Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1996/12/23 00:00

SALIDA EN FALSO

La deslucida actuación de Luciano Pavarotti, en la inauguración de la ópera Andrea Chénier, en la Metropolitan House de Nueva York, puede ser el principio del fin del príncipe de los tenores.

SALIDA EN FALSO

Que la noche inaugural de temporada en un teatro como la Scala de Milán termine en fracaso es cosa previsible. La opinión de los milaneses ha estado dividida por siglos y lograr el consenso es prácticamente imposible. A otro precio son las cosas en la Metropolitan Opera House de Nueva York. Que, dicho sea de paso, es la más prestigiosa de las casas de ópera del nuevo mundo. Tanto que allí estrenó Puccini algunas de sus últimas óperas. Metropolitan no es un teatro muy afecto a los riesgos. Por eso sus 'puestas' son sinónimo de gran espectáculo y superproducción. Pero siempre dentro de una línea conservadurista. Tampoco gustan de probar en su escenario nombres nuevos. Por regla prefieren voces ya curtidas en las grandes capitales de Europa, incluida Milán;, así se trate de cantantes americanos. La Met fue a principios de siglo la casa más habitual y frecuente de Carusso. En los últimos años es la de Plácido Domingo y Luciano Pavarotti. A Pavarotti le acaba de corresponder el honor de inaugurar la temporada 96-97. Estaban dadas todas las condiciones para articular una noche triunfal. Primero contar con un elenco encabezado por el 'príncipe' de los tenores. Segundo, porque Andrea Chénier de Giordano es una ópera centrada casi totalmente en el personaje del tenor, es decir, en Pavarotti. La dirección musical estaba en manos de James Levine, el director musical de la casa y uno de los más prestigiosos del mundo. Finalmente, porque como es costumbre allí, no se escatimaron recursos para la realización de vestuario y escenografía. No en vano se asegura que las producciones de la Met forman parte de los atractivos turísticos de Nueva York. Sin embargo, cuando cayó el telón del último acto, la crítica y el público abandonaron el teatro con el amargo sabor de haber asistido más a un fiasco que a una gran noche. Finalmente, todo el cargo del fracaso _que en buena parte le cupo al director de la producción Nicolas Joel_ ha recaído sobre las espaldas de Pavarotti. Según los expertos, el tenor italiano, de 61 años, no se tomó el trabajo de aceptar que en una producción concebida totalmente alrededor de su personaje podría haberse tomado el trabajo de una mínima actuación. Lo que no ocurrió: Pavarotti permaneció prácticamente inmóvil a lo largo de los cuatro actos. El público de buena gana habría aceptado su inmóvil Chénier, siempre y cuando hubiera prodigado las maravillas de su canto. Lamentablemente el tenor se negó sistemáticamente a elevar el volumen de su voz, y a pesar de que el director Levine se dio a la tarea de reducir el de la orquesta, tal situación, en un recinto de la dimensión de la Met, causó lo inevitable: que no se oía nada. Para completar, el divo se permitió bajar un semitono al famoso dúo final, y el asunto no pasó inadvertido para la audiencia. La atmósfera de la sala alcanzó el momento más tensionante y bochornoso en el acto III cuando después del aria, Pavarotti escuchó un helado silencio de su público. Ante la ausencia de tenor, el teatro prefirió ovacionar a sus compañeros de elenco: el barítono español Juan Pons y la soprano rusa Maria Gulegina, debutante esa noche. Obviamente, los observadores se permiten ver en este fracaso de Pavarotti el principio del final. Tampoco pasan por alto cómo Levine manejará los contratos que el divo ha firmado con la casa y que prevén presentaciones suyas en los próximos años.

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