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| 6/19/2005 12:00:00 AM

Sexo, toga y alcohol

La nueva novela de Tom Wolfe es una diatriba contra las universidades de élite de Estados Unidos. La critica la ha recibido muy mal.

A Tom Wolfe, el gurú del nuevo periodismo y uno de los grandes íconos de la cultura de Estados Unidos del siglo XX, se le vino encima la élite intelectual de su país. Su nueva novela Soy Charlotte Simmons (I am Charlotte Simmons) ha sido, en general, muy mal recibida por la crítica.

Su nuevo libro, editado en castellano por Ediciones B, es el resultado de seis años de investigación en varias universidades privadas y estatales de Estados Unidos. Según ha manifestado el propio Wolfe, pasó por el filtro de algunos estudiantes que supervisaron el uso adecuado de la jerga estudiantil de estos días, de la que disfrutan sólo los lectores en lengua inglesa, ya que en la traducción al castellano, a cargo de Eduardo Iriarte y Carlos Mayor, esta se transforma en el lenguaje cotidiano de los españoles: "venga tío", "hostia", "gilipollas", "se me dan fatal los nombres"...

A Wolfe se le acusa de haber reducido su dispendioso trabajo de campo a una burda caricatura de las universidades de élite de Estados Unidos a partir de personajes poco creíbles. "En la deprimente visión de Wolfe la universidad es sólo un burdel unido a un recinto deportivo. No educa a nuestros hijos, los corrompe", señala el ensayista Michael Dirda. El resultado, coinciden otros críticos, es una novela plana y mediocre en ella que aparecen de tarde en tarde páginas brillantes. A Wolfe le hizo falta un editor que le hubiera dicho que 300 páginas eran más que suficientes para contar todo lo que cuenta en las casi 900 páginas de la edición en castellano. También lo acusan de tratar el tema del sexo de una manera burda, hasta el punto que la revista británica Literary Review le otorgó el premio Mal Sexo, que se da a la peor descripción de sexo en obras literarias.

Reportero e investigador compulsivo, admirador del novelista Émile Zola y dotado de una pluma excepcional, siempre se ha deleitado con los giros de las jergas locales, los hábitos de tribus tan opuestas como hippies y yuppies, pero también ha sido un crítico muy sarcástico de los discursos políticamente correctos de los últimos 40 años.

Esta vez Wolfe no se quedó atrás y se le midió nada menos que a tratar de plasmar un gran fresco de la decadencia que él percibe en los Harvard, Yale, Duke y compañía. Se trata de paradigmas de la educación en el mundo, en los que los estudiantes, los mejores del mundo por sus méritos académicos, tropiezan en los recreos con un par de premios Nobel de Física, medicina o economía y que son verdaderos santuarios del conocimiento.

Wolfe pinta, a partir de una imaginaria universidad llamada Dupont, un escenario de espanto dominado por una inmensa mayoría de indolentes hijos de papi. Allí priman la absoluta mediocridad intelectual (hacer alarde de ignorancia es lo 'in' y tener ideas o conocimientos significa ser un 'colgado'), un ambiente corrupto, orgías de sexo y alcohol, trivialidad que gira alrededor de los jeans Diesel, Britney Spears y el rap, y la farsa de los deportistas-estudiantes a los que les regalan las notas y les dan toda clase de comodidades.

La protagonista, Charlotte Simmons, es una provinciana de Sparta, un remoto poblado de 900 habitantes enclavado en las Montañas Azules (Carolina del Norte), que vive en un ambiente puritano y cuyo rendimiento académico le permite acceder a una beca en Dupont. Al llegar allí descubre un universo totalmente distinto al que imaginó, en el que tienen éxito los malhablados, los ignorantes, los exhibicionistas, los promiscuos y los deportistas. Ella, que en las primeras semanas es poco menos que invisible, capta la atención de un par de jóvenes muy populares y cae en la trampa de querer ser como ellos para salir del clan de los ignorados, con resultados poco menos que trágicos.

Wolfe dibuja, además, tres personajes masculinos que se prendan de Charlotte y que, según él, son prototipos del alumno de universidad de élite. Jo Jo Johanssen, un basquebolista con un nivel intelectual deplorable pero que está en Dupont por sus habilidades físicas. Hoyt Torpe, el más popular de los integrantes de la hermandad de Saint Clair, representante de la holgazanería, el clasismo y el desprecio por sus semejantes. Adan Geller, el intelectual judío que tiene que hacer trabajos extra para sobrevivir en la universidad y al que todos desprecian (un 'colgado') por su manera de vestirse y peinarse.

Como no se trata de rendirle homenaje a lo más sublime del amor, Wolfe muestra el sexo que se practica en Dupont como algo sucio, vulgar, descarnado y carente de poesía. Por ese motivo, el premio al Mal Sexo que le otorgaron resulta siendo un homenaje y no un agravio al escritor.

¿Por qué le dan tan duro los críticos a Wolfe? Existen muchas hipótesis. La primera, y más evidente: sin ser una catástrofe total, la novela está lejos de ser una joya de la literatura. Más allá de sus páginas brillantes y sus agudas descripciones cargadas de humor y sátira envenenada, Soy Charlotte Simmons carece de momentos estelares de tensión y drama presentes en obras anteriores suyas como Lo que hay que tener, su genial reportaje sobre el programa espacial de Estados Unidos, o La hoguera de las vanidades, y a menudo se torna reiterativa.

Pero también es evidente que a Wolfe le están cobrando viejas cuentas ahora que se metió con las universidades, un territorio sagrado para los críticos literarios y los intelectuales en general, y del que, además, ellos sí tienen información de primera mano. (Es muy probable que si los encargados de comentar libros fueran corredores de bolsa, presidentes de trasnacionales o jueces, habrían sido implacables con los personajes, también caricaturescos, de La hoguera de las vanidades y Todo un hombre). A Wolfe no le perdonan sus burlas y ataques a la intelectualidad políticamente correcta de los 60 y los 70, que calificó de farsante en sus libros La izquierda exquisita y La palabra pintada. En Periodismo canalla, su más reciente compilación de artículos de prensa (editado en 2000) Wolfe se muestra bastante reaccionario, se va lanza en ristre contra la escuela francesa de pensamiento, además de calificar la idea republicana y puritana de Estados Unidos como el mejor de los mundos posibles, postura que ratificó al apoyar la reciente candidatura de George W. Bush.

La crítica no ha desaprovechado el 'papayazo' que acaba de darle Wolfe. Pero, al intentar destrozarlo en vez de mostrarse indiferentes o ignorarlo, le están haciendo el juego. Tom Wolfe se mueve como un salmón que nada muy bien contra la corriente en las turbulentas aguas de la controversia. Como señala Sesyalee Hensley, de la cadena de librerías gringa Barnes & Noble, "la gente ama amarlo y ama odiarlo, y mucha gente lo leerá sólo para ir por ahí diciendo cómo ha odiado el último libro de Tom Wolfe". Eso se traduce en dos aspectos que, además de querer pasar a la historia como 'el Zola de Estados Unidos', también obsesionan a Wolfe: que se hable de él y vender.
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