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| 11/22/2013 12:00:00 AM

Santiago, el genio del chelo

Santiago Cañón Valencia, el chelista bogotano de 18 años se está abriendo paso en el mundo del violonchelo.

Aquel niño que a sus dos años de edad coloreaba florecitas sin salirse de la línea, armaba rompecabezas “volando” y distinguía con naturalidad los sonidos de los instrumentos musicales que escuchaba en una sinfonía, se muestra hoy como un hombre de proyecciones claras, que tiene un único y gran propósito en su vida: “ser un artista integral, no sólo un chelista”.

Los casi 1.80 que Santiago tiene de estatura se quedan cortos ante el sinnúmero de éxitos que se ven venir en la carrera artística de este joven colombiano que nació en 1995 en una familia literalmente musical, en la cual el papá, Ricardo Cañón, toca el clarinete; la mamá, Rocío Valencia, interpreta el chelo; y la hermana, Natalia –cinco años mayor que él-, se entiende con el violín.

“Desde que Santiago era muy chiquito yo encontré cosas fuera de lo normal en él. Tenía una inteligencia artística a flor de piel”, dice su madre, Rocío Valencia, quien siendo una confesa y profunda enamorada del chelo predestinó a su hijo desde mucho antes de nacer para que fuera un gran intérprete de ese instrumento cuyo sonido evoca la textura del terciopelo.

Santiago debutó como solista a los 6 años con el concierto en La Menor para chelo y orquesta de Vivaldi, el cual tocó en compañía de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Con paso lento, sigiloso y una sonrisa que denotaba la timidez propia de un niño común, apareció Santiago en el plató del auditorio León de Greiff, en abril del 2002, para ofrecer el que sería el primer gran concierto de su vida.

Antes de cumplir los tres años de edad, Santiago empezó a asistir al jardín infantil Rafael Pombo, en Bogotá, donde cursó párvulos, prekínder, Kínder y transición. Allí, además de realizar sus primeras presentaciones en compañía del chelo, recibía el modesto pago de algunos compañeros que le encargaban dibujos, composiciones que hacía desde ese entonces con un trazo destacable para su edad.

“A veces Santi llegaba con monedas a la casa y después de un tiempo fue que le preguntamos de dónde las sacaba y nos dijo: es que le hice un dibujo a un amigo y me dio plata”, recuerdan Rocío y Ricardo.
 
Del Jardín Rafael Pombo, Santiago pasó al Colegio Angloamericano. Una vez sus padres y su maestro notaron que el niño debía dedicarle más tiempo al estudio del chelo, a sus 8 años (en tercer grado) pasó al Colegio Virtual Siglo XXI, donde se graduó a los catorce.

Según Santiago, pese a que al comienzo de todo fue complejo sentir que tenía una vida normal -dado que empezó desde muy temprana edad a adquirir compromisos-, sus padres siempre supieron balancear el tiempo que debía dedicarle a la música con el que fuera necesario para compartir con su familia y amigos.

“Él estudiaba en las mañanas y tenía como cinco minutos para salir a descansar, entonces nos decía: bajemos rápido que tenemos cinco minutos”, cuentan Nicolás y Mateo Correa, amigos de infancia del conjunto en el que siempre vivió Santiago en Bogotá. “Nos poníamos las pintas de los equipos de fútbol y jugábamos un rato los tres”, precisa Nicolás.

Una tarde cualquiera Ricardo Cañón escuchaba un ruido que provenía del primer piso del edificio, y cuando le dio por asomarse a la ventana para ver de qué se trataba el estruendo vio a Santiago “montado” en unos patines. Enseguida le dijo asustado a Rocío lo que había visto, temiendo que su chelista de entonces pocos metros y talento musical elevado se cayera y sufriera una fractura o algo semejante. Ella sólo le contestó: “déjalo, si no lo hace ahora, ¿cuándo?”.

Santiago empezó en el chelo a los 4 años y medio. Su primera maestra fue Rocío,  su madre, quien consideró que el niño debía ser guiado desde un principio por uno de los grandes, el maestro polaco Henryk Zarzycki, quien antes había sido profesor de ella por un año y medio.

Cuando Rocío le propuso a Zarzycki que Santiago fuera su discípulo, el maestro temió no ser capaz de enseñarle a tocar el chelo, dada la corta edad del niño. Sin embargo, el músico tuvo que ceder ante la petición especial de Rocío, una vez se dio cuenta de los notables avances que Santiago había mostrado en el corto tiempo que llevaba su madre instruyéndolo en casa.  

