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| 7/6/1992 12:00:00 AM

Roda en el espejo

Con más de 150 cuadros, la Biblioteca Luis Angel Arango expone una ambiciosa retrospectiva de la obra del pintor Juan Antonio Roda.

DESDE LOS TIEMPOS EN LOS QUE Juan Antonio Roda teñía pañoletas, dictaba clases de español en una escuela parisina, y hacía toda suerte de maromas para sobrevivir, ha pasado mucho óleo sobre sus lienzos.
Lleva muchos años enclaustrado en su casa de Suba, de donde se escapa solamente para ver alguna buena obra de teatro, visitar esporádicamente a sus amigos, y comprar en Carulla, los sábados, los ingredientes para el almuerzo que les prepara a sus hijos los domingos. La mayor parte del tiempo la invierte en pintar, en devorar los libros de reciente aparición y en escuchar a Mozart, el más viejo de sus amigos. Tal vez por esa aparente normalidad, Roda asegura que su vida resulta poco interesante, en comparación con la vida de la mayoría de los artistas, llena de sobresaltos, de recuerdos a veces tenebrosos y de aventuras que escandalizarían en los libros. Pero su pintura, por el contrario, que ha logrado escaparse de los parámetros y del tedio, ha estado siempre en la mira de los críticos y ha promovido verdaderas procesiones de público hacia las galerías y los salones de arte.
Precisamente en estos días se cuentan por centenares los espectadores que acuden a la Biblioteca Luis Angel Arango, de Bogotá, para enfrentarse a una ambiciosa retrospectiva de la obra de Roda. Allí aparecen desde ese primer cuadro que el artista recuerda haber pintado, el "Retrata de Paco", su hermano, hasta algunas de las "Ciudades Perdidas" con las que recientemente celebró sus 70 años. Y están, también, las monjas que mató en el lienzo, los retratos de ese desconocido que tanto se parece a él, las atmósferas que se colaban por la ventana de su estudio, los amarraperros, las flores que empezaron a insinuar montañas, las montañas que empezaron a insinuar ciudades, lo cotidiano convertido en parte del ritual creativo, los motivos con los que ha ilustrado los libros de su esposa, las tumbas con las que se inauguró el museo de arte moderno de Bogotá, los cristos que tanto le gustaban a Marta Traba, y esa figura que lo sigue sorprendiendo cada vez que se mira al espejo. También se han colgado en los salones de la hemeroteca buenas muestras de su gusto por el grabado, y de su oficio de retratista de la sociedad bogotana.
Son tan variados los temas, que se hace evidente su necesidad de buscar siempre nuevas motivaciones, para evadir esa fórmula en la que tantos pintores caen hasta volverse repetitivos. En el fondo, sin embargo, aparece esa constante que siempre ha movido a Roda: untarse las manos de óleo para recrear en la tela esas sensaciones profundas que puede despertar una puesta del sol, pero que jamás se ven en el horizonte. Esa energía que lleva cada aventura por los días. Ese misterio que se traduce en manchas, en espacios y en colores, y que a medida que va tomando forma en el lienzo va llevando al artista a "ese orgasmo que llega en cada cuadro cuando todas las cosas de la vida desaparecen y sólo queda la pasión".-
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