Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1995/10/30 00:00

SANGRE Y ARENA

La gran cualidad de la quinta temporada de ópera ha sido su capacidad de alborotar el cotarro lírico.

SANGRE Y ARENA

QUE EN UNA temporada de ópera las funciones salgan bien -apenas bien- es cosa que produce el más imperdonable de los pecados líricos: el tedio. El público de este espectáculo se parece al de los toros, exige faenas inolvidables o secretamente desea el derramamiento de sangre. Hay quien asegura que el aficionado visceral -que es el más genuino de todos- es arbitrario por definición, añora ser testigo de un escándalo y quiere un muerto, por eso ve la escena como una arena de luchadores y ama el tremendismo, pero cuando éste se da, entonces asume la más puritana de las actitudes y oficia como el sumo sacerdote que no permite mancillar el sagrado altar del arte. La actual temporada de la Fundación Camarín del Carmen en el Teatro Colón, arrancó el pasado mes de julio y ya ha ofrecido un poco de todo esto. A la fecha hay galardonados, sobrevivientes y también crucificados.
La producción de La italiana en Argel fue impecable tanto por el elenco de solistas como por la exquisita producción del Teatro de la Opera de Colonia en Alemania. Falló en la poco chispeante dirección musical del colombiano Manuel Cubides. Sin embargo, lo realmente interesante fue la reacción del público con la mezzosoprano Marta Senn, durante años la más querida cantante lírica del país, a quien premiaron su actuación, quizá la más importante que le haya escuchado el público capitalino en toda su carrera, con un aplauso discreto, casi 'de recibo'. En cambio, para la soprano húngara Erika Miklosa hubo ovaciones estruendosas. Injusto, cuando la parte de la Miklosa no equivalía ni siquiera a la décima parte del compromiso y responsabilidad que afrontó Senn. Así es el público de la ópera: injusto y arbitrario.
Con el segundo título, Rigoletto de Verdi, hubo que aceptar que se trataba de un espectáculo formidable. A pesar de la doble cancelación del anunciado barítono italiano Bruno Pola y de su esposa la soprano colombiana Zorayda Salazar en su regreso a la escena local, se dio el milagro de que elenco de menor cartel terminó protagonizando un estruendoso suceso, con ovación noche tras noche y boletería agotada. Rigoletto tuvo la suerte de contar con una producción inobjetable, lo suficientemente respetuosa del original como para no alborotar a los ortodoxos y lo suficientemente osada como para no permitir el tedio. Además hubo estrellas en el elenco: el tenor mexicano Fernando de la Mora y el director del teatro de Bellas Artes de ese país, Enrique Patrón de Rueda. A la hora de los galardones los grandes griteríos fueron para la soprano Danielle Strauss, merecidos, sin duda, pero también con cierto tufillo de arbitrariedad, pues los merecían igualmente apasionados el tenor De la Mora, el director Patrón y el protagonista de la ópera, el colombiano Juan Carlos Mera.
Esta semana está en el patíbulo Madama Butterfly de Puccini que ha producido las tardes de sangre y arena que resultaban necesarias luego del Verdi que a todos les tapó la boca. La crítica cayó sin piedad sobre el director escénico argentino Alejandro Chacón por el pecado mortal de permitir tumultos en el primer acto, por desatender los detalles del drama en el segundo y por utilizar recursos dramáticos en desuso. La producción del teatro Teresa Carreño de Caracas ha sido juzgada con lupa y el fallo es inapelable: lo que funciona en la capital venezolana, sobre el Caribe, sencillamente no puede correr con suerte a 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar y en pleno corazón de los Andes. De paso la avalancha alcanza a arrastrar los cadáveres de los protagonistas por una actuación que se considera deficiente y de hecho lo es. Algo que durante siglos ha sido la gran tradición, pan de todos los días y el lugar común del escenario operístico.
Así van las cargas. Por lo pronto la Fundación Camarín del Carmen puede asegurar que, con los naturales altibajos y las clásicas y a veces vociferantes discusiones de los aficionados en los intermedios, se ha conseguido una temporada que logra tener los ingredientes típicos del género: mucha música, teatro, vestuario, decorados, polémica y sobre todo ¡sangre y arena!.


ZARZUELA EN BOGOTA Y MEDELLIN
ES SIN DUDA EL GENERO LIRICO más querido por la afición en el país Tanto así que Medellín arranca su propia temporada en el Pablo Tobón Uribe la próxima semana, con dos títulos: La del Soto del Parral y Los Gavilanes. Bogotá cierra temporada de ópera con Luisa Fernanda, la zarzuela de las zarzuelas.
En Medellín representa el regreso a escena de la mezzosoprano colombiana Sofía Salazar, 'monstruo' de las viejas temporadas y considerada como la más extraordinaria voz que produjo el país en las últimas décadas, crucificada en una Carmen de Bizet de la temporada de ópera de 1992. Bogotá programó su luisa para ser protagonizada por Marta Senn, quien finalmente la declinó, aparentemente porque no se sintió demasiado cómoda con la partitura. Lo cierto es que tanto Medellín como Bogotá cuentan con la dosis necesaria de elenco español, que es la auténtica sal del espectáculo. ¡Y olé! .

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