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| 5/3/2014 1:00:00 AM

¡Hasta siempre, Salomé!

Esta semana cerró uno de los sitios más emblemáticos de la escena salsera y cultural de Bogotá. Con el fin de este espacio se van 26 años de boleros, sones y rumba.

En 1978, cuando César Pagano, Juan Guillermo Gaviria y Gustavo Bustamante inauguraron el primer Goce Pagano, en el centro de Bogotá, era difícil imaginar que los ritmos de La Habana, San Juan de Puerto Rico y el barrio latino de Nueva York se quedarían a vivir en la capital colombiana, una ciudad fría y lejos del mar. Ese lugar, donde nunca faltaron los cuentos de Julio Cortázar ni los clásicos de la Fania, se convirtió con el tiempo en el punto de encuentro de poetas, artistas, intelectuales y bohemios de la época.

La idea de abrir un espacio como el Goce surgió en alguna de las rumbas que César Pagano organizaba en su apartamento, a pocas cuadras de la Universidad Nacional de Bogotá. Aunque las fiestas eran un éxito, las quejas de los vecinos y los reclamos de su esposa de ese entonces hicieron que él pensara en buscar un lugar más apropiado para sus noches de salsa y su colección inicial de 300 discos de música del Caribe.

Como Pagano tenía claro que así como “sin negro no hay guaguancó”, sin sitio no podía seguir la rumba y encontró un local en el centro de la ciudad, en la carrera 13 con calle 23. El espacio había pertenecido al Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (MOIR) y pasó a manos de Pagano, Gaviria y Bustamante por 100.000 pesos, que fueron cancelados de forma equitativa entre los tres.

El periodista Guillermo González Uribe, exdirector de la desaparecida revista Número, uno de sus fieles visitantes, recuerda las tertulias y el peso cultural del Goce dentro del círculo intelectual bogotano: “Era más que un rumbeadero de música cubana, allí se editaron libros, se produjo una publicación periódica denominada ‘Los papeles del Goce’, se leía, se bailaba...”. Era un ambiente tan generoso con el arte y la literatura, que uno de sus meseros terminó escribiendo una novela titulada Primero estaba el mar. Ese mesero es hoy uno de los escritores más admirados del país: Tomás González.

En 1980, Pagano decidió abrir una nueva sede del Goce en el barrio La Macarena, al frente de las Torres del Parque. Allí duró dos años y por inconvenientes con el vecindario decidió irse para la Avenida Caracas con Calle 73. En este último lugar hubo noches con Los Van Van de Cuba, Eddie Palmieri y Chucho Valdés, entre otros. Sin embargo, ninguna fue tan especial como la que aún recuerdan Enrique Santos Calderón, Shaio Muñoz y el mismo César. Era diciembre de 1983 y la gente en el Goce creía que las paredes se iban a caer por la rumba que estaban formando, nada más ni nada menos: Gabriel García Márquez, Mercedes Barcha, Dámaso Pérez Prado y el compositor vallenato Náfer Durán.

Por fiestas como esas, donde tenían lugar la literatura, el periodismo y la salsa, es que Enrique Santos Calderón asegura que “con el cierre de Salomé Pagana mueren una época y una forma de concebir la rumba. No es casualidad que ‘salsa con criterio’ fuera su consigna”.

En 1988, tras una ausencia de tres años y después de haber viajado por Cuba, el Caribe y la Costa colombiana, César Pagano abrió un nuevo templo de la salsa en la zona rosa de Bogotá, esta vez bajo el nombre de Salomé Pagana: el lugar que hoy se despide.

César lo cerró porque, como él mismo dice: “Los tiempos han cambiado, la fiesta ya no se vive igual y el sector donde está ubicado se ha llenado de vicios”.

El creador de tanta rumba, que mantiene la fe en el encanto de la salsa, ahora seguirá trabajando desde la academia y la radio con “optimismo caribeño”, para seguir diciéndole al mundo: “¡Salsa y cultura, hasta la sepultura!”.

Del Goce a Salomé

1. Un día bonito – Eddie Palmieri
2. Aquí el que baila gana – Los Van Van de Cuba
3. Vete de mí – Hermanos Expósito 
4. Aguacero de mayo – Totó la Momposina
5. La Rebelión – Joe Arroyo
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