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| 2/5/2001 12:00:00 AM

Sexo sin pudor

Una película y una nueva biografía sobre el marqués de Sade ponen sobre el tapete la validez de una literatura que no cesa de escandalizar.

Considerando que el señor de Sade está poseído por la más peligrosa de todas las locuras; que sus escritos no son menos insensatos que sus palabras y su conducta personal; que dichos peligros son sobre todo inminentes en medio de seres cuya imaginación ya es de por sí débil o extraviada, se decreta lo siguiente: el señor de Sade será alojado en un local completamente aislado de modo que toda comunicación ya sea con el interior o con el exterior le sea prohibida, aun contra cualquier pretexto que invocase. Se tendrá especial cuidado de prohibirle todo uso de lápices, tinta, pluma y papel...”, sentenció un ministro francés en 1810 en el último encarcelamiento al que fue sometido el escritor francés Donatien-Alphonse-Francois, más conocido como el marqués de Sade. Murió en 1814 en Charenton, un manicomio desde donde insistió en divulgar sus más obscenas ideas a pesar de que se le negaron todos los medios. Estos últimos años de su vida los recrea el director Philip Kaufman en la película Quills. Letras prohibidas, la cual pronto se estrenará en Colombia. Mientras tanto la investigadora Francine Du Plessix Gray no quiso dejar escapar el más mínimo detalle de la vida de Sade y acaba de publicar una completa biografía, en la que da fe de los repetidos encarcelamientos que protagonizó el escritor. Amigo de las relaciones con prostitutas y con homosexuales, el marqués sacudió a la sociedad francesa con varios actos sádicos. Uno de los más sonados fue el de la joven Rose Keller, quien fue sometida a azotes, torturas y esparcimiento de cera caliente sobre su cuerpo. La denuncia de la muchacha lo llevó de nuevo a prisión. Pero sus libros seguían pregonando sus ideas: “¡Romped sin miedo esas absurdas cadenas que os atan a los brazos de un solo cónyuge y os impiden gozar de un hermoso amante!… ¿Acaso la naturaleza os ordenó que permanecieseis cautivas de un solo hombre cuando os dio la fuerza para agotar a cuatro o cinco seguidos?”, sentenció en su libro Juliette. El tope de sus extravagancias lo vivió en Marsella junto a Latour, su criado, quien reunió a varias prostitutas con el propósito de hacer una orgía. El marqués suministró a dos de las jóvenes pastillas de anís, que producían un efecto afrodisíaco, con tan mala suerte que las mujeres enfermaron y estuvieron a punto de morir. El y su criado fueron acusados de envenenamiento y de sodomía y nuevamente terminó en la cárcel. La vida loca Su padre, el conde de Sade, también libertino, y su tío, el abad de Sade, un sacerdote que por las noches tenía relaciones con prostitutas, incentivaron al marqués a afrontar la vida que llevó. Justine, Juliette (hermana de Justine), Los crímenes del amor, Los 120 días de Sodoma y La filosofía del tocador son algunas de sus obras más importantes. Sin embargo algunos de sus biógrafos, como Maurice Lever, aseguran que los textos más impresionantes son las cartas que escribió a su esposa desde prisión, repletas de obsesiones y de ideas impregnadas de odio hacia la justicia y a la sociedad que lo estaba condenando. Parte de ello lo dibuja Kaufman en su película. Como no tenía tinta Sade recurrió a su propia sangre para escribir. Empleó su cuerpo ante la prohibición, para él, del uso del papel. Casi dos siglos después de su muerte sus frases siguen escandalizando y al hablar de sadismo su figura surge inmediatamente a pesar de que tantos otros escritores del siglo XX han recurrido a un lenguaje crudo para contrariar las reglas que se imponen al sexo y a la vida. El marqués no se cansó de quejarse por el maltrato que vivió simplemente por romper con ciertos mitos: “Sí, reconozco que soy un libertino: he concebido todo lo concebible en ese género, pero qué duda cabe de que no he hecho todo cuanto he imaginado ni nunca lo haré. Soy un libertino, pero no un criminal o un asesino”.
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