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| 12/10/1990 12:00:00 AM

SALIDOS DEL PLANO

La Galería Deimos expone la obra de diez artistas que se mueven entre la plástica y la arquitectura.


Hay quienes dicen que el arte es uno sólo. La muestra de arquitectos acuarelistas que expone actualmente la Galería Deimos, de Bogotá, lo corrobora. Pasar de una manifestación a otra no es difícil cuando existe una vena artística. Y aunque las técnicas modernas, los efectos electrónicos aplicados al diseño y la masificación como concepto haya llegado muy lejos en la profesión del arquitecto, no se puede dudar de que aún permanece inviolable, en el fondo del ser, la mística y el espíritu que fue responsable de que personajes como el propio Miguel Angel se pasearan con propiedad por el dibujo, la pintura, el diseño y la arquitectura.
Deimos ha seleccionado diez artistas para su exposición. Dos de ellos, Gabriel Largacha y Herbert Baresch, ya no pertenecen a este mundo, aunque su obra es fiel reflejo de un interés constante por interpretar lo cotidiano a través de sus cuadros y construir una nueva realidad por medio de sus diseños arquitectónicos. De alguna manera, la Galería pretende rendir homenaje a su memoria.

Los ocho restantes, de variadas tendencias y diversas edades, están vinculados en la actualidad a su profesión. Han participado -en su mayoría- en la ejecución de obras que no han pasado inadvertidas en el concierto del urbanismo colombiano. Pero, así mismo, se trata, en esencia, de artistas que más que dedicar su tiempo libre a la pintura han encontrado en ella el medio para abarcar realidades que escapan al rigor contemporáneo de su oficio. Lo comprueba el hecho de que casi todos cuentan en su hoja de vida con un recorrido periódico por los salones del arte. Ellos son José Alejandro Bermúdez, Dicken Castro, José María Obregón, Roberto Angulo, Juan Manuel Jaramillo, Javier Peinado, Gonzalo Zúñiga y Luis Fernando Peláez.

No sorprende que la muestra gire alrededor de la acuarela, pues durante mucho tiempo el dominio de esta técnica caracterizó a los arquitectos, antes de que el aerógrafo y el plotter hicieran su aparición. Sin embargo, el que piense que en las obras expuestas priman la geometría y los detalles urbanísticos se equivoca. Sorprende la variedad de temas y de medios de expresión plástica.
El paisaje es un motivo recurrente, con diversos matices: visto a la luz de un amanecer campesino, a través de las sombras de la jungla o en el mediodía de los cultivos boyacenses. Resulta curioso, así mismo, que predomine lo figurativo frente a la abstracción, cuando podría pensarse que a partir de un plano típico sería más conducente llegar al simbolismo. Este caso se presenta, por excepción, en las acuarelas de José Alejandro Bermúdez, caracterizadas por un manejo del espacio que le da vida a la profundidad, por una geometría -en este caso sí- que busca el equilibrio por contraposición de planos.

No implica este hecho de salirse deliberadamente del marco del oficio que, en efecto, la casa -y la construcción en general- no pueda aparecer en el contorno pictórico. Pero lo hace más como elemento recreativo en la composición. El detalle arquitectónico, ajeno al rigor de la línea, surge más como un medio en la búsqueda artística, que como un fin premeditado.

A través de los 42 cuadros que conforman la muestra, en la que prevalece el formato mediano, se pasa del bodegón cartagenero, integrado con construcciones coloniales, veleros y atardeceres, al retrato de cisnes que permiten el despliegue del color. Del camino tayrona, en el que las ramas de los árboles juegan con los rayos de luz que tímidamente llegan hasta el suelo, a la perspectiva de una ciudad lejana que sólo se define, en el horizonte, por el reflejo del neón en el cielo nocturno.

De manera que si hubiera que definir una característica que predomine en el trabajo pictórico de este grupo de arquitectos, para establecer una conexión directa entre los dos oficios, ésta no sería otra que el íntimo gusto por el arte. -
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