Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1985/07/22 00:00

RUMBA Y CINE EN CARTAGENA

Buen cine, Cantinflas y Amparo Grisales, y hasta un miniescándalo en el XXV Festival de Cine

RUMBA Y CINE EN CARTAGENA

Si no hubiera sido por la minitormenta organizada por un grupo de intelectuales anticastristas en París por la no inclusión de una película documental en la programación oficial, la ausencia de la francesita Valerie Kaprisky en las playas y el nerviosismo por el paro del jueves 20 de junio, la celebración de los 25 años del Festival de Cine de Cartagena hubiera sido un certamen perfecto.
Retomado por Focine, financiera y organizativamente, el Festival se sorprendió a sí mismo con el espectáculo casi insólito de que todo estuviera en su sitio, la gente trabajara, las comidas y los vales para reclamarlas se expidieran a tiempo, el noventa por ciento de las películas anunciadas se proyectara, el noventa y cinco por ciento de las personalidades invitadas se pasearan luego entre la curiosidad de los habitantes de la ciudad, las numerosas reuniones, ruedas de prensa y coloquios se cumplieran en sitios cómodos y accesibles, hubiera una oficina de prensa que no regateara los materiales y, en términos generales, todo funcionara.
Desde la primera noche, con la proyección de una fantasía demencial de Woody Allen, "La rosa púrpura del Cairo", pasando por la exhibición en cinco sitios diferentes de cerca de veinte títulos en cada jornada, hasta la noche de clausura con "Una historia oficial" del argentino Luis Puenzo, se tuvo la convicción, para propios y extraños, de que el Festival de Cartagena había encontrado el camino adecuado, mientras el veterano Víctor Nieto y su hijo continuaban en la parte de orientación cinematográfica y un hombre, con el impronunciable nombre de Atahualpa Lichy que dirige desde hace cinco años la sección "Una cierta mirada" dentro del Festival de Cine de Cannes, ponía toda su experiencia, todos sus contactos, todas sus amistades en Europa y Estados Unidos, para conseguir lo que algunos se resistían a creer: que pocas semanas después de Cannes se vieran en Cartagena películas como "La historia oficial", la venezolana "Oriana" que ganaría el certamen, obras maestras como "París, Texas" y "El elemento del crimen", y "Carmen", contada dos veces por Francesco Rossi y Jean Luc Godard.
Para la gerente de Focine, María Emma Mejía, el haber conocido en Rio de Janeiro al enigmático Lichy, y haberlo contratado como realizador de esta muestra, fue un verdadero acierto. Antes, durante y después de Cannes, Lichy pidió, llamó, movilizó todas sus influencias y la cartelera del Festival fue sin duda alguna la mejor presentada hasta la fecha.
La pareja show
Para los intelectuales que todos los días iniciaban la jornada a las diez de la mañana asistiendo a las sesiones del foro sobre el cine colombiano y luego mirando desde las dos de la tarde una de las cinco películas escogidas para el resto del día, seguramente fue un factor sorprendente el que dos figuras muy populares se convirtieran en símbolos de este Festival: el cómico mexicano Mario Moreno, Cantinflas, y la actriz colombiana Amparo Grisales.
Cantinflas, designado como presidente del jurado que calificó las películas que competían dentro de la muestra iberoamericana (tambien hacían parte del jurado el crítico inglés John Russell Taylor, el director venezolano Mauricio Wallerstein, los colombianos Alberto Sierra y Luis Ospina, el brasileño Ulises Dunont y el norteamericano Tom Luddy), se topó con el espectáculo de que miles de personas todos los días abarrotaran un teatro para mirar sus películas realizadas cuarenta años atras y, lo que es mejor, morirse de la risa con los trabalenguas desplegados por un actor que en la vida real, con la piel estirada, con los ojos pequeños defendidos detrás de un par de gruesas gafas, repite las mismas situaciones de sus películas.
Arrastrado por las multitudes desde el momento en que llegó a Crespo, fue saludado, manoseado y empujado por docenas de personas que lo esperaron durante más de seis horas. Las mismas personas a que el actor se había referido al decir: "A mí me gusta ver las caras de la gente cuando sabe que no la voy a despreciar, me gusta ver sus reacciones, me gusta ver la forma como le doy alegría con solo una palabra, con un solo gesto".
Cantinflas no tuvo un momento de descanso en el Festival. Mirando las películas iberoamericanas que competían, asistiendo a almuerzos y cenas en las que volvía a verse con personas que le recordaban fugaces encuentros en otras ciudades, en otros climas, bajo otros cielos, el cómico mexicano mantuvo una heroica disciplina, a pesar de sus 73 años. Hasta sacó tiempo para visitar a niños enfermos y realizar un recorrido por los sitios históricos de la ciudad.