“Yo programé a Santiago para que fuera chelista. Es de verdad, lo hice desde que él  estaba en la barriga”, agrega Rocío, aún más convencida de sus palabras hoy, cuando Santiago (a sus 18) ya es egresado del pregrado de música de la Universidad de Waicato, en Hamilton (Nueva Zelanda) -donde grabó en febrero del 2012 su primer CD titulado “Solo”- y desde agosto pasado adelanta sus estudios de postgrado en Dallas, Texas (EE.UU.).

Todo fue dándose desde muy temprano para que Santiago iniciara su recorrido por la música. Con apenas 4 años de edad, su madre contactó a Vicente Larrain, un lutier chileno, para ver si él tenía en su haber un chelo de las más pequeñas proporciones. Casualmente, a Larrain le habían encargado uno con esas características, con el cual lo habían dejado “metido”, tal como él le expresó a Rocío en su momento. Ese fue el primer violonchelo de Santiago.

Hoy tiene cuatro chelos, entre los que cuenta dos pequeños y dos grandes. Estos últimos son: uno que fue traído por el maestro Zarzycki desde Polonia en el 2005 y otro que le regaló el reconocido chelista chileno Andrés Díaz, quien es ahora su profesor en Dallas.

Santiago disfruta sus ratos libres entre la fotografía, la pintura, la televisión, y la música, la cual no es precisamente clásica. El chelista suele escuchar géneros como el post-rock, el shoegaze y el metal, corrientes musicales contemporáneas que, cercanas o distantes de lo clásico, son música para él a fin de cuentas.

Cañón, quien suele tocar guitarra eléctrica cuando siente que necesita despejar su mente de la música clásica, se define a sí mismo como una persona perfeccionista, de buen humor y muy relajada. “No me estreso fácilmente”, dice y agrega a la lista de características propias, que también se considera un poco tímido.

Cualquier conocedor de arte creería que no hay espacio para la timidez en alguien que se ha enfrentado con su chelo a importantes públicos y escenarios del mundo, interpretando obras como Capricho no. 24, de Paganini; Le grand Tango, de Astor Piazzola; Puneña No. 2 para chelo, de Alberto Ginastera y el concierto para violonchelo en Mi Menor, de Edward Elgar; entre otras. Sin embargo, a Santiago le sudan las manos cuando de hablar con una persona desconocida se trata.

El joven ha participado en concursos de talla internacional desde sus once años -en el 2006-, cuando se presentó en el “Carlos Prieto”, en México y recibió el premio a “La joven promesa del violonchelo”. A sus trece participó en el Concurso Internacional de Chelo “Adam”, en Nueva Zelanda, donde obtuvo dos reconocimientos. En el 2010 (con 15 años), ganó el segundo puesto –dado que el primero fue considerado desierto por el jurado- en el III Beijing International Music-Cello Competition.

La valiosa calidad musical de Santiago -a quien le gusta mucho más estudiar entre la noche y la madrugada- es algo de lo que dan fe los grandes maestros. El actual director de la Sinfónica de Colombia, Eduardo Carrizosa, considera que el talento de Santiago es excepcional, lo cual pudo notar desde que dirigió a la Filarmónica de Bogotá en el 2002, el día que Cañón hizo su primera presentación en grande.

“La experiencia del concierto de Santiago con la Filarmónica de Bogotá fue una enseñanza para todos, porque es la muestra fehaciente de que una persona con un talento especial, que tiene un entorno musical y buenos maestros desde su infancia puede llegar a desarrollar una carrera paralela a su desarrollo como ser humano”, dice el maestro Carrizosa y añade: “porque Santiago no es solamente un buen músico, es también un ser humano excelente”.

En julio pasado, Santiago se presentó una vez más con la Filarmónica de Bogotá, después de casi doce años. En esa ocasión tocó el concierto de Elgar, una de las obras cumbres de la literatura para chelo, y el maestro Carrizosa estuvo allí de espectador, notando –según dice- ya a un artista, a una persona con conceptos claros de lo que quiere y que ha adquirido una madurez integral que lo reviste de autoridad para tocar su propia versión de la obra e imponer donde quiera que vaya un estilo tan suyo como el chelo.
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