Martes, 24 de enero de 2017

| 1997/12/08 00:00

SE DETUVO LA MUSICA?

Las giras de los tres tenores han masificado la música clásica pero hay quienes piensan que el espectáculo sólo ha servido para decretar la muerte de la música culta.

SE DETUVO LA MUSICA?

la música dejó de ser un arte. Es, a lo sumo, un producto más de la bien aceitada maquinaria económica del mundo. La ópera y la música clásica han sufrido una transformación tan profunda que a muy pocos les preocupa la esencia misma del hecho artístico, aplastado por el poder de los medios y una poderosa organización corporativa. Lo que se inició en el siglo XVIII como un negocio familiar que se apoyaba en pequeñas empresas se ha metamorfoseado en el monstruo de los megaconciertos en los estadios, mediante los cuales Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y José Carreras, los tres tenores más publicitados del mundo, pregonan la popularización de la ópera _a pesar de que cada día la interpreten menos_ y con un canto que, para los críticos, es francamente sospechoso como para sustentar los millones de dólares que se reparten. Por lo menos esa es la denuncia que hace el crítico Norman Lebrecht en su libro Cuando la música se detiene, de reciente aparición en Estados Unidos. El objetivo del autor es destapar la otra cara de la moneda, la historia de la música haciendo de lado el aspecto creativo para concentrarse en uno más real: el del negocio. Para Lebrecht la olla se destapó con los conciertos de los tenores en los mundiales de Italia 90 y USA 94, en los cuales el arte fue un convidado de piedra y Nesum dorma dejó de ser un aria de Turandot para convertirse en un himno futbolístico que ha producido millones de dólares a la industria disquera.Después del éxito de las giras de los tenores hoy nadie se atreve a negar que la música se ha convertido en un negocio redondo, uno de los más lucrativos y estratégicamente concebidos pues, entre otras cosas, cuenta casi siempre con el apoyo del Estado que, con ingenuidad o sin ella, trabaja en llave con manejadores y corporaciones. Detrás de todo este fenómeno, que para Lebrecht está acabando con la música como expresión artística, están los superagentes, verdaderas multinacionales que no dudan en poner y quitar directores a su antojo, escoger el repertorio más conveniente en términos de mercadeo, seleccionar solistas y decidir grabaciones sin que, precisamente, los motive el amor por la música. Según el autor, lo grave es que los agentes poco entienden de música, pero saben de cifras y las mueven a su capricho. Sólo en 1991 en Estados Unidos las orquestas generaron presupuestos cercanos a los 700 millones de dólares, el 51 por ciento para sufragar gastos de directores invitados y solistas. En Europa las estadísticas no difieren demasiado. Globalmente en 1995 el negocio movió un cuarto de billón de dólares, una cifra que habla con elocuencia del crecimiento de la empresa musical.
Los pioneros
A pesar de que los medios masivos lo han multiplicado hasta equipararlo con el negocio deportivo, el fenómeno, curiosamente, está lejos de ser una creación del siglo XX. De echo, las primeras superestrellas que surgieron en el panorama mundial fueron los castratti, intérpretes de voz andrógina que en el siglo XVIII enloquecieron al refinado público europeo. Se dice que Farinelli, el más famoso de todos, ganaba en una noche la misma cifra con la que se sostenía una familia burguesa durante un año. Los músicos trabajaban para la corte pero a mediados de siglo Bach y Händel fueron los primeros en dar el paso hacia la independencia. Sin embargo el primer manager no aparecería hasta las postrimerías del siglo XVIII. Se trataba de Peter Salomon, un violinista judío que, conociendo a fondo el gusto musical inglés, tuvo el olfato de llevar a Londres a un músico de notable fama en Viena. Era Joseph Haydn. Sus giras por Inglaterra fueron tan lucrativas que Salomon se convirtió en empresario. Pero si el fenómeno de las superestrellas era tímido, en el siglo XIX Paganini se encargó de transformarlo en un verdadero arte. A la par de su prestigio como violinista, Paganini se hizo levantar leyendas que no hicieron otra