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| 8/17/1987 12:00:00 AM

SE EQUIVOCO LA PALOMA

La última novela de Suskind desmitifica héroes y lugares comunes de la literatura contemporánea.

Un viernes por la mañana en agosto de 1984, la vida tranquila, doméstica y mecánica de un hombre llamado Jonathan Noel, vigilante de un banco en París, saltó en pedazos porque, al abrir la puerta de su habitación en busca del retrete que compartía con los otros inquilinos del piso, se encontró cara a cara con una paloma.
Una paloma: "Casi había puesto el pie en el umbral, ya lo había levantado, era el izquierdo, la pierna estaba a punto de dar el paso... cuando la vio. Se hallaba sentada ante su puerta, apenas a veinte centímetros del umbral, bajo el pálido reflejo de la luz matutina que entraba por la ventana". Un incidente doméstico y baladí pero, para un hombre metódico, solitario y mecánico como Jonathan era el desastre total, era la alteracion profunda de sus hábitos, su entorno, los movimientos que debía hacer, las palabras que pronunciaba todas las mañanas. Y lo peor de todo es que sintió miedo, un miedo que se parecía a la muerte, un asombro que lo alteró, lo congeló, lo petrificó, lo hizo sentir muy mal, y lo colocó, según todos los síntomas, en el umbral de un infarto.
Jonathan Noel es el protagonista de una historia breve escrita por el alemán Patrick Suskind (editada en castellano por Seix Barral con 126 páginas), con un título tan doméstico como la crónica reconstruida, "La paloma". Después del salvajismo y el humor negro de "El perfume", y el absurdo del músico en "El contrabajo", ahora aparece esta novela que en el fondo es una burla contra la acumulación de símbolos, pistas, alusiones, obsesiones y parábolas que repleta la literatura contemporánea. Suskind se burla de los colegas que cuentan historias sobre personajes encerrados en ellos mismos, hace mofa de las tragedias que se incuban en espacios pequeños (secuelas de los estragos causados por los de la Nouveau Roman, encabezados por Robbe-Grillet), provoca carcajadas con este antihéroe quien, a partir de ese encuentro desafortunado con el pequeño e inofensivo animal se lanza a una serie de actos irreflexivos que con el correr del día se irá complicando más, descuidando su trabajo, rompiéndose el pantalón, convirtiéndose en un manojo de nervios que siente picazón por todos lados. Decir que las alusiones de esta novela son kafkianas es caer en el facilismo. Más bien digamos que la historia se alimenta con el absurdo, el humor negro, el vacío y también la desesperanza de las películas de Buster Keaton y Groucho Marx porque la tragedia de este hombre ridículo es muy cómica y el lector, a tiempo que lo compadece y se solidariza con él, también se divierte con esta especie de payaso triste que ya no sabe qué hacer para escapar al asedio asqueroso de la paloma. El pequeño animal cobra las dimensiones de un dragón, su sangre caliente impide que sea sacrificado y empuja al enemigo a una peregrinaclón por un París azulado, como si fuera Magritte .
Si alguien duda de las cualidades y recursos narrativos de Suskind esta novela, tan bien escrita, lo convencerá de hallarse ante un narrador que desmenuza el lenguaje, lo cierne y apenas entrega lo esencial de una historia que se muerde la cola. La descripción de la única comida que hace Jonathan esa noche, en una habitación que no es la suya, mientras asistimos al inventario de las sardinas, el vino, el pan, la pera y el queso es genial y vuelve a colocar las piezas en su sitio. Lavado por la lluvia de toda culpa y todo miedo, el antihéroe regresa a enfrentar ese enemigo pequeño en el cual, todos podemos proyectar y resumir nuestras fobias, nuestros miedos y complejos.






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