Lunes, 16 de enero de 2017

| 2000/04/17 00:00

Sabina a los ‘cuarenta y diez’

Una mirada sarcástica al desamor y una pluma impecable hacen de este uno de los discos mejor escritos de la carrera de Joaquín Sabina.

Sabina a los ‘cuarenta y diez’

Los cumpleaños son fechas ambiguas. Al pastel y el canto jovial de los comensales suelen sumarse las profundas meditaciones del homenajeado, por lo general el menos alegre. Y si el aniversario es cifra redonda la cosa se pone más seria. Así le sucedió recientemente al español Joaquín Sabina. Próximo a contar 50 velas se dedicó a musicalizar sus recuerdos, añoranzas y balances. Armó entonces un disco que ha servido a sus fanáticos para volverle a admirar la pluma y al propio Sabina para hacerle frente a una cifra que ni se atreve a mentar, que prefiere llamar los “cuarenta y diez”.

Joaquín Sabina es (digámoslo de una buena vez) el mejor letrista en español desde Joan Manuel Serrat. Claro está que sus temáticas han sido siempre más agrestes, pero es igual el esmero con que escoge cada palabra, con que cuida todo el tiempo la rima y la métrica. La manera como emprende el recuento de sus “cuarenta y diez” no deja de ser amarga, pero curiosamente es una amargura tan bien contada y cantada que nos atrapa como oyentes.

Hay remembranzas, por ejemplo, de oportunidades que se dejaron escapar, de mujeres que hicieron mella. En una canción se lamenta por “los besos que perdí/por no saber decir ‘te necesito”. En otra, que con todo ingenio le da título al disco, regala esta confesión: “Tanto la quería/ que tardé en aprender a olvidarla/19 días y 500 noches”. Y en todas, o casi todas, queda la impresión de una vida vivida a fondo, jugándose el corazón en cada episodio y saliendo derrotado las más de las veces.

Pero a la mitad del disco empieza uno a entender que no se trata de un repertorio lastimero, sino más bien confeccionado con mucho humor negro. 19 días y 500 noches es una mirada sarcástica al desamor, y aun cuando Sabina acostumbre escribir en primera persona cada historia tiene algo de universal y en sus canciones yace la fórmula para curarse un poco. Eso puede ser, en fin, lo que lo hace valioso: esa capacidad de reírse de sí mismo, encogerse de hombros después de narrar una tortuosa historia de desamor y concluir “¿Ustedes me han mirado?/ Pedirle a ese bombón que me quisiera/¿no les parece que era/ pedirle demasiado?”.

Mirar la vida de esa manera es un ejercicio que sólo emprenden los que tienen vitalidad suficiente. Detrás del aparente tono quejumbroso, Joaquín Sabina nos confirma que sigue siendo adolescente de espíritu. Hace las naturales reflexiones sobre su propia muerte pero al final concluye (y el suspiro de alivio no es sólo suyo) que no hay prisas, “que a las misas de réquiem nunca fui aficionado/ que el traje de madera que estrenaré no está siquiera plantado”. Cuando esas cosas se afirman con tanto ahínco no hay nada que temer: tenemos Sabina para rato, al menos para más de 19 días y 500 noches.

Al cabo de una hora el disco se cierra a ritmo de ranchera y con un dueto de esos que son como sueños hechos realidad. Sueño de Sabina, al menos, que siempre había manifestado una extraña pasión por la voz y las canciones de Chavela Vargas. Escucharlos a ambos, entonces, sabiendo de la admiración que se tienen, es simplemente el mejor final imaginable y el mejor autorregalo de cumpleaños.

Ya antes, en un disco titulado Esta boca es mía (1994), Joaquín Sabina había predicado que “las amarguras no son amargas/cuando las canta Chavela Vargas”. Eso es cierto y notorio cuando la escucha uno en calidad de invitada en este álbum. Pero tal vez lo que no ha notado Sabina es que lo mismo se aplica a él, que uno sobrevive a sus relatos amargos con una sonrisa.

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