Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/07/14 00:00

Secretos íntimos

Arreando estaño, infidelidades y controladores.

Sarah Pierce (Kate Winslet) y Brad Adamson (Patrick Wilson) emprenden una aventura romántica, a espaldas de sus parejas, tras conocerse en un parque al que llevan a sus hijos en las tardes del verano

Título original: Little Children.
Año de estreno: 2006.
Dirección: Todd Field.
Actores: Kate Winslet, Patrick Wilson, Jennifer Connelly, Gregg Edelman, Jackie Earle Haley, Noah Emmerich.

Se le va la mano en la miseria. Que no estaría mal, de ninguna manera, si no cayera en escenas enfáticas que hacen lo mejor que pueden para probar una hipótesis que nos ronda a todos: la sospecha, sugerida desde el título original, Niños pequeños, de que no hemos sido capaces de convencernos de que crecer es un final feliz. Se le va la mano en la miseria, digo. Y el problema no sería tan grave, ni más faltaba, si semejante esfuerzo no lo sacara a uno de la película, si no lo pusiera a pensar en los artificios de la producción, de la historia con cara de alegoría (quiero decir: si no lo hiciera sentir algo parecido a "están haciendo todo esto para convencerme de algo"), justo cuando tendría que acorralarlo a punta de personajes trágicos que descubren su incapacidad para querer a alguien más aparte de sí mismos.

Algo similar sucedía en Felicidad, en Vidas en común, en Belleza americana: la desdicha de la vida suburbana, plagada de desviados sexuales, de padres negligentes, de adúlteros culposos, de mujeres extraviadas dentro de sus cuerpos, se ha vuelto ya todo un género cinematográfico. La moraleja es, siempre, "nada es lo que parece". La trama es una suma de deslices humanos (o mejor: de supuestos deslices humanos) de los que los protagonistas se recuperan a medias.

Quizás el problema del género sea este: que se ha empeñado en despertar a ese auditorio norteamericano, formado por un supuesto gringo promedio, que parece haberse resignado a su confortable vida de barrio como un abnegado condenado al infierno, pero que se dirige a ese público con una ironía, con un hastío, con unas ínfulas literarias, que pueden llegar a afectar, incluso, la verosimilitud del relato.

Tal vez sea tarde en la reseña. Pero ninguno de los párrafos anteriores pretende probar que Secretos íntimos es una mala película. Quiere explicar, nada más, por qué no es una obra tan contundente como la anterior de su director: porque, mientras la maravillosa En el dormitorio sólo tenía clara la ira de unos padres que pierden a su hijo, la admirable Secretos íntimos está demasiado preocupada por probar las ideas que sabemos.

En medio de ese esfuerzo, por supuesto, consigue encuadres sugerentes, secuencias asombrosas y actuaciones estupendas. Y logra, en ese espectador que nada tiene que ver con las enloquecedoras comodidades de los barrios estadounidenses (que David Lynch convirtió en escenario de sus pesadillas), la impresión de que podría encontrarse con cualquiera de sus protagonistas a la vuelta de la esquina.

Se le va la mano en lo alegórico. Pero es una película buena, valiente, compasiva. Lo que significa que, a pesar de todo, cada quien hallará un personaje -el marido menospreciado, la esposa frustrada, el tipo al que sólo lo quiere una persona en el mundo- para ponerse de su lado. Y que verla sirve para meterse en uno mismo.

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