Esa popularidad le fue disputada por una muchacha delgada y ostentosamente erótica, quien no solo apareció en una regular película de acción brasileña, "El rey de río", sino que encendió la pasión de miles de cartageneros anónimos para quienes ella y no las películas intelectuales, representaban el verdadero espíritu del Festival.
La escena parecía la de los moscos atraídos por la miel. No era sino que Amparo Grisales paseara por la calle o apareciera en la piscina del Hotel Caribe o caminara por las playas, en una de sus diminutas tangas, para que enseguida se formaran grupos que la seguían, le hablaban, le pedían autógrafos, la empujaban y, en algunos casos, hasta llegaban a tocarla furtivamente.
Protesta "gusana"
En este ambiente frívolo y descomplicado, el Festival llegaba a su fin, cuando se presentó un incidente que, por algunas horas, pareció podría empañar el éxito del certamen hasta ese momento. Un grupo de exiliados anticastristas que viven en París, respaldados por firmas de personalidades como Ives Montand y Juan Goytisolo protestaron ante lo que ellos consideraban un acto de censura contra una película cubana, dirigida por Orlando Jiménez Leal, el mismo de "El super", y con el título directo de "La otra Cuba". Se desató entonces la minitormenta: la noticia aparecida en la primera página de El Tiempo decía que el Festival, luego de haber aceptado la inclusión de esa película en la muestra oficial, había informado al realizador, por boca de su director técnico, el joven Victor Nieto, que ya no iba, que se había decidido excluirla y que existían fuertes presiones por parte del gobierno cubano para esa decisión.
Los cubanos presentes en el Festival, los directores de cine Manuel Pérez y Pastor Vega, estaban expectantes y prefirieron quedarse callados, al menos oficialmente. Esperaban a ver qué se respondería a los cargos.
Finalmente, después de una rueda de prensa confusa, se expidió un comunicado en el que se dio la versión oficial sobre el asunto: que la película cubana no había sido seleccionada, pero no por presiones oficiales de La Habana sino porque, al igual que otras 25 obras de calidad, simplemente eran del género documental y para este Festival se estaba dando preferencia a los argumentales.
La explicación, aunque insatisfactoria para algunos, le bajó la presión al ambiente. La impresión final que quedó era que, si bien no había habido censura ni presiones cubanas, sí era evidente una falta de coordinación y comunicación entre las diferentes cabezas del Festival. En todo caso, esa misma tarde se pudo ver en video el filme en entredicho. Paradójicamente, Jimenez Leal, el director de la cinta, había inaugurado con su película "Conducta impropia", el certamen el año anterior.
Fuera de este episodio, que a la mañana del jueves, día del paro, había pasado a segundo plano, los cineastas se deleitaron con un repertorio de películas de primer orden.
Las películas
Las expectativas en cuanto al cine europeo y norteamericano estaban centradas en " La rosa púrpura del Cairo" de Woody Allen, "Los gritos del silencio" de Roland Joffe, "Un amor de Swan" de Volker Scholondorff. "París, Texas" de Win Wenders y "Danton" de Andrej Wajda. Sólo dos de estas tuvieron acogida unánime: "La rosa púrpura del Cairo" y "Los gritos del silencio".
Por el contrario, gran parte del público se cansó en "Un amor de Swan", aunque los proustianos y algunos especialistas salieron exultantes. "Danton" lamentablemete no llegó, pero las dos "Carmen" (la de Rossi y la Godard) compensaron el vacío. Estaban además las viejas películas de Godard y de Alain Resnais, las grandes obras de los años 60: "Sin aliento", "La chinoisse" e "Hiroshima".
En Iberoamérica el cine argentino y venezolano compitieron en el plan de amontonar conflictos y personajes, saliendo mejor librados los argentinos quienes, con sus dictaduras y desaparecidos, tienen cuentos más interesantes para narrar. España, en general bastante teatral, en cambio, Cuba y Brasil, cada vez menos trascendentales. México, nada especial con una película que parecía drama y se volvió chiste.
Chile y Bolivia trajeron películas económicas, hechas con la urgencia de la crisis de sus países. Martinica fue una sorpresa agradable. Colombia, decorosamente representada con los mediometrajes de Focine y el largometraje "Pisingaña" de Leopoldo Pinzón, que merecía mejor suerte en la repartición de Indias Catalinas.
En todo caso, a pesar de las vicisitudes inevitables en cualquier certamen de esta naturaleza, el hecho es que en sus bodas de plata, el Festival de Cartagena adquirió una nueva dimensión. La realidad es que, pese a llamarse internacional, el Festival en los últimos años se había tornado en un acontecimiento bastante parroquiano, que gradualmente estaba perdiendo importancia y credibilidad. El que acaba de terminar, obviamente, no es aún un Festival de renombre internacional. Eso no se consigue de la noche a la mañana. Pero se demostró que existe la posibilidad de que con el transcurso del tiempo, lo sea.--

