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| 5/26/2003 12:00:00 AM

Rosas que son espinas

La verdadera historia de Leidy Tabares, contada más allá de la farándula o de la crónica judicial.

Leidy Tabares, la niña que vendia rosas
Edgar Dominguez
Intermedio, 2003
230 paginas

Muy poco le dejó la fama a Leidy Tabares, la protagonista de La vendedora de rosas: recortes de prensa, unas cuantas fotos y tres trofeos de los festivales de cine; una casa mal construida y plagada de humedades; el vestido que usó en la premier de la película y una libreta llena de números telefónicos que su orgullo no le ha dejado utilizar.

Pero no es precisamente esto lo que piensan muchos. "¿Qué hizo con la plata que se ganó en la película y en la telenovela? ¿Qué hace por ahí mendigando?". Así la increpó alguien cuando intentaba volver al antiguo oficio de vender rosas, después del asesinato de Ferney, su compañero, que la dejó en una situación difícil. "Vos te olvidaste de los pobres. Es que la plata cambia...", le gritó desde la ventana una mujer el día que regresó a Niquitao, a visitar el inquilinato donde había vivido su infancia.

Cuando fueron a detenerla por su presunta complicidad en el crimen de un taxista -razón por la cual hoy se encuentra recluida en la cárcel de San Quintín, a la espera de una decisión judicial-, la policía organizó un gran operativo con numerosos agentes, como si se tratara de una persona de alta peligrosidad.

Unos la admiran, otros la compadecen o le temen, pero todos la culpan de no haber aprovechado las magníficas oportunidades que le ofreció la vida -muy superiores a las que han tenido otros de su misma condición social-, de preferir siempre el camino torcido. En últimas, de merecerse su destino. Un triste destino que se ha movido entre la marginalidad más sórdida de este país y la farándula. No obstante, ¿cuál es la verdad? ¿Quién es en el fondo Leidy Tabares? Tal vez la que se encuentra en las páginas de este libro cuidadoso y desprejuiciado que ha escrito el periodista Edgar Domínguez. Una historia todavía más convincente y conmovedora que la de su personaje Mónica en La vendedora de rosas. Sí, sigue siendo cierta aquella frase manida: en Colombia la realidad supera a la fantasía. Y los buenos cronistas superan a muchos de nuestros escritores.

Leidy es una sobreviviente de la calle. Su corta vida es una pérdida continua de seres queridos, por muertes violentas. Su hermana Sandra ("con ella Leidy sepultaba muchas de sus ilusiones juveniles"); el Zarco, su amigo; Ferney ("él soñaba muchas cosas pero apagaron esos sueños. A mí todavía se me hace muy difícil superar esa ausencia"). Su cuadro familiar y social, es el típico de los sicarios de Medellín: un padre ausente y abandonador, una temprana relación con la droga, la delincuencia y la violencia. Un mundo sin oportunidades en el que la vida no vale nada, y la figura materna resulta el único aliciente de la existencia: "Miraba el horizonte desde la terraza del internado y soñaba con plata, no con fama ni con lujos, sólo con el dinero para comprarle una casa a María y cumplir la promesa de sacarla del inquilinato".

Hay un capítulo bastante curioso que relata varios encuentros que tuvo Leidy con Pablo Escobar, en la época en que comenzaba el cerco policial que originaría su muerte. Haciendo el papel de padre bueno y responsable, Escobar la colma de regalos, le da buenos consejos y le pide que rece mucho por él. De hecho, ésta es una de las personas más afectuosas que ella recuerda haber conocido en su vida. Y otro, muy bien logrado, en el que en forma de monólogo Leidy cuenta con mucha gracia su increíble viaje al Festival de Cannes.

Al preferir los hechos a las interpretaciones, la narración a los juicios de valor, Edgar Domínguez consigue una visión diferente de esta muchacha que todavía no ha perdido la esperanza de escapar de aquel maelström de muerte y de fracaso del que huye y que la atrapa cada vez que levanta la cabeza. Por lo pronto, ya hay una respuesta alentadora. Cuando le preguntaron a Leidy qué opinaron del libro las guardianas de la cárcel, dijo: "Por lo menos, ahora me tratan mejor".
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