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| 3/3/2017 12:03:00 PM

Habla el director de la película que conmueve en Cartagena

El documental Señorita María, de Rubén Mendoza, se perfila como una de las grandes producciones del año en Colombia. Ganó el premio como mejor director en la competencia de cine colombiano.

María nació niño, pero por diversas vicisitudes de la vida terminó vistiéndose como una mujer y sintiéndose como tal. Este documental, que se desarrolla en Boavita, norte de Boyacá, conmociona y gana aplausos durante el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, Ficci.

Semana.com habló con Rubén Mendoza, su director, uno de los mejores realizadores del cine colombiano, recordado por películas como La sociedad del semáforo (2010) y El valle sin sombras (2015).  

Semana.com: Normalmente a Boavita se le voltea a mirar por su pasado chulavita, pero usted encontró una historia distinta, ¿cómo llegó a ella?

Rubén Mendoza: La verdad es que normalmente a Boavita nadie la voltea a mirar por nada. Tuve la dicha cocinada casi por un siglo de que mi abuelo, árabe, libanés, se instalara allá. Con esa mitología de los chulavitas, pero en una casa particular (sin política y habitada por mi papá y sus 25 hermanos), alimenté buena parte de mi infancia. Ya viejo, andando caminos con una novia de otra parte, la vi. En una carretera. La había oído mentar... pero como digo, las películas que yo hago a veces no hay ni que filmarlas y empiezan mucho antes de la sospecha de ser película. Solo verla fue una celebración del ser, de la rebeldía, de la marginalidad, de la fuerza, de la existencia. 

Semana.com: Esta región del norte de Boyacá es también machista por excelencia, conservadora como ninguna. Así que la historia de Señorita María es una gran paradoja, ¿cuál es su propósito al contarla?

R. M.: Mi propósito fue dejar que la luz de la Señorita atravesara mi corazón y el de mis colaboradores. Mi meta no es más grande que lograr que el proceso de hacerla me transforme a mí y a los que me acompañan delante y detrás de cámara. Por doloroso que sea el quehacer del cine, y mucho, siempre es una fiesta irremediable, irrefrenable. De la creación y de la vida. Qué más podría pedir que haber pasado por hacerla. Sería muy soberbio. Ojalá uno logre heredar algo de lo vivido a quien vea las películas. 

Semana.com: Pero en momentos en que los temas de género hacen parte de la agenda pública, ¿qué clase de discusión cree que pueda despertar su documental?

R.M.: No es una película sobre género. A los 10 minutos uno ya sabe que ella decidió ser ella habiendo nacido en el cuerpo de un hombre. Es un viaje a la selva del alma de un ser extraordinario. Las conclusiones y la discusión ya dependen de cómo resuenen los gritos y los susurros que son una película en el acantilado que es cada espectador. 

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Semana.com: Usted ha transitado entre el argumental y el documental, ¿Es descabellado pensar que Señorita María podría haber sido ficcionada? ¿Lo consideró?

R.M.: El cine es uno solo. Muchas supuestas verdades están plagadas de mentiras y viceversa. La verdad la pone uno: la veracidad de la mirada, la honestidad del vínculo. Pero crear un guion para imaginar la vida de la Señorita sería una tontería. Sería inverosímil. Teniendo la belleza pura, de frente, cruel y cruda, para qué jugar a fingirla. Yo hago cine: algunas de las cosas que hago se alimentan de lo que ya está hecho y busco darle forma, orden. Otras se alimentan de lo que así esté hecho hay que reinventar y diseñar. Las cargas simplemente se invierten: en ficción decenas de versiones de guion, ensayos, y varias versiones de montaje. En documental cientos o miles de horas de pesca infértil y fértil, y decenas de versiones de montaje. 

Semana.com: ¿Por qué apostarle al documental cuando este aún no tiene la cantidad de público que debería tener y la gente apenas le está tomando el gusto a este formato?

R.M.: Es mi oficio en la vida. No me pregunto esas cosas porque sería engañarme, y lo mismo al público o a la crítica. Uno hace lo que quiere en la vida, no necesariamente lo que le convenga. Por otro lado la apuesta es hacer, y ganar es poder hacer, no necesariamente publicar.  

Semana.com: Este documental recibe apoyo de  Dago García. ¿Por qué cree que este nombre despierta tantas reacciones, para bien y para mal, entre el público y la crítica?

R.M.: Muchos de los que despotricaron de Dago ahora son sus beneficiarios. Yo no hablé mal de él nunca. No me gustan las películas que produce y lo sabe, y eso es parte de nuestra transparencia en el vínculo. Pero de ahí está sacando para que otros logren cosas muy bellas. Es un ser transparente y brillante, con esa base todo se puede y por eso todo le sale. No cualquiera dice "voy a meter un millón de espectadores a la sala" y lo hace. No es así. Yo no tengo idea de esos mecanismos, por ejemplo. Lo han vapuleado mucho y poco dice. También fue parte fundamental de la financiación de El abrazo de la serpiente y nunca lo vi ponerse en la tontería de restregar su nominación al Óscar (uno de los verdaderos daños que carga el cine como arte).

Semana.com: ¿Cómo es el Dago que usted conoce?

R.M.: Dago ama a muerte a Tarkovsky, a la Ópera, a Leonardo Favio. Es el único que se ve todas las películas colombianas. No sé de una que no se vea. El valle sin sombras fue completamente financiada por su fondo gracias a su intervención. Sin él todo ese dolor madurado de los personajes del documental, durante 30 años desde la avalancha en Armero, no habría sido posible. Yo quiero que le siga yendo bien porque no solo Ciro y yo hemos sido beneficiados con su generosidad y su criterio, sino muchos otros realizadores. Además todas las formas de cine son válidas y posibles.

Semana.com: ¿Qué pudo conocer del campesino colombiano al rodar Señorita María?

R.M.: Pues muchas cosas las sabía. Lo salvaje del supuesto campo idílico. La sordidez de ciertos vínculos, la tradición del abuso sexual (como en cualquier ciudad). Pero esta película me permitió saber de una campesina colombiana, la Señorita. 

Semana.com: Pero en las escenas de esta película se ve, por ejemplo, que ella aún cocina en leña, ¿qué país vio al hacerla?

R.M.: Pues creo que, literalmente, eso: un país donde todavía hay gente viviendo en las cavernas, como el caso de la señorita. Donde hay de todo y se puede celebrar todo. Porque en realidad ella no cocina con ninguna amargura y probablemente esté contaminando menos que uno, además poca gente cuida sus alimentos y tiene la posibilidad de cocinarlos, de escogerlos. Pienso que este documental habla de un país donde todavía están todas las placas tectónicas de la humanidad, todas las capas sociales, todas las opciones. Desde un punto de vista de género, y de opción de género, es una mujer de avanzada y, por otro lado, es una mujer cavernícola.

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Semana.com: En sus trabajos recientes también hay una mirada a las regiones. Además de buenas historias, ¿qué más está encontrando allí?

R.M.: Cualquier película es una mirada a una región. Sea un baño, un cuarto o los Llanos. Yo estoy pasando por las mismas regiones donde se tejió mi niñez y mi vida. No es una región en un sentido general. Los Llanos en Tierra en la lengua son los mismos que caminé descalzo desde niño. No es la región llanera, ni el joropo, ni un fresco de una región: es el paisaje donde transitan mis fantasmas. Acabo de filmar Niña errante en un esfuerzo descomunal, maravilloso, malparido, atravesando el país desde el Pacífico Sur hasta el Atlántico en la Baja Guajira. Es una región también, pero inmensa, llena de regiones, de geografías, incluida la de cada personaje, la de cada ser humano.  

Semana.com: El conflicto armado atraviesa varias de sus producciones. ¿Cuáles son este momento las ventajas y desventajas de abordar este tema?

R.M.: No lo creo así. Lo que usted llama conflicto armado, como constante en estos largometrajes, yo lo llamaría ‘dignidad’, o ‘marginalidad’. La pregunta sería "La indignación y la fuerza de los marginales atraviesa varias de sus producciones". El ‘conflicto armado’ es un concepto tan general como ‘lo social’ cuando los políticos se las quieren dar de sensibles.  

SEMANA: Pero si habla del tema en algunas de sus películas….

R.M.: En La sociedad del semáforo todo transita en la ciudad. No está el conflicto como tal. Hay indigentes y desplazados, muchos por la fuerza, pero también por voluntad de estar en un mundo asqueroso como este, en una sociedad inmunda como esta, bajo el poder de seres inmundos como los que nos gobiernan. Si es ese el conflicto del que habla sí. En Tierra en la lengua hay una sola escena con la guerrilla y es como yo recuerdo su paso por el Casanare cuando uno debía recibirlos: eran como una brisa, la verdad. Puede que el poder haya torcido también a la guerrilla pero a nivel raso eran otra cosa. Nada comparable con el asco paramilitar, que no nos dejó volver por muchos años y que muchos autores se empeñan en igualar con el argumento de que no importa cuál sea el bando. Uno debe tener orilla.

Semana.com: Usted es de los creadores más activos del cine colombiano. ¿Cómo lo logra?

R.M.: Primero el destino. Segundo, no estoy obsesionado con la universalidad: sé que soy un poeta local y eso me conforma, me conforta, me hace libre. Tercero, la generosidad de la gente de la carretera colombiana, de mis colaboradores, de mis amigos. Cuarto y primero, la amistad y trabajo de mi socio Daniel García, que ha dado buena parte de su vida para que mis películas se vuelvan las películas que soñamos. Su fuerza y paciencia son coautoras de mis trabajos. 

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