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| 11/12/2001 12:00:00 AM

‘Rock’ de los muñequitos

El fenómeno de las bandas virtuales, de dibujos animados o de juguetes, revierte en una mayor libertad para el ‘rock’.

En el numero que está circulando de la colorida revista juvenil La Rosca aparece una semblanza del grupo Gorillaz, al que nombran con desatado entusiasmo “la primera banda virtual terrícola”.

Han de ser jóvenes los editores de La Rosca. Muy jóvenes. De lo contrario habrían recordado que ya desde los años 70 la televisión presentaba los ejercicios iniciales de interacción entre la caricatura y el rock. Y que los primeros músicos animados (o “virtuales”, para usar la expresión moderna) fueron los Archies, protagonistas de una serie televisiva semanal y varias canciones pegajosas.

Claro está que a Damon Albarn, el creador del proyecto Gorillaz, no parece gustarle la idea de descender de los Archies. Ha de verlos como un pitecántropo vergonzoso, porque cuando tuve la oportunidad de preguntarle por aquellos antepasados se mostró molesto (o quizá ya se lo han recordado en demasía) y respondió cortante: “Es obvio que nosotros somos más experimentales”.

Fácil decirlo cuando uno tiene 30 años de tecnología a su favor; pero hay otra gran diferencia que va más allá de lo cronológico y que, musicalmente hablando, hace de los Gorillaz un grupo más serio. Lo primero que surgió fue la idea de grabar un disco que le restara toda importancia a los rostros. Ni Albarn ni cualquier músico que se sumara al proyecto aparecerían en la portada: sería algo así como una banda fantasma. Luego, cuando el sonido tomó forma, el dibujante Jamie Hewlett ideó cuatro simpáticos personajes que llamó Gorillaz y el proyecto evolucionó de lo fantasmagórico a lo caricaturesco.

El resultado es un álbum cuyo éxito no le ha caído bien a todo el mundo.

Hace poco leí que Liam Gallagher, el cantante de Oasis, calificaba el rock de los Gorillaz como “música para niños de 3 años”. Pero no creo que la estimulación temprana haya llegado tan lejos. En verdad el disco es muestra de una utilización imaginativa de recursos en el estudio de grabación. Y, a partir de allí, se convierte en uno de los ejercicios más libres que le hemos escuchado a la música juvenil en mucho tiempo, ampliando las barreras del rock, jugando a veces a sonar como un grupo punk, otras veces a abrazar cálidos aires de reggae y otras a cantar como estrellas callejeras de rap.

Menos conocido, pero no menos interesante, es un disco que salió por la misma época y que fue bautizado Action Figure Party. El artífice del proyecto, Greg Kurstin, se imaginó una banda cuyos integrantes eran juguetes y a partir de allí construyó un sonido que se nutre de tanto elementos de rock como de funk y de jazz.

Cuando uno revisa los créditos de aquel disco encuentra que Kurstin fue capaz de entusiasmar e integrar a su grupo a figuras tan importantes como Flea (el bajista de los Red Hot Chili Peppers) o Sean Lennon. Pero Action Figure Party sigue siendo una banda irreal: allí donde la carátula debiera mostrarnos los rostros de los músicos, se topa uno con una cuadrilla de muñequitos y juega a imaginar que son ellos los que están tocando.

Al final, este fenómeno de bandas virtuales ha sido un paso firme hacia la conciencia de que siempre es mejor trabajar en bien de la música que en beneficio personal del artista. Es en parte un ejercicio de humildad, que tanta falta hace en el escenario narcisista del rock. Pero sobre todo, como dijo Albarn, es el descubrimiento de las bondades de zafarse de una imagen delimitada: “He querido ir más lejos que cuando era el cantante de la banda Blur y he hallado que, al no tener forma humana, puedo llegar a donde quiera”.
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