"ORIANA "
Un crítico opina
Un premio mediocre para un Festival excelente. "Oriana" es la típica película del director, directora en este caso, latinoamericano que dice "voy a hacer cine arte": así, por decisión, e inmediatamente recuerda la lentitud de Visconti, las miradas escrutadoras (que se supone deben ser muy profundas) al estilo Antonioni. Por fortuna a Fina Torres, la directora, se le sale en momentos el caribe y deja que se asome en la pantalla ese personaje de la negra criada que es el único con vida propia. El único que le da modulaciones a la voz, porque los demás hablan en un semitono muerto, sin matices, sin expresión, obedeciendo a una estética aprendida, exterior a la historia y al drama que se están contando.
María llega, con su esposo francés, a la finca que la tía Oriana acaba de dejarle como herencia. Mientras el francés arregla el jeep que tiene motor de carro Ford o Chevrolet, ella reconstruye en la memoria los días que por 1930 pasó con su tía Oriana en la finca. Al recordar va construyendo parte de la historia de la finca y de Oriana.
Pero de pronto aparecen situaciones de Oriana --relaciones con su hermano medio-- que María no podía conocer ni recordar. ¿Por qué aparecen esas escenas en la película si se nos está contando únicamente lo que María recuerda? Vaya usted a saber las elucubraciones metafísicas que se darán como explicación.
Muy acertado me pareció el uso de elementos tan propios de la dramaturgia de la época como el secreto del hijo y los datos para descubrir su existencia: el cofre de doble fondo y el álbum familiar con fotos sospechosamente arrancadas. Interesante también ese universo femenino, casi como un clan en que sus miembros se apoyan incondicionalmente. Pero ¿porqué esa lentitud y preciosismo en la imagen que le dan a la obra un estatismo exasperante? Alguien me refutaba diciendo que la vida en esas fincas era así, lenta, aburridora. Eso no justifica que se haga una película tediosa, aunque sus personajes se aburran y no tengan otra cosa qué hacer sino tocar piano, deambular por los corredores y enamorarse del primer hombre que se asome por ahí, así sea su hermano medio. La lentitud en "Oriana" se vuelve fin en sí misma, la lentitud por la lentitud, el juego formal muy bello visualmente pero vacio, puro maquillaje. Y el jurado cayó en la trampa del "cine de arte".--
Hernando Martínez Pardo

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