un movimiento fuerte de coleccionistas y bandas históricas como Krönos. La escena también llegó a Bogotá cuando se abrieron bares de rock y metal como Abbott & Costello, en Chapinero, y otros tantos en varias localidades de la ciudad.

Esa fiebre desatada por el metal, y el rock en general, motivó a Mario Duarte, vocalista de La Derecha, y al empresario Julio Correal a echarse al agua y realizar la primera versión de Rock al Parque en 1995. Aunque el movimiento metalero no fue el único que lo inspiró, con el tiempo ha adquirido un gran protagonismo dentro de su programación, tanto así, que uno de sus días está dedicado exclusivamente a ese género. “La mayoría de las bandas que se presentan a la convocatoria para hacer parte del cartel del evento son de metal”, dice Chucky García, programador y asesor artístico del festival, quien además recuerda que la jornada ha registrado más de 100.000 asistentes en las dos últimas ediciones.

Pero más allá de ser un patrimonio de Rock al Parque, el metal se convirtió en un movimiento cultural. Por un lado, alrededor del género se impulsan festivales y eventos propios, hay plataformas digitales para su difusión y sus seguidores no solo se sienten identificados musicalmente, sino por sus ideas: los temas de sus canciones están en sintonía con el contexto caótico, gris y conflictivo que caracteriza a las principales ciudades del país.

De hecho, el público metalero en países como Noruega o Suecia elogia la capacidad de las bandas colombianas porque considera que sus letras y su sonido son coherentes con la esencia contestataria del metal. Tiene tanta fuerza–según García- “porque es un género incluyente y tiene una gran acogida en los jóvenes de barrios populares y comunas”.

La identificación de los metaleros con su movimiento se refleja en aspectos como la vestimenta: ropa oscura, pelo largo, taches y botas. En principio, estética inspirada en bandas icónicas del género: Judas Priest, Iron Maiden y Metallica, entre otras. Además, expresa una intención de libertad y autenticidad que no necesariamente tiene que ver con movimientos satánicos o anticristianos.

Y varias razones explican por qué los metaleros siguen vigentes. Para Dilson Díaz, vocalista y fundador de la banda La Pestilencia, “a la gente le gusta el metal porque realmente lo vive y sus gustos musicales no están determinados por lo comercial. Por eso sus conciertos no necesitan gran publicidad, o promociones con tapas de gaseosas, porque el público siempre está garantizado”.

Esa fidelidad se refleja en las cerca de 1.000 bandas de metal que existen hoy en Bogotá, y en “la forma en la que el público metalero continúa invirtiendo lo que gana en camisetas, vinilos, afiches y boletas para las bandas internacionales que visitan el país, etcétera”, afirma Felipe Szarruk, director del colectivo de rock Subterránica.

Aunque es difícil hablar de una industria del metal en Colombia pues no existe la infraestructura para ello, la recepción del público colombiano es tan grande que el país ha sido escenario de conciertos de Metallica (1999), Megadeth (2000), Black Sabbath e Iron Maiden (2008), que destacó en el DVD conmemorativo de su gira Flight 666, la efusividad de sus fanáticos colombianos así como su devoción por el metal.

Otro elemento que caracteriza el movimiento metalero en Colombia es su recursividad. Por ejemplo, en el país se desarrollan exitosos eventos como el Festival del Diablo, en la vía entre Bogotá y La Calera; el Rock y Metal Fest, en Medellín; y el Festival Metal de las Montañas, en la localidad de Ciudad Bolívar de Bogotá. Todos ellos, con un presupuesto limitado y con una difusión casi inexistente en los grandes medios de comunicación.

Sin embargo, Szarruk asegura que eso no necesariamente es un problema, pues hoy existen en internet varios blogs, portales y medios especializados como fortindelcaballero.com, metalalacarta.com, undercolombia.co y rockombia.com. Allí se pueden encontrar desde fechas de conciertos, música de grupos desconocidos y podcast con discusiones alrededor de la historia y actualidad del género.

A pesar del talante de quienes hacen metal en Colombia y de sus logros, el panorama no es del todo alentador. Las mismas voces del movimiento metalero que reconocen sus avances, también identifican sus dificultades: la manera como la sociedad colombiana los percibe, la falta de apoyo del sector privado y la ausencia de difusión en radio y televisión.

Sobre lo primero, Umberto Pérez, historiador de la Uni-versidad Nacional, considera que “los metaleros siguen estigmatizados por su pinta, debido al imaginario que imponen los medios de comunicación, que los caricaturizan como desadaptados sociales”.

Frente al apoyo de los grandes capitales, Klych López, director de cine y televisión, cree que sigue siendo muy incipiente “y las empresas están perdiendo una gran oportunidad al ignorar la escena metalera. Allí hay una dinámica de mercado que puede ser rentable: el público existe y su disposición para pagar por los espectáculos también”.

La ausencia de canales para difundir lo que gira alrededor del metal es otra de las preocupaciones de personajes como Andrés Durán, locutor y productor de Radiónica. Reconoce que la oferta radial y televisiva en este sentido es casi inexistente, y por esta razón, el país no dimensiona el valor cultural de la movida metalera en Colombia.

Los próximos 2, 3 y 4 de julio se realizará la XXII versión de Rock al Parque, en el Simón Bolívar de Bogotá. Una vez más, el país pondrá los ojos sobre este icónico espacio musical, donde se presentarán bandas como Sepultura (Brasil), Decapitated (Polonia) y Eshtadur (Colombia), entre otras. Otra oportunidad para que el metal demuestre que es más que pelo largo y cuero negro.

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