cosa que popularizarlo hasta el exceso. De él se decía que tenía un pacto con el diablo y que la última cuerda de su violín estaba hecha con el intestino de una amante a la que había asesinado. Hacía pantomimas estrambóticas simulando haber sido tocado por el demonio. Sus artificios fueron suficientes para recorrer Italia, Francia, Alemania y Austria y amasar una gran fortuna, que incluía 26 violines, entre ellos siete Stradivarius. Su encanto cautivó a Schumann, a Chopin y a Franz Liszt, quien tenía 14 años cuando juró que lo que Paganini había hecho con el violín él lo haría con el piano.Liszt cumpliría su promesa de la mano de quien es considerado el primer agente moderno: Gaetano Belloni. Convencido de que al prodigio de Liszt había que añadirle un toque publicitario, Belloni se inventó la 'lisztsomanía', un fenómeno con tres ingredientes fundamentales: el musical, el religioso y el erótico. Le construyó una fama de mujeriego empedernido que combinó con una faceta de místico que llevaría a Liszt a terminar su carrera convertido en cura. Esta explosiva mezcla, acompañada de grandes campañas de expectativa en las ciudades donde el músico era anunciado, dispararon su carrera. Liszt llegaba a bordo de un carruaje tirado por seis caballos blancos mientras Belloni no sólo preparaba a la prensa para el evento sino que llegó a pagarle a más de una fanática para que gritara y se desmayara en pleno concierto. El espectáculo fue tan sonado que llegó a los oídos de Phineas Barnum, un empresario de circo que había hecho fama recorriendo Estados Unidos con números como el de la mujer barbuda, la levantadora de pesas y la vaca oveja. No entendía nada de música pero sabía reconocer los grandes negocios. Le propuso a Liszt una gira por Norteamérica por 500.000 dólares, pero al pianista sólo le interesaba Europa. Entonces Barnum, conociendo el puritanismo que se respiraba en el Nuevo Mundo, habló con Jenny Lind, la soprano más famosa de Europa y quien posaba de dama muy moral. Sin haberla escuchado jamás, Barnum armó una campaña publicitaria basada más en los valores morales que en las condiciones artísticas de su representada. La vendió como una santa preordenada y durante la gira por Norteamérica ambos recaudaron cientos de miles de dólares. Con la irrupción del siglo XX hicieron también su aparición las primeras agencias en Nueva York, mientras en Europa un ruso de apellido Diaghilev promocionó lo mejor del ballet de su país. Diaghilev recorrió el mundo hasta llegar a Buenos Aires, llevando de su mano a artistas de la talla de Nijinski y Leonid Massine. El invento del disco habría de revolucionar para siempre el negocio. El primero en aprovecharlo fue Enrico Caruso, el más grande tenor del siglo y quien supo transformarse a sí mismo en una multinacional. Prácticamente no hubo un solo pueblo del orbe donde no hubiera llegado una grabación suya. La industria estaba creada. El más grande empresario de la historia, Sol Hurok, llevó a Caruso hasta las pirámides de Egipto para interpretar Aida, y luego se valió de María Callas para montar la famosa Arena de Verona en los coliseos. El espectáculo se había salido de los teatros para empezar a llenar estadios.
¿El fin de la música?
Pavarotti, Domingo y Carreras no han sido sino la apoteosis de esta danza de millones (ver recuadro). El grueso público está feliz pero más de un crítico tiene los pelos de punta. El problema, para Lebrecht, radica en que la masificación arbitraria de la música está trayendo graves consecuencias en el reducido círculo de compositores e intérpretes contemporáneos. Si los siglos anteriores vivían a pleno goce la música de su época, el siglo XX vive del pasado, atendiendo los requerimientos de la industria sin intentar renovar el repertorio con compositores frescos. Y si a esto se suma que el refinado público que asiste a los espectáculos lo hace sólo para cumplir con su vida social y escuchar repertorios más que masticados, el desarrollo musical podría terminar aplastado por las garras de un negocio que ha perdido toda noción artística en aras de explotar la música como un espectáculo circense.

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