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| 5/12/2012 12:00:00 AM

Ruido blanco

Mezclando letras poéticas y sonidos electrónicos, Andrés Gualdrón se lanza a la escena como una especie de cantautor de la era cibernética.

Hace unas semanas, la nueva música colombiana despertó con un par de noticias turbulentas. Primero, fue el anuncio de Jacobo Vélez, líder de la Mojarra Eléctrica, en los micrófonos de Radio Nacional: aunque aseguró que el grupo sigue, su fundador les da la bendición y se larga a trabajar en la banda del artista francés Sergent Garcia. Menos de 24 horas después, el diario El Colombiano traía las declaraciones de Edson Velandia respecto a su decisión de disolver el grupo La Tigra: “Se me acabó la cuerda”.

Ambos retiros suceden en momentos muy altos de sus carreras musicales: la última grabación de la Mojarra Eléctrica fue nombrada Disco del Año por esta revista, en tanto que Velandia & La Tigra se había perfilado como una de las agrupaciones más innovadoras al cabo de cinco años, cuatro discos, dos presentaciones en Rock al Parque y una gira suramericana. No son raros estos desenlaces. Todo grupo se crea para luego disolverse, con la noble excepción de los Rolling Stones. Pero ahora que veíamos una evolución, una propuesta sólida, habrá que salir a buscar quiénes están listos para retomar esas banderas.

Un disco, por ahora, circula para satisfacción de los oyentes de canciones de avanzada, esos que quedan huérfanos con el retiro de Velandia. Está firmado por Andrés Gualdrón y los Animales Blancos, y a algunos –este cronista incluido– nos ha costado trabajo de entrada por la arremetida de sonidos poco familiares. Resulta que el disco apareció respaldado por el sello Barrio Colombia que, hasta el momento, lanzaba a interesantes cantautores de guitarra en mano y discurso poético inteligente. Lo de Andrés Gualdrón también es poético pero pertenece a otra estética, algo que tiene que ver más con el grito que con el verso.

Revisemos los antecedentes. Gualdrón se graduó como compositor y productor de la Universidad Javeriana, no sin antes participar activamente en el disco más radical del cantautor Andrés Correa: Los Auténticos Water Resist (dicho sea de paso, el disco físico ya no existe, pero se puede descargar gratis en internet). Cuando le pregunté por su método de trabajo, me habló de un proceso que parece más cercano a la escultura: “Voy grabando capas y más capas de guitarras y teclados hasta generar una gran masa. Luego empiezo a esculpir ese sonido para de ahí sacar las melodías”.

Aquí hay, sin duda, una redefinición del ruido y del papel que este cumple en la música popular. No es un ejercicio nuevo: vienen a la mente los discos de la banda irlandesa My Bloody Valentine; pero en Colombia pocos artistas se habían propuesto trabajar con bases de ruido manteniendo la meta de hacer canciones, es decir, sin caer en el extremo del llamado ‘arte sonoro’. Y en las letras también hay una reflexión sobre el fenómeno del ruido en nuestras sociedades. La canción John Wayne es el himno de un adicto a la pantalla que no hace sino ver películas de vaqueros y transmisiones de boxeo, tratando de sentir la misma emoción pero sabiendo, en el fondo, que no son más que realidades virtuales. Ruido contemporáneo.

La definición de ruido que aprendíamos en la escuela era la del científico Michael Rodda: más allá de los 5.000 hertz y de los 160 decibeles. Pero Rodda escribió aquello en 1967, y la historia del arte es también la historia de gente que le gusta jugar en las fronteras, pasarse de la raya. Cuando Gualdrón me hizo llegar su disco, me advirtió: “Téngale paciencia”. Varias audiciones después, se siente bien haberle hecho caso